La ceremonia en el Gran Salón de la Fortaleza Roja olía a incienso de mirra y a la ambición contenida de un centenar de señores. Valarr Targaryen permanecía inmóvil frente al Trono de Hierro, sintiendo que la armadura de escamas negras le pesaba más que nunca. Ser nombrado Protector del Reino no era un honor; era una sentencia de vigilancia eterna.
Su mirada recorrió la corte con la precisión de un halcón. Como alfa, su instinto le advertía de las sutiles corrientes de poder: el desdén oculto de un Lannister, la impaciencia de un Baratheon, la sonrisa demasiado afilada de un Tyrell. Pero Valarr se mantenía como el acero valyrio: frío, afilado y contenido. Para él, el destino era una línea recta de la cual no se permitía desviar.
Mientras tanto, una litera escoltada por guardias con capas manchadas de barro cruzaba las puertas de la ciudad. Dentro, Daeron mantenía los ojos cerrados. El movimiento le revolvía el estómago; el vino agrio de la última posada aún quemaba su garganta, pero era preferible a la claridad de sus visiones.
Su regreso desde el exilio tras el escándalo de Summerhall no era triunfal. Era una rendición.
Tras la ceremonia, Valarr avanzaba por los pasillos de piedra de la Fortaleza Roja, rodeado por el eco de sus propios pasos y el murmullo de sus consejeros. Su mente ya estaba en los mapas de guerra y los libros de impuestos, hasta que se detuvo en seco.
El aire, saturado por el olor a metal y piedra vieja del castillo, fue interrumpido por algo punzante. Primero llegó la bofetada ácida del alcohol fermentado y el sudor de viaje, una máscara que Daeron usaba como armadura. Pero entonces, bajo esa capa de negligencia, Valarr sintió el estallido.
Fue como encontrar una veta de oro puro en medio de un vertedero: una nota dulce pero metálica, que recordaba a la lluvia sobre cenizas calientes y a sangre fresca sobre plata. El impacto fue visceral. Por un instante, el Protector del Reino desapareció. Sus pupilas se dilataron, sus fosas nasales se ensancharon y su instinto alfa, siempre encadenado bajo leyes y protocolos, dio un tirón violento de la correa.
Frente a él, apoyado pesadamente en un sirviente, Daeron levantó la vista. Sus ojos amatista estaban nublados, pero cargados de una amargura antigua. Valarr acortó la distancia en dos zancadas, invadiendo su espacio personal más de lo que la etiqueta permitía. Su mano derecha se levantó casi por voluntad propia hacia el cuello de Daeron, deteniéndose a un suspiro de tocar la piel expuesta. El gruñido grave que escapó de su pecho resonó contra las paredes de piedra.
-Hueles a taberna y a derrota, Daeron -dijo, aunque su voz traicionó su calma habitual, más grave, casi un ronroneo peligroso-. ¿Es así como piensas presentarte ante el Consejo?
Daeron soltó una risa seca y rota, retrocediendo hasta que su espalda golpeó el muro. El sirviente se apartó discretamente, aterrado.
-Me presento como lo que soy -respondió Daeron, entornando los ojos-. Un sueño mal recordado. ¿O es que mi aroma está arruinando tu perfecta compostura, primo? -Se inclinó ligeramente hacia delante, desafiante a pesar de su estado-. Cuidado... los sueños me han mostrado lo que les pasa a los dragones que se acercan demasiado a otros dragones.
Valarr inhaló profundamente. El olor de Daeron lo envolvía ahora sin piedad, despertando un calor peligroso en su bajo vientre. Podía sentir cómo su propio aroma cambiaba, volviéndose más intenso: humo de dragón, acero caliente y algo dulcemente metálico. La compatibilidad era demasiado alta. Peligrosamente alta.
**Desde el punto de vista de Daeron:
El mundo giraba. El vino ya no amortiguaba lo suficiente. Y entonces llegó él. El olor de Valarr lo golpeó como un mazazo: limpio, dominante, cargado de poder y contención. Su cuerpo traicionero reaccionó antes que su mente: un escalofrío recorrió su espina dorsal, su piel se calentó y, por un segundo terrible, el calor reprimido que llevaba meses enterrando bajo litros de alcohol amenazó con despertar.
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La Corona De Espinas Y Sueños
FanfictionEn un Westeros donde las castas definen el destino, Valarr carga con el peso de ser el futuro Rey, mientras que Daeron intenta ahogar sus visiones proféticas en vino para sobrevivir a su naturaleza omega en una corte que no perdona la debilidad.
