El apartamento de Bonnie olía a vainilla y a algo dulce que chisporroteaba en la sartén. Era un sábado por la mañana de principios de primavera, de esos en los que el sol entraba oblicuo por las ventanas grandes del living y pintaba todo de oro cálido. Jungkook había decidido quedarse a dormir la noche anterior, como ya era costumbre cada vez que terminaban una maratón de series o simplemente no querían despedirse todavía. Tres años de amistad sólida, de esas que se sienten como un refugio. Ninguno de los dos quería arriesgarla. Ni siquiera por un segundo.
Bonnie bajó las escaleras descalza, frotándose los ojos, guiada únicamente por el rugido traicionero de su estómago. Llevaba el pijama corto de algodón torcido, el pelo hecho un nido de pájaros y una marca de la almohada todavía tatuada en la mejilla. Pero nada de eso importó cuando lo vio.
Jungkook estaba frente a la estufa, de espaldas a ella, concentrado en dar vuelta unos panqueques perfectos. Solo llevaba un chándal gris oscuro que le colgaba peligrosamente bajo de las caderas. Sin camisa. La luz de la mañana resaltaba cada línea de su espalda ancha, los hombros definidos y la cintura estrecha. El tatuaje grande que cubría su brazo derecho parecía cobrar vida con cada movimiento. El abdomen marcado se tensaba ligeramente mientras maniobraba la sartén con una facilidad irritante.
Bonnie se quedó congelada en el último escalón, sin aliento. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que estuvo segura de que él lo había escuchado. Dios, ¿por qué tiene que verse así? Es injusto. Es ilegal. Debería haber una ley contra amigos que se ven así por las mañanas.
—Buenos días, desastre —dijo Jungkook de repente, girándose con una sonrisa enorme y una ceja arqueada. Sus ojos oscuros brillaron con diversión al verla—. ¿Te peleaste con un huracán mientras dormías o qué?
Bonnie sintió que el calor le subía por el cuello hasta las orejas. Se miró a sí misma: pijama arrugado, pelo de loca, una mancha de baba seca en la comisura ¿en serio?. Soltó un gemido avergonzado.
—¡Cállate! —gritó, cubriéndose la cara con las manos—. ¡No me mires!
Y salió corriendo escaleras arriba como si la persiguiera un asesino. Escuchó la risa profunda y ronca de Jungkook siguiéndola hasta el segundo piso.
—¡Te ves linda igual, Bonnie! —gritó él desde abajo, claramente disfrutando—. ¡Aunque parezcas un mapache con resaca!
—¡Te odio! —respondió ella desde su habitación, pero sonreía como idiota mientras se cambiaba a toda velocidad.
Diez minutos después bajó de nuevo, esta vez con leggins negros, una camiseta oversized de su banda favorita y el pelo peinado en una coleta decente. Jungkook ya había servido todo en la mesa pequeña del comedor: panqueques dorados, fruta fresca, tocino crujiente y dos tazas de café humeante. Llevaba puesta una camiseta blanca simple que se le pegaba al torso de una forma que debería estar prohibida.
—Mi reina ha regresado —bromeó él, tirando de la silla para que se sentara—. Café con dos de azúcar y un chorrito de vainilla, como te gusta.
Bonnie se sentó, intentando no mirarlo demasiado. Era imposible. Jungkook era guapo de una manera casi ofensiva: rasgos afilados, labios llenos, esa mandíbula que parecía tallada y una expresión siempre suave cuando la miraba a ella. Demasiado perfecto. Demasiado atento. Demasiado... todo.
—Gracias —murmuró, tomando un sorbo largo para esconder la cara detrás de la taza—. Eres el único hombre que conozco que cocina mejor que mi mamá. Deberías tener novia solo por esto.
Jungkook soltó una risita baja y se encogió de hombros.
—Nah. Prefiero cocinar para ti. Menos drama.
Exacto, pensó Bonnie mientras pinchaba un panqueque. Por eso tienes que ser gay. Porque si no, ¿cómo es posible que sigas soltero?
Comieron entre charlas ligeras y bromas de siempre. Jungkook le robó una frutilla de su plato, ella le pateó la pierna por debajo de la mesa. La misma dinámica de siempre. La misma que le rompía el corazón en pedacitos pequeños y dulces cada fin de semana.
Después del desayuno se tiraron en el sofá enorme, ese que tenía una mancha de vino tinto de una noche épica del año pasado. Bonnie tomó el control remoto y empezó a pasar canales sin mucho interés, todavía con la panza llena y una sensación cálida en el pecho que no quería analizar.
Jungkook miró la hora en su teléfono y, sin pedir permiso, le quitó el control de las manos con un movimiento rápido.
—Ey —protestó ella.
—Mi programa está por empezar —dijo él, concentrado en la pantalla.
Bonnie parpadeó cuando apareció el logo de un famoso programa de moda internacional. Jungkook se acomodó mejor en el sofá, casi emocionado, mientras el presentador hablaba de las nuevas tendencias de la temporada.
—Mira ese abrigo oversized —comentó Jungkook, señalando la pantalla con entusiasmo—. Tengo que conseguir uno negro. Y esos pantalones cargo... Bonnie, ¿te imaginas combinados con las botas nuevas que me compré? Voy a renovar todo el guardarropa este mes.
Se inclinó hacia adelante, los ojos brillantes, analizando cada outfit con comentarios precisos sobre telas, cortes y colores. Parecía un experto.
Bonnie lo observaba de reojo, con una sonrisa torcida en los labios. Ahí estaba otra vez esa sensación familiar: una mezcla de adoración y autodefensa.
Es demasiado perfecto. Cuida su ropa como nadie, se emociona con la moda, cocina como un chef, abraza como si el mundo se fuera a acabar, y encima es sensible. Claro que es gay. Tiene que serlo. Si fuera hetero ya habría tenido a media ciudad detrás de él. Y a mí... ni me miraría.
Sintió una punzada aguda en el pecho. Porque, aunque esa idea la "protegía", también dolía. Dolía imaginarlo con alguien más, aunque ese alguien fuera imaginario. Dolía saber que ella estaba ahí, a su lado todos los días, con el corazón desbordado, mientras él la trataba como a su persona favorita en el mundo... pero nunca de la forma que ella quería.
Jungkook giró la cabeza de repente y la pilló mirándolo.
—¿Qué? —preguntó con una sonrisa ladeada—. ¿Tengo harina en la cara?
—No —respondió ella rápido, desviando la mirada hacia la tele—. Solo pensaba que... eres un cliché andante.
—¿Ah sí? —Se acercó un poco más, invadiendo su espacio personal como siempre hacía—. ¿Qué tipo de cliché soy hoy, Bonnie?
Ella tragó saliva. El cliché de "demasiado bueno para ser verdad... y demasiado gay para ser mío".
—Del tipo insoportable —respondió en cambio, empujándolo con el pie—. Ahora cállate y déjame ver cómo gastas tu dinero en ropa que no necesitas.
Jungkook rio y, sin avisar, pasó un brazo por encima de sus hombros, atrayéndola contra su costado. Olía a jabón, a colonia suave y a hogar.
—Eres lo peor —murmuró él contra su pelo—, pero eres mi persona favorita.
Bonnie cerró los ojos un segundo, dejando que el calor de su cuerpo la envolviera. Sonrió con tristeza.
"Y tú eres el mío, Jungkook. Aunque nunca pueda decírtelo."
Fuera, el sol seguía subiendo en el cielo, ajeno a la tormenta silenciosa que se gestaba dentro del pecho de una chica que se negaba a aceptar lo evidente: que su mejor amigo podía ser mucho más... si ella se atrevía a dejar de mentirse a sí misma.
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Perfect | JJK ✓
FanfictionBonnie está secretamente enamorada de su mejor amigo Jungkook, pero como él es demasiado perfecto, atento, guapo, detallista y con un gusto impecable por la moda, se ha convencido de que es gay. Así es más fácil proteger su corazón y mantener la ami...
