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mundos opuestos en el mismo pasillo

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El temporizador del campus central de la preparatoria "Nueva Esperanza" no solo medía las horas, sino también las jerarquías. A las 7:45 de la mañana, el pasillo principal era un hervidero de estudiantes, casilleros azotándose y el olor característico a cera de piso y café barato. Pero incluso en medio del caos, la división era clara.

Por el ala norte, el piso parecía transformarse en una pasarela de modas cada vez que Samy Rivera, mejor conocida por todos como "Rivers", pasaba caminando. Bueno, en realidad no caminaba, casi siempre iba a trote ligero o arrastrando los tenis blancos mientras rebotaba un balón de fútbol desinflado contra la pared, ignorando por completo el letrero de "Prohibido jugar en los pasillos".

Rivers llevaba el uniforme reglamentario de la escuela, pero adaptado a su propia existencia: la playera tipo polo blanca un poco holgada, la sudadera azul marino amarrada a la cintura y los pants de educación física que reemplazaban por completo a la falda tableada que el reglamento exigía. Su cabello rubio iba recogido en una coleta alta y despeinada, con algunos mechones cayéndole sobre la frente debido al entrenamiento matutino. Tenía esa sonrisa ladeada que hacía que tanto los chicos del equipo de básquetbol como las chicas de primer año se hicieran a un lado con una mezcla de admiración y timidez. Rivers era la capitana del equipo de fútbol, la que ponía los memes en el grupo de la escuela y la que defendía a cualquiera que los del último año quisieran molestar. Era popular sin esforzarse un solo segundo.

—¡Rivers! —gritó un chico desde el fondo del pasillo—. ¿Sí vas a ir a las canchas en el receso? Tenemos que armar las tercias para el torneo local.

—Obvio, pa —respondió ella en voz alta, atrapando el balón con una sola mano sin detener su paso—. Pero consigan un balón que sí rebote, no mamen, el de ayer parecía una sandía.

Las risas resonaron en su bando. Rivers se detuvo frente a su casillero, el número 88, que estaba decorado con calcomanías de equipos de la liga europea y un par de fotos instantáneas con sus amigos de la infancia.

Justo en ese momento, el ala sur del pasillo experimentó un cambio drástico de temperatura y estilo. El aroma a café fue reemplazado por una estela de perfume de vainilla y fresas.

Abril Abadam, a quien todo el mundo llamaba "Ari", cruzó las puertas dobles de cristal. Si Rivers era el caos deportivo y relajado, Ari era la definición exacta de la perfección pulcra y planificada. Su uniforme estaba modificado con una precisión quirúrgica: la falda tableada gris iba un par de centímetros más arriba de lo que la directora consideraba aceptable, revelando unas calcetas blancas estiradas a la perfección y unos mocasines negros impecables que brillaban bajo las luces de neón. Su cabello oscuro y lacio caía perfectamente sobre sus hombros, y llevaba unos audífonos de diadema rosa pastel alrededor del cuello que combinaban con las uñas perfectamente pintadas de sus manos.

Ari caminaba sosteniendo su tableta digital contra el pecho, flanqueada por sus dos mejores amigas, quienes asentían a cada comentario que ella hacía sobre la organización del próximo evento escolar. Ari era la presidenta del comité estudiantil, la chica que salía con las mejores notas, la que dictaba qué canción estaba de moda en TikTok y a la que todos acudían cuando querían que una fiesta fuera un éxito roturo. Era la chica linda, inalcanzable y magnética de la preparatoria.

—Entonces, Ari, ¿le decimos al DJ que ponga luces neón o nos quedamos con las clásicas led? —preguntó una de sus acompañantes, revisando una lista de apuntes.

—Neón, definitivamente —respondió Ari con una voz suave pero sumamente firme, dedicándole una sonrisa perfecta a un par de chicos de segundo año que se habían quedado congelados mirándola pasar—. Las led ya pasaron de moda el semestre pasado. Hay que tener nivel.

Ari avanzó con elegancia hasta que sus ojos se toparon, inevitablemente, con la silueta que bloqueaba parcialmente el libre tránsito del pasillo central.

Rivers estaba apoyada en su casillero, con una pierna flexionada contra el metal, riéndose a carcajadas de un chiste que su amigo le acababa de contar. El balón desinflado descansaba bajo su brazo.

Para Ari, Rivers representaba todo lo que el reglamento escolar debía combatir: desorden, uniformes incompletos y una alarmante falta de estética. Para Rivers, Ari era el equivalente a una muñeca de vitrina: demasiado preocupada por el brillo labial y las apariencias como para disfrutar de la vida real.

Sus miradas se cruzaron a mitad del pasillo. Ari arqueó una ceja perfectamente delineada, deteniendo el paso por un breve segundo, como si esperara que la futbolista moviera su enorme mochila del suelo para dejarla pasar. Rivers, por su parte, no se movió; simplemente sostuvo la mirada con esos ojos claros llenos de diversión, dándole un pequeño toque al balón con el pie, desafiante, pero sin perder la sonrisa.

Ninguna de las dos dijo nada. El bando de los deportistas se quedó en silencio observando la escena, mientras que las chicas del comité estudiantil miraron a Rivers con desaprobación. Fue un duelo silencioso de popularidad, una frontera invisible trazada justo en la línea amarilla del piso del colegio.

El timbre de las 8:00 de la mañana sonó con fuerza, rompiendo la tensión.

Ari soltó un imperceptible suspiro de fastidio, desvió la mirada con elegancia y rodeó la mochila de Rivers con paso firme, haciendo que su minifalda se meciera levemente con el movimiento. Rivers la vio pasar de reojo, percibiendo el intenso aroma a vainilla que inundó su espacio por un segundo, antes de soltar una risa nasal.

—Vámonos a clase, antes de que la directora me ponga otro reporte por los pants —le dijo Rivers a su amigo, cerrando el casillero de un golpe.

La jornada escolar apenas comenzaba, y aunque ambas creían vivir en planetas completamente diferentes, la preparatoria "Nueva Esperanza" era demasiado pequeña para mantener sus mundos separados por mucho tiempo.

MAS QUE UNA RIVALIDADStories to obsess over. Discover now