"¿Dónde estoy...?" susurró con la voz apenas viva, tan débil que parecía deshacerse entre el silencio infinito.
Abrió los ojos lentamente, como si despertar costara más de lo normal, y lo único que encontró a su alrededor fue la inmensidad del universo. No había suelo bajo sus pies, ni cielo sobre su cabeza. Solo estrellas incontables, nebulosas danzando a lo lejos y la oscura eternidad extendiéndose en todas direcciones.
Flotaba en medio de la galaxia.
El vacío era hermoso. Terriblemente hermoso.
Y aún así, había algo mucho más bello que todo aquello.
Una luz.
No era una estrella común, ni el brillo frío de algún planeta lejano. Resplandecía con una delicadeza imposible, como flores abriéndose en primavera bajo la primera lluvia del año. Su claridad superaba incluso al sol, pero no hería la vista. Al contrario... atraía.
Es imposible no mirarla.
Intentó recordar cómo había llegado allí.
¿Quién era?
¿Cuál era su nombre?
¿Por qué estaba solo?
Pero en su mente no había nada. Ningún recuerdo. Ninguna voz. Ningún rostro.
Solo ese vacío tan grande como el espacio mismo.
Quiso moverse, pero su cuerpo no respondió. Ningún músculo obedecía. Ningún dedo temblaba. Parecía condenado únicamente a observar.
Y entonces, la luz comenzó a moverse.
Hasta ese momento había permanecido quieta. Pero ahora avanzaba hacia él lentamente, con una calma solemne, como si conociera el camino desde siempre.
Él no habló.
Ni respiro con fuerza.
Ni apartó la mirada.
Solo la contempló acercarse, hipnotizado por aquella belleza que parecía haber nacido para encontrarlo.
Cuando por fin estuvo frente a él, alzó las manos casi por instinto... y para su sorpresa, pudo moverlas.
Con dedos temblorosos intentó tocarla. Pero una barrera invisible se interpuso entre ambos.
Un campo de fuerza.
La yema de sus dedos quedó a escasos centímetros de aquel resplandor. No importaba cuánto lo intentara, no podía alcanzarla.
Y, sin embargo, la tenía entre sus manos.
Eso bastaba.
La sostuvo con infinita delicadeza, como si temiera romper algo sagrado, y la acercó lentamente a su rostro. El calor que emanaba era suave y envolvente, más cálido que cualquier estrella, más tierno que cualquier abrazo.
Sintió paz.
Una paz extraña, desconocida... pero profundamente necesaria.
La observó en silencio, maravillado. Había algo en ella que le dolía y lo curaba al mismo tiempo.
Como si la hubiese amado antes de olvidar quién era.
Como si en algún rincón perdido de su memoria ya la hubiese esperado toda su vida.
"Donde hay amor, hay vida"
La frase apareció en su mente sin explicación.
Apretó suavemente la luz contra su pecho y volvió a intentar moverse. Esta vez lo logró.
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La luz que dejaste en el universo
RastgeleTras despertar flotando en la inmensidad del universo, un joven sin recuerdos encuentra una misteriosa luz que lo guía entre la oscuridad.
