La sombra de Quinkâna volvía a sobrevolar las Tierras de Vânamdor. Hacía varios siglos que los habitantes de las nueve aldeas contemplaron con alivio cómo aquella criatura de escamas rojas, con la oscuridad sembrada en los ojos, se alejaba, en la primera hora del equinoccio de primavera, de sus hogares y sus familias. De ahí que, hoy en día, creyeran que jamás despertaría de su letargo; o, mejor, que habría muerto cuando el último de los Saptahâna, el único clan que dominaba la magia, había perecido. Los nueve líderes, acompañados de sus mejores guerreros, se congregaron en mitad del bosque y, sentados en las piedras que sus ancestros dispusieron en círculo tras la gran catástrofe del pasado, llegaron a la conclusión de que debían aniquilar a su enemigo.
El primer voluntario no se hizo esperar.
Êlyan, un joven de pelo revuelto y mirada inquieta, levantó la mano sin esperar a que el Líder Supremo terminara de formular la pregunta. Se adentraría esa misma mañana en el valle, tal y como lo había prometido, ataviado con armadura, su flexible y certero arco, y un carcaj repleto de flechas. Nadie cuestionó su destreza para llevar a cabo tan peligrosa misión, sin embargo, tres días después aún no había regresado.
Con mucha pena le dieron por muerto y, antes de que la luna se ocultase del sol, otra arquera ya caminaba hacia el mismo destino.
Cerca de la que llamaron Montaña del Dragón, Dîna empezó a buscar a su compañero. En realidad, llevaba horas intentando dar con él. Lo buscó encontrarle en la copa de los árboles, tras las grandes rocas que le habrían protegido del fuego, e incluso entre la maleza que crecía junto al río. Se aferraba a la idea de que estaba vivo, de que ni siquiera el hambre lo había derrotado, porque le había visto marcharse de la aldea con una buena bolsa de víveres.
Sin rastro alguno de su paradero, escaló hacia la cueva.
A medida que ascendía por la ladera, el frío se volvía más intenso. Le costaba trabajo agarrarse a los salientes, tenía calambres en las piernas, que acentuó la fatiga que ya soportaba. Aun así, logró plantarse delante de la entrada. En el interior, el aire era cálido y algo difícil de respirar, pero iba mermando sus dolencias. Avanzó entre túneles de hiedra rutilante, una planta que solo crecía en un entorno maldito. Su luz fue su guía para alcanzar un inmenso espacio, con el techo en forma de cúpula y paredes cristalinas como el diamante.
A punto de cruzar el umbral, una fuerza la llevó hacia atrás.
–¿Estás loca? –escuchó de una sombra que la arrastraba hacia la penumbra.
–¿Êlyan, eres tú?
–Sabía que esa mata de pelo rojiza era tuya –refirió él, cuando se detuvo y la soltó–. ¿Acaso pensaste que necesitaba tu ayuda?
–¡Llevas tres...!
–Shhh... ¿Quieres que nos encuentre el dragón?
–No soy tan estúpida.
–¿Entonces por qué alzas la voz?
–De haber sabido esto, me hubiese quedado en mi casa –refunfuñó ella.
–Pues lárgate y que manden a alguien que le importe que yo sobreviva. Porque si has venido a estorbarme...
–Vámonos.
Dîna le agarró del brazo y tiró de él. Êlyan lo apartó de forma brusca.
–No voy a marcharme contigo, si es lo que pretendes.
–¿En serio crees que vas a matar al...?
–Shhh... Quinkâna...
El dragón pasó a escasos metros de donde estaban escondidos y se adentró en la sala. El brillo de los cristales lo mantenían siempre a la vista, reflejando cada uno de sus movimientos.
DU LIEST GERADE
Relatos de Amor y Fantasía
FantasyCinco relatos donde el amor se mezcla con la magia, la traición, la esperanza y la pérdida. Dragones, el fantasma de un lago, maldiciones, guardianes del tiempo y un secreto que nunca debió revelarse. Cinco historias. Cinco mundos. Cinco elecciones...
