-Mite'a
>>En el bosque, la mayoría de los clanes creen que la seguridad se encuentra en las raíces, en la tierra firme que sostiene el mundo, pero nosotros, los Hufwer'yat, sabemos que la verdadera libertad solo se encuentra donde el aire es tan delgado que el aliento quema, mi clan no vive en el suelo, vivimos en las copas de los Árboles Candelaria, gigantes de madera que se estiran tanto que parecen querer perforar el cielo.
Soy Mìte'a, soy hija de los líderes de mi clan y, según mi madre, nací con el viento en los pulmones, ella quería que yo fuera una Tsahìk, que aprendiera a escuchar los susurros de Eywa en el silencio de las flores, pero yo soy diferente, mi cuerpo es delgado, ágil, hecho para la velocidad y no para la contemplación, mis manos no fueron diseñadas para recolectar hierbas, sino para tensar la cuerda de un arco a mil metros de altura, yo no soy una voz para el espíritu; yo soy una flecha para el enemigo.
>>Estaba en pleno entrenamiento con mi ikran y mi hermanos mayores.
El viento rugía en mis oídos mientras caía en picada, no tenía miedo, el miedo es para los que no confían en su vínculo, mi Ikran y yo éramos una sola sombra cruzando el dosel.
—¡Izquierda, Mìte'a! ¡No dejes que te gane la corriente! —el grito de mi hermano mayor, Sìltsan, retumbó por encima del silbido del aire.
Él volaba justo encima de mí, bloqueando mi ascenso, Sìltsan es nuestra roca, alto, de hombros anchos y con una mirada que parece leer el clima antes de que cambie, a mi otro costado, Atok'un, mi segundo hermano, soltó una carcajada salvaje mientras realizaba un giro de barril que casi roza mis alas, él es el fuego del grupo, el que siempre encuentra una razón para reír incluso cuando los músculos arden por el esfuerzo.
—¡Eres muy lenta hoy, pequeña! —se burló Atok'un, acelerando su banshee—. ¡A este paso, los direhorse te ganarán en una carrera!
Sentí el desafío arder en mi pecho, ajusté la presión de mis piernas contra los costados de mi Ikran, sintiendo el cuero de mis protectores de muslos firmes contra mi piel. Tsahaylu, sentí su corazón latir con el mío, con un movimiento brusco, cerré las alas y nos dejamos caer en un vacío absoluto, evitando a mis hermanos por apenas unos centímetros.
Mientras caíamos, saqué una flecha de mi carcaj, el mundo pasaba a toda velocidad, verde, azul y blanco, divisé el objetivo que Atok'un había lanzado previamente, una fruta pesada de color púrpura que descendía hacia el abismo, tensé la cuerda, apunté a través de la mitad de mi rostro que el viento dejaba al descubierto, y solté.
Sshhhik...
La flecha atravesó la fruta justo antes de que tocara las ramas inferiores.
—¡Nada mal! —gritó Atok'un, alcanzándome mientras yo nivelaba el vuelo—. Pero recuerda, el enemigo no cae en línea recta como una fruta.
—El enemigo no ha conocido a una Hufwer'yat —respondí, limpiando una gota de humedad de mi mejilla con orgullo.
Regresamos a la aldea al atardecer, nuestras viviendas colgantes, tejidas con fibras de vid y suspendidas entre las ramas más altas, brillaban con la luz dorada del sol poniente. Era una ciudad de redes y plataformas que bailaba suavemente con la brisa, al aterrizar, mis hermanos y yo compartimos un momento de silencio, observando el hogar que amábamos.
Caminamos por los puentes colgantes hacia la plataforma principal, mi fisonomía destacaba entre los guerreros, mientras ellos eran pura fuerza muscular, yo me movía con una gracia elástica, casi felina. Las cuentas en mi cabello oscuro tintineaban, un sonido familiar que siempre me hacía sentir segura, vimos a nuestros padres hablando con los ancianos, sus rostros iluminados por la paz de un clan que no conocía la guerra.
—¿Crees que algún día tengamos que luchar de verdad, Sìltsan? —pregunté de repente, mientras nos apoyábamos en la barandilla de madera mirando hacia el horizonte infinito.
Mi hermano mayor puso una mano pesada y protectora sobre mi hombro, sus ojos amarillos recorrieron el bosque bajo nosotros.
—Mientras el cielo sea nuestro, Mìte'a, nadie podrá tocarnos —dijo con una voz profunda que transmitía una calma absoluta—. Somos los hijos del viento, nada puede alcanzarnos aquí arriba.
Atok'un se acercó y nos rodeó a ambos con sus brazos largos.
—Deja de pensar en batallas, hermanita, esta noche hay banquete, disfruta de la paz mientras dure.
Nos quedamos allí los tres, unidos como siempre lo habíamos estado, observando cómo las primeras luces de la bioluminiscencia empezaban a despertar en el bosque, era el cuadro perfecto de una vida que creíamos eterna.
Pero entonces, algo cambió, el aire se volvió frío de una manera que nada tenía que ver con la noche, miré hacia lo más alto, más allá de las nubes, donde el cielo se vuelve negro, unos puntos de plata metálica aparecieron, moviéndose con una precisión mecánica y cruel, no eran seres vivos, eran máquinas.
El silencio que cayó sobre el clan fue más pesado que cualquier tormenta, mi padre dio un paso al frente, apretando su arco con una fuerza que hizo crujir la madera, yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda, esas luces no traían promesas, traían el final, no lo sabíamos en ese momento, pero esa era la última vez que dormiríamos bajo la sombra protectora de nuestro Árbol Candelaria.
Que les pareciooó, como mi primer fanfic, estoy muy emocionada, espero les guste mis lindos lectores.
Está el próximo 🤍
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Hija Del Viento - Neteyam Sully
Fanfiction>>Tras la pérdida de su clan, tuvo que tomar partida junto a sus hermanos, hacia el clan Omaticaya, donde aprenderán a adaptarse y ella encontrar el amor con el hijo del líder<<
