La flor que desafio la montaña (1/2)

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La nieve caía con fuerza sobre el valle, cubriendo cada sendero y cada árbol, mientras Mulán ajustaba por última vez la armadura prestada. Cada correa, cada pieza de metal frío, recordaba la razón por la que se había unido al ejército: proteger a su padre, preservar la vida de su pueblo y el honor de su familia.

El viento cortaba como cuchillo, pero ella permanecía inmóvil, observando la cordillera que se extendía ante sus ojos como un dragón dormido. Las manos, pequeñas pero firmes, sostenían la espada que había aprendido a usar en silencio, en las madrugadas cuando nadie la veía, cuando el mundo aún creía que una hija solo debía aprender a manejar la aguja y el hilo.

El comandante dio la orden de marchar. Mulán ascendió la montaña con su unidad, desde lo alto, observó cómo los hunos avanzaban confiados por el valle, como lobos que ignoraban la tormenta que se avecinaba. En silencio, trazó el plan que decidiría la guerra.

—¡Ahora! — el general Shang dio la orden, pero Mulan aguardó, en su mente había trazado un plan que les permitiera a su unidad escapar de los hunos y acabar con la mayoría de ellos.

Abriéndose paso entre la nieve, tomó un cañón y trazó la trayectoria, no a los Hunos, sino un poco más arriba, a la montaña y... disparo.

El estruendo de la nieve cayendo sobre el ejército enemigo retumbó como un rugido ensordecedor. La montaña misma pareció despertar para engullir a los invasores. Más de la mitad de los hunos quedaron sepultados bajo toneladas de hielo y roca, y por un instante, todo pareció congelarse en el silencio del valle. Mulán cayó de rodillas, jadeando por el esfuerzo, el pecho ardiendo mientras el aire helado quemaba sus pulmones.

Pero la montaña no había terminado con ella.

Una piedra desprendida golpeó su costado con la fuerza de un martillo. Oyó el crujido de sus propias costillas antes de sentir el dolor, y el dolor fue como fuego líquido recorriéndole el costado, Sangre caliente y roja sobre la nieve blanca.

—¡Ayuda! —gritó alguien—. ¡Ping está herido!

Manos toscas la levantaron. Tiraron de su armadura y desgarraron las telas para evaluar la herida. El pecho de Mulán —el pecho que había atado cada mañana durante meses, el secreto que había guardado como un puñal bajo la almohada— quedó al descubierto.

El soldado que la sostenía la soltó como si quemara, el campamento quedó en silencio.

Shang llegó empujando entre los hombres. La miró. Su rostro pasó de la confusión a la sorpresa, ira e incredulidad —No —dijo—. No puede ser.

Mulán se incorporó lentamente, una mano presionando la herida. La sangre se filtraba entre sus dedos. El dolor era un martillo golpeándole el cráneo. Pero no bajó la mirada.

—Mi nombre es Mulán —dijo. Su voz salió firme, aunque temblaba por el frío o la sangre o el miedo—. Me enlisté en lugar de mi padre para...

—Eres una mujer —Shang escupió las palabras interrumpiéndola — Te has hecho pasar por un soldado. Has mentido al ejército. Al emperador.

—He salvado a este ejército —respondió ella—. Hace un minuto, eso era lo único que importaba.

Los hombres que habían luchado a su lado, que habían confiado en ella como soldado, ahora la miraban como si fuera una extraña; mentirosa, bruja, puta, deshonra, no le sorprendieron los murmullos. Los había imaginado cada noche antes de dormir, cada mañana al atar su pecho, cada vez que alguien le daba una palmada en el hombro llamándola "hermano".

—Las reglas existen para algo.
—Pero alguien tiene que luchar por lo que importa, cuando a los otros no les interesa —replicó ella.

Shang no respondió. Dio la orden de encerrarla mientras los oficiales debatían su destino, Mulán escuchó a lo lejos cómo discutían la posibilidad de sacrificarla para negociar con Shan Yu, cómo sopesaban su vida contra la seguridad del ejército, cómo la reducían a moneda de cambio.

Shang entró a la tienda —He tomado una decisión... te entregaremos a Shan Yu. Si él quiere usarte como rehén, como su esclava, lo que sea, es su problema. Tú nos darás tiempo.

Mulán levantó la cabeza.

—¿Eso es todo lo que soy para ti? ¿Una moneda de cambio?

Shang la miró, por primera vez desde que descubrió la verdad —Eso es todo lo que siempre fuiste —dijo—. Solo que ahora lo sabemos.

Ella asintió lentamente. Lo guardaría todo, cada palabra, cada mirada, para cuando llegara el momento de devolverlas.

La abandonaron ahí, atada a la viga de la tienda, esperando al bando enemigo que la tomaría como recompensa y siendo quien asesinó a más de la mitad de su ejército, sabía que no serían nada amables con ella.

La flor en la montañaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora