¿soy un grifo?

7 0 0
                                        

Para todo aquel que no me conoce, mi nombre es... o más bien, era Rodolfo Espinoza Arce.

Sí, dije era. Supongo que eso necesita una explicación, aunque no es algo que pueda resumirse en unas cuantas palabras. Todo comenzó un par de años atrás, en México, cuando mi vida todavía era tan común que a veces parecía que cada día era una copia exacta del anterior.

No me faltaba nada, pero tampoco me sobraba emoción. Vivía con mi madre, Isabel, y mi hermano mayor, Daniel. Mi padre había muerto hacía varios años, y aunque en casa ya casi no se hablaba de él, su ausencia seguía sintiéndose como un hueco silencioso en cada rincón. Había días en que ni siquiera lo pensaba, y otros en que bastaba ver su vieja silla en la sala para que me diera cuenta de cuánto había cambiado todo desde que se fue.

Aquella mañana no parecía distinta de cualquier otra.

Desperté tarde, como siempre hacía cuando no tenía nada importante que hacer, y me quedé unos minutos mirando el techo de mi cuarto. Afuera, el ruido lejano de los coches y el murmullo de los vecinos se mezclaban con el aroma del café recién hecho que subía desde la cocina. Ese olor fue lo único que logró convencerme de levantarme.

Bajé arrastrando los pies, todavía medio dormido, y encontré a mi madre frente a la estufa, revolviendo una olla mientras el vapor empañaba ligeramente la ventana.

-Buenos días, ya desperté -dije, dejándome caer en una silla.

Mi voz salió ronca, como si apenas hubiera recordado cómo hablar.

Ella se giró apenas y me dedicó una sonrisa breve.

-Buenos días, hijo.

Tomé una taza vacía y miré alrededor. La mesa tenía solo dos platos; Daniel no estaba.

-¿Y Daniel? ¿Dónde está mi hermano?

Mi madre soltó una pequeña risa por la nariz mientras servía café.

-Con su novia. Ya sabes que le encanta estar ahí.

Asentí con desgana.

-Sí...

No era raro. Daniel siempre encontraba cualquier excusa para escaparse con ella. A veces me preguntaba si de verdad le gustaba tanto o si solo la usaba como excusa para no estar en casa.

Mi madre me observó mientras me servía café y, como si hubiera estado esperando el momento, ladeó la cabeza con esa expresión burlona que conocía demasiado bien.

-Así como a ti te encanta ver a tus monas... tus ponys.

Suspiré al instante. Sabía exactamente a qué se refería.

Desde hacía un tiempo, una de las pocas cosas que realmente disfrutaba era ver My Little Pony: Friendship Is Magic. Sonaba ridículo para casi cualquiera que lo escuchara, y para mi familia era una especie de chiste recurrente. Nunca entendieron por qué lo veía. Solo veían caricaturas de colores y asumían que era una tontería.

Pero para mí era más que eso.

Había conocido la serie en una de las peores etapas de mi vida, cuando me sentía tan hundido que levantarme de la cama ya parecía demasiado esfuerzo. No sé por qué ese programa en particular logró ayudarme. Tal vez por sus personajes, o por esa manera extraña en que hacía que todo pareciera más simple y menos pesado. El caso es que me sacó de un lugar muy oscuro, y por eso le tenía un cariño que no podía explicar del todo.

Aun así, intentar explicárselo a mi madre siempre era inútil.

-Creo haberte explicado ya por qué me gusta ese programa -respondí, manteniendo la voz tranquila.

De humano a grifo Stories to obsess over. Discover now