Capítulo 1: Un espresso, un muffin y un cristal roto

6 1 0
                                        

  Buenos Aires no me estaba dando la bienvenida; más bien, sentía que estaba tratando de expulsarme vía catapulta de guerra.


Arrastré mis zapatillas nuevas por el pavimento mojado de la Avenida Santa Fe, sintiendo cada una de las ampollas de mis talones como si estuviera caminando encima de brasas encendidas.


—Pantalones baggy, Mercedes. Qué buenísima elección para un día de lluvia —me recriminé en un susurro.


El ruedo de mis pantalones, ahora pesados y oscuros por el agua de los charcos, me golpeaba los tobillos con cada paso, recordándome que mi sentido de la moda no era compatible con el clima porteño. Había sido un día interminable, por el amor de Dios. Horas de grabación en la Feria del Libro, esquivando multitudes y lidiando con el ruido blanco de miles de personas que parecía que me iba retumbar durante un par de horas más en la cabeza. Para colmo, me perdí en las paradas del subte y me bajé seis paradas después de la mía. Y de Nicolás, ni noticias; se había ido en Uber a conocer la ciudad, se había quedado sin batería y mis llamadas se perdían en el vacío.


Cuando por fin divisé mi hotel, la escena que me recibió fue la cereza de esta torta rancia: patrullas, luces azules y un cordón policial frente a una entrada de vidrio hecha añicos. Al parecer, habían intentado robar y ahora nadie podía pasar por la próxima media hora.


Suspiré, sintiéndome al borde del colapso. No iba a quedarme "regalada" en la vereda con las bolsas de libros. Crucé la calle y entré al Starbucks que estaba justo enfrente, decidida a darme el único lujo de mi día. Pensé que, seguramente, mañana me iba a despertar más cansada de lo que hoy estaba, pero al menos tenía una historia bastante larga y graciosa para contarles a mis seguidores por Instagram.


Graciosa para los demás, porque yo hasta tenía ganas de llorar de la bronca.


El aroma a café tostado me golpeó como un abrazo apenas crucé la puerta. El murmullo de las conversaciones, el sonido de la máquina de café y la música suave que salía de unos parlantes escondidos hacían que el lugar se sintiera cálido, casi irreal después del frío de afuera. Me acomodé mejor la bufanda mientras avanzaba hacia el mostrador, todavía con las mejillas heladas.


Un chico alto esperaba del otro lado, apoyado apenas sobre la caja registradora mientras terminaba de limpiar una taza. Levantó la vista cuando me acerqué y, por un instante involuntario, mi mente se detuvo para mirarlo.


Tenía el pelo negro, medio corto y lleno de rulos desordenados que le caían sobre la frente de piel pálida. Bajo la remera verde del uniforme, sus bíceps se tensaban cada vez que se movía para limpiar el vaso en sus manos. Un pequeño lunar debajo de su ojo izquierdo me distrajo más de lo que debería, y tuve que obligarme a bajar la mirada hacia el cartelito prendido en su pecho.


"Lorenzo".


Sus dedos dejaron la taza y la servilleta a un lado y golpearon suavemente el mostrador, esperando mi pedido, y entonces sonrió. Una sonrisa lenta, tranquila, de dientes blancos y perfectamente alineados, de esas que notás que fueron resultado de un proceso odontológico que salió como pintura en un cuadro.


—Buenas... —me dijo, con una voz grave y apenas ronca.— ¿Qué te puedo preparar?


You've reached the end of published parts.

⏰ Last updated: May 12 ⏰

Add this story to your Library to get notified about new parts!

Un espresso con chocolate | Maia BritosStories to obsess over. Discover now