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paseo en el bosque

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Miraba por la ventana, contemplando cómo las últimas nieves se rendían ante el avance del verde primaveral. La tarde, luminosa y serena, invitaba a abandonar la calidez del hogar, así que decidí salir a pasear por el bosque cercano a casa.

Me calcé las botas, me puse el abrigo y salí al exterior. El aire era frío, pero el sol aún brillaba en lo alto, suspendido entre dispersas nubes blancas.

Tras caminar varias calles, alcancé el inicio del bosque. Resultaba fascinante observar cómo las humildes casas desaparecían gradualmente, sustituidas por la imponente presencia de altos árboles de troncos blancos.

Tomé el sendero que recorría habitualmente. Un paseo abrirá mi apetito para la cena, pensé, mientras avanzaba bajo aquella arboleda todavía ligera, donde la primavera apenas comenzaba a reclamar su territorio.

La nieve persistía sobre algunos matorrales y ramas, aunque entre ella ya brotaban los primeros signos de vida. El murmullo de pequeños animales y el canto de los pájaros tejían una melodía envolvente. Bajo mis pies, el musgo húmedo y resbaladizo exigía atención constante.

Continué avanzando, mientras el bosque se cerraba lentamente a mi alrededor.

La espesura fue devorando poco a poco la luz solar, reduciéndola a finos haces polvorientos que se filtraban entre el follaje.

Fue entonces cuando descubrí un sendero desconocido.

Me detuve.

Había recorrido aquel bosque innumerables veces, y jamás había visto ese camino. Por un instante supuse que el deshielo habría revelado una ruta antes oculta bajo la nieve.

Movido por la curiosidad, decidí seguirlo.

El sendero descendía suavemente hacia la penumbra. Los árboles se estrechaban unos contra otros, como columnas vivas que conspiraban para bloquear la luz. El aire se volvió más denso, y un olor acre comenzó a impregnar el ambiente.

El frío se intensificó, obligándome a encogerme y hundir las manos en los bolsillos.

A medida que avanzaba, la vegetación se volvía más espesa, hasta casi devorar por completo el camino.

Entonces lo vi.

Un resplandor rojizo palpitaba en la distancia.

El bosque enmudeció.

El canto de las aves cesó. Los pequeños movimientos entre la maleza desaparecieron.

Y entonces comenzaron los tambores.

Un ritmo profundo, primitivo, constante.

Mi pecho se tensó con una mezcla de temor y fascinación, pero la curiosidad terminó imponiéndose.

Avancé con cautela entre la maleza.

Con cada paso, el resplandor se intensificaba, y el retumbar de los tambores parecía sincronizarse con los latidos de mi corazón.

Finalmente, alcancé un claro.

Y lo que vi me dejó paralizado.

Una multitud, cubierta con pieles, rodeaba una enorme hoguera cuyas llamas teñían de rojo el claro entero.

A su alrededor, cuerpos desnudos danzaban frenéticamente, contorsionándose con movimientos antinaturales bajo el ritmo hipnótico de los tambores.

Tras el fuego se alzaba un altar de piedra, cubierto de velas y símbolos arcanos.

Detrás, una inmensa piel colgaba de una roca, marcada con una runa roja que parecía palpitar bajo la luz del fuego.

Me oculté tras un arbusto, conteniendo incluso la respiración.

Entonces la vi.

Una mujer emergía junto al altar.

Vestía una túnica roja, ceñida apenas a su cuerpo, dejando sus piernas expuestas. Su piel, pálida como la cera, estaba cubierta de inscripciones rituales.

Su larga cabellera pelirroja caía en rizos salvajes sobre sus hombros.

Una cornamenta coronaba su cabeza.

Una venda cubría sus ojos.

Cuando alzó la mano, la música cesó de inmediato.

El silencio fue absoluto.

Pronunció entonces palabras en una lengua desconocida, áspera y ancestral.

Dos figuras surgieron entre la multitud.

Cubiertos con pieles y portando lanzas, llevaban calaveras de ciervo sobre sus cabezas.

Entre ambos arrastraban a una joven casi desnuda, vestida de blanco, que forcejeaba inútilmente.

La condujeron hasta el altar.

La sacerdotisa le obligó a beber de un cráneo ceremonial.

Poco después, la resistencia abandonó el cuerpo de la muchacha.

Sus movimientos cesaron.

Sus ojos se vaciaron.

La colocaron sobre la piedra.

Los tambores regresaron.

Los cánticos guturales se elevaron.

La sacerdotisa alzó un puñal ornamentado hacia el cielo.

Y lo hundió en su vientre.

El grito de la joven rasgó el bosque antes de extinguirse para siempre.

La sangre brotó caliente sobre la piedra.

La sacerdotisa la recogió entre sus manos y trazó símbolos sangrientos sobre su rostro.

El horror me paralizó.

Retrocedí, presa del pánico.

Pero antes de poder huir, sentí un golpe brutal en la cabeza.

La oscuridad me engulló.

Cuando recuperé la consciencia, el dolor me atravesaba el cráneo.

El frío de la piedra mordía mi espalda.

Abrí los ojos.

Estaba desnudo.

Atado al altar.

La sacerdotisa se alzaba sobre mí, recitando sus palabras imposibles mientras elevaba el puñal.

Y entonces descendió.

Grité.

Desperté de golpe en mi cama.

Las sábanas estaban empapadas en sudor.

Mi respiración era frenética.

Había sido una pesadilla.

Eso intenté creer.

Temblando, me levanté y caminé hasta el baño.

Pero al alzar la vista hacia el espejo, el alivio murió en mi garganta.

Grabada en mi pecho, profundamente marcada en mi carne, estaba aquella misma runa roja.

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⏰ Huling na-update: Apr 29 ⏰

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