La noche rota

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La lluvia cayó sobre Gotham City como siempre caía en esta ciudad: con intención.

No era la lluvia suave y nostálgica que mojaba los jardines de los suburbios tranquilos, ni la lluvia limpia que en otras ciudades llegaba a lavar el pavimento y dejar el aire con olor a tierra nueva. La lluvia de Gotham era gris desde que salía de las nubes, pesada y fría, y cuando golpeaba el concreto no limpiaba nada solo desplazaba la suciedad de un lugar a otro, la empujaba hacia las alcantarillas donde se mezclaba con todo lo que la ciudad prefería no ver.

Era la una y cuarenta minutos de la madrugada.

El Distrito del Puerto olía a sal, a grasa de motor y a algo más que los pocos civiles que todavía andaban por ahí no podían identificar pero que los hacía apurar el paso sin saber bien por qué. Era un olor antiguo. Un olor que no pertenecía a ninguna fábrica ni a ningún barco anclado en el muelle. Era el tipo de olor que se mete por la nariz y le dice al cerebro, en un idioma anterior al lenguaje, que algo en este lugar está fundamentalmente mal.

Los civiles se fueron. Los civiles siempre saben cuándo irse.

Los héroes, por definición, no.

Cuarenta minutos antes.

La llamada había llegado a través de los canales de emergencia de la GCPD, pero Barbara Gordon la interceptó antes de que llegara a cualquier radio policial. No era el tipo de emergencia para la policía. La policía de Gotham era buena relativamente para tiroteos, para persecuciones, para el caos ordinario que una ciudad como esta producía en cantidades industriales. Pero lo que los sensores de movimiento del Puerto estaban registrando no era caos ordinario.

Era una firma de energía.

Barbara la reconoció porque había pasado los últimos dos años catalogando exactamente ese tipo de anomalías desde la Cueva, después de los eventos de la Torre de Babel. Sabía cómo se veía la energía cinética, la energía eléctrica, la energía de explosivos convencionales. Sabía también, aunque le costara admitirlo, cómo se veía la otra clase de energía. La que no tenía nombre científico. La que los libros de la Cueva clasificaban simplemente como arcana.

Esto era arcana. Y era enorme.

Señal de energía mágica en el Distrito del Puerto, —dijo al canal general, con la voz completamente plana porque en este trabajo la voz plana era lo que separaba la información del pánico—. Clasificación: alta. Posible ritual en curso. Necesito presencia en las coordenadas que les estoy enviando ahora.

La respuesta llegó en menos de diez segundos.

En camino. —Batman.

Ya estaba en el área, qué conveniente. —Nightwing, con ese tono que tenía de hacer que todo sonara como si fuera el setup de un chiste.

Cinco minutos. —Red Hood, seco como siempre, sin detalles.

Voy. —Red Robin.

Barbara miró la pantalla. La firma de energía pulsaba como un corazón enfermo, expandiéndose y contrayéndose en ciclos de aproximadamente veinte segundos. Llevaba haciéndolo durante los últimos ocho minutos, lo que significaba que el ritual o lo que fuera ya estaba avanzado.

Marcó un segundo número. Uno que no estaba en los canales oficiales de la Batifamilia. Uno que tenía guardado bajo el nombre de Última Opción, porque llamarlo era siempre, invariablemente, un dolor de cabeza.

Sonó tres veces antes de que contestaran.

—Son las dos de la mañana, —dijo la voz al otro lado, ronca y con acento británico, con el fondo inconfundible de alguien que acababa de encender un cigarrillo—. Esto más vale la pena.

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⏰ Last updated: Apr 27 ⏰

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