La noche del 12 de diciembre de 1960, una tormenta de nieve azotaba las montañas que rodeaban Nurmengard. Dentro de la celda más alta de la torre, Gellert Grindelwald cumplía ya su decimoquinto año de prisión. Quince años desde aquel duelo en el que Albus Dumbledore le había roto la varita y el corazón en la misma fracción de segundo. Quince años de silencio, de polvo, de sueños cada vez más pálidos.
Y entonces, en los sótanos de la prisión, en una cámara que Grindelwald había habilitado en secreto años atrás, un caldero de oro macizo comenzó a brillar.
El caldero había permanecido allí desde 1899, cuando dos jóvenes magos (uno de cabellos rojizos y ojos azules, otro de melena castaña y mirada atormentada) habían vertido en él tres gotas de su sangre, un mechón de su cabello y el recuerdo de su primer beso. El experimento había sido un fracaso, o eso creyeron. La alquimia, sin embargo, tiene sus propios tiempos.
Grindelwald sintió la pulsación desde su celda. Bajó las escaleras de piedra con las piernas temblorosas, sus ochenta y dos años pesándole como plomo, y cuando llegó a la cámara, el caldero se había abierto como una flor de acero y plata.
Dentro, envuelta en un líquido amniótico de color luna, había una niña.
No lloró. Abrió los ojos uno azul y el otro negro y observó el mundo con una calma que aterrorizó y maravilló al anciano prisionero. Grindelwald la sostuvo entre sus brazos huesudos y sintió que el universo entero se reordenaba.
—Perdóname —susurró Grindelwald a la criatura, que no podía entenderlo—. Perdóname, pequeña. Te voy a esconder. No porque me avergüences, sino porque si él te encuentra... te usará. O te amará demasiado. Ambas cosas son peligrosas.
Lloró. Lloró como no había llorado desde la muerte de Ariana Dumbledore, desde aquel día en que todo se rompió. Y cuando las lágrimas se secaron, tomó una decisión.
No podía quedarse con ella. Nurmengard no era lugar para una niña. Pero tampoco podía entregársela a Albus, no después de todo lo que había pasado, no cuando el rencor aún ardía en sus huesos. Llamó a su último sirviente leal: un sanador de estatuto gris llamado Markus Vogler, que había jurado lealtad a Grindelwald en los años treinta y nunca se había retractado.
Markus apareció al amanecer, con la capa cubierta de nieve y los ojos cansados.
—Señor —dijo al ver a la criatura—. ¿Es...?
—Nuestra hija. De Albus y mía. —Grindelwald la entregó como quien entrega una espada—. Llévala. Críala. Dale tu apellido. Que crezca sabiendo que yo soy su padre, pero que nunca, jamás, sepa quién es el otro.
—¿El otro, señor?
—Albus Dumbledore. Si ella supiera que es hija de dos magos tan poderosos... si él supiera que existe... —Grindelwald negó con la cabeza—. No. Es mejor así. También será mejor que nadie descubra que es mi hija porque un futuro horrible le estera de el mundo saber eso.
—¿Su nombre? —preguntó Markus.
Grindelwald miró el rostro de la pequeña. Pensó en las estrellas que él y Albus habían nombrado juntos en las noches de Godric's Hollow. Pensó en la palabra as-trid: fuerza divina, belleza amada.
—Astrid —dijo—. Astrid Vogler.
Y Markus partió con la niña envuelta en una manta de lana, cruzando los Alpes bajo una tormenta de nieve, mientras Grindelwald volvía a su celda y se dejaba caer en el catre con las manos vacías.
Grindelwald la vio desaparecer entre la tormenta y volvió a su celda con las manos vacías. Pero desde ese día, algo cambió en él. La esperanza, esa vieja enemiga, había vuelto a instalarse en su pecho.
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Del amor al dolor
Fanfiction¿Que pasaría si un experimento que fue creado desde el amor funciona cuando ya no hay amor? Una vida de mentiras, de estar ocultando algo para que un torneo cambie el rumbo de todo. -Tu padre biológico se llama Gellert Grindelwald -dijo, con suavida...
