Parte 1 Sin Título

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Iba caminando por las oscuras calles de Londres. La niebla, espesa como un velo, apenas dejaba ver unos metros más allá. Las farolas de gas titilaban débilmente, proyectando sombras alargadas sobre los adoquines húmedos. De pronto, distinguí un bulto a lo lejos... y en el suelo, sangre.

Llegué a esta ciudad en el año 1885. Llevo ya tres años aquí, siguiendo mis sueños. Vine a estudiar medicina. Soy originaria de un pueblo lejano, en un país aún más distante... donde resulta casi impensable que una mujer aspire a algo más que una vida doméstica.

Siempre quise ser distinta, no hacer lo mismo que todas. Aunque no desprecio el trabajo campesino —de hecho, hay cierta nobleza en él—, supe que no era el destino que deseaba para mí. Vi una oportunidad... y la tomé.

Entre los once y los diecisiete años trabajé en todo lo que pude. Cuidaba caballos al amanecer, vendía pan aún tibio por las calles, remendaba ropa gastada, cortaba jardines ajenos, limpiaba establos y hacía encargos para los ancianos del pueblo. También lavaba letrinas, vendía flores marchitas a la salida del cementerio y fregaba vajilla hasta altas horas en una taberna llena de humo y voces ásperas.

Así, moneda tras moneda, reuní lo suficiente para abandonar mi hogar. Pagué el viaje hasta Londres, adquirí vestidos adecuados —pues la apariencia también abre puertas— y logré costear mis primeros estudios.

Al llegar a Londres, me hospedé en la casa de una anciana. Era amable, aunque de carácter cambiante y con ciertas manías difíciles de ignorar. Sin embargo, el alojamiento era barato, y en mi situación, eso bastaba.

No tardé en averiguar sobre asociaciones que apoyaban a mujeres como yo. Grupos como la Society for Promoting the Employment of Women ofrecían ayuda a jóvenes sin recursos pero con talento. Tras meses de esfuerzo constante, fui aceptada y recibí su apoyo. Además, la universidad ofrecía premios en metálico a quienes obtenían los mejores puntajes en los exámenes de ingreso. Logré conseguir uno de ellos, lo que me permitió pagar la matrícula del año siguiente.

Mi familia, humilde y trabajadora, me enviaba de vez en cuando pequeñas cantidades de dinero. No era mucho, pero bastaba para comprar algo de comida o pagar una carroza en los días más difíciles.

También conseguí un trabajo de medio tiempo. Ayudaba a un comerciante hindú a vender telas en su tienda. El lugar estaba lleno de colores y texturas que contrastaban con el gris de la ciudad. Sin embargo, aquello significaba que salía tarde casi todos los días.

A esas horas, Londres ya no era la misma ciudad. Las calles se volvían más silenciosas... más densas. La niebla descendía como si ocultara algo. Y fue en una de esas noches... cuando vi aquel bulto.


La Sospecha entre la NieblaStories to obsess over. Discover now