El pomo giró bajo mi mano con un clic metálico que resonó en mis oídos como un disparo. Empujé la puerta y el aire denso del vestíbulo fue reemplazado por una fragancia floral mucho más intensa, casi mareante. La sala privada de la novia era un santuario de mármol blanco, molduras doradas y una iluminación tan suave que parecía irreal.
Seo Yeon estaba allí, sentada en un diván de seda color crema, rodeada por la cascada de encaje de su vestido. No se movió de inmediato. Se quedó de perfil, con la espalda recta, una estatua de porcelana que sostenía el peso de un imperio sobre sus hombros.
— Tardaste mucho, Yoonjae —dijo ella, sin mirarme. Su voz era tranquila, pero tenía un filo que me hizo tensar los hombros.
Cerré la puerta detrás de mí, dejando fuera el murmullo de los invitados. Di un paso hacia el centro de la sala. El silencio se volvió espeso, asfixiante. Ella giró la cabeza lentamente. Sus ojos, oscuros y afilados, recorrieron mi rostro con una lentitud que me hizo sentir desnudo. No fue una mirada de novia enamorada; fue la inspección de un tasador que acaba de encontrar una grieta en una joya de valor incalculable.
La mirada se prolongó. Un segundo. Cinco. Diez. El tiempo se estiró hasta volverse insoportable.
— No eres Yoonjae —sentenció. No hubo duda en su voz, solo una frialdad analítica que me heló la sangre.
Exhalé un aire que no sabía que estaba reteniendo. Me ajusté las gafas, un gesto inútil para ocultar lo obvio ante alguien que veía más allá de la superficie.
— No, no lo soy —respondí. Mi voz sonó cruda, despojada de cualquier intento de imitar la arrogancia de mi hermano.
Ella se puso en pie. El movimiento fue fluido, elegante, a pesar de las capas de tela. Se acercó hasta quedar a menos de un metro de mí. Podía ver el ligero temblor en sus manos, el único indicio de que su mundo se estaba desmoronando.
— ¿Dónde está? —preguntó, clavando sus ojos en los míos.
Metí la mano en el bolsillo interior de mi saco y saqué el sobre arrugado. Se lo extendí. Ella lo tomó como si fuera a quemarle los dedos. Vi cómo sus ojos recorrían las líneas frenéticas de la caligrafía de Yoonjae, pero su mirada estaba perdida, nublada por una bruma de incredulidad y rabia contenida.
— Se fue hace tres días —dije, mi voz monótona—. Dejó eso. Dice que no lo busquen, que tiene sus razones. Cobardía, lo llamo yo.
Seo Yeon soltó la carta. El papel flotó hasta la alfombra persa sin hacer ruido. Ella cerró los ojos un instante, respirando hondo. El tiempo corría en nuestra contra; afuera, el maestro de ceremonias ya debía estar preparando la entrada de las madres.
— Mis padres... el abuelo... —susurró ella, más para sí misma que para mí.— Lo saben. —la interrumpí—. Ellos sugirieron esto. Yo solo soy el reemplazo para evitar que nuestras familias se conviertan en el hazmerreír de Seúl mañana por la mañana.
Ella me miró de nuevo. Había una chispa de fuego en su mirada, una determinación que me obligó a respetarla. No era una víctima; era una jugadora que acababa de recibir una mano de cartas desastrosa y estaba calculando cómo ganar la partida.
— Si salimos por esa puerta, Yoongi, no habrá vuelta atrás. No es solo una actuación. El registro legal llevará tu nombre. Te casarás conmigo de verdad ante la ley. ¿Estás listo para cargar con ese peso?
Me quedé en silencio, observando el destello de los diamantes en su cuello. La idea de estar legalmente atado a ella, a esta farsa, me provocó un vértigo que no supe descifrar.
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Love Replacement
FanfictionLOVE REPLACEMENT Min Yoongi siempre ha sido la sombra de su hermano gemelo, Yoonjae, cubriendo sus escapadas una y otra vez. Pero, ¿qué tal si esta vez Yoonjae huye de su propio matrimonio? ¿Podrá Yoongi mantener a salvo el legado familiar cuando el...
