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Cristal

El cielo de Quito estaba cubierto de nubes grises aquella mañana. El aire era frío, pesado… como si algo estuviera por cambiar.

Cristal Celi, estudiante de medicina, caminaba rápido por los pasillos del hospital universitario con su bata blanca ondeando ligeramente detrás de ella.

Su cabello oscuro y ondulado estaba recogido de forma desordenada, y sus ojos… sus ojos mostraban algo más que cansancio: mostraban determinación.

—Cristal, ¿otra guardia? —preguntó su amiga Valeria, alcanzando su caminata rápida.

—No puedo fallar ahora —respondió sin detenerse

—. Si quiero la beca para Inglaterra, tengo que ser la mejor.

—También tienes que dormir… y salir más con nosotros.
Cristal se tensó.

— Todo menos eso .

— Tienes 25 años y jamás has ido a una fiesta— me dice irritada cuando llegamos a la sala de espera para ingresar a las habitaciones de los pacientes.

— Tú más que nadie sabes el por qué no me gusta.

— No quieres perder tu preciada virginidad,¿No?— lo Dice poniendo los ojos en blanco y yo me alejo de ella para ir a una de las habitaciones, por qué ya se a donde va la conversación.

— Cristal por Dios, estás en un siglo donde eso ya no importa— Dice ella, lo que me enoja ya que ella sabe lo que pienso.

— Por eso mismo, por qué Dios dice claramente  en su palabra que eso es pecado a menos de que nos casemos y en este hospital todo es sexo — le digo cabreada — en especial para ese Tarado de Daniel Griffith.

El hombre que le había hecho la vida  imposible durante años.
Creo que desde que éramos niños, siempre molestando jalando mis rizos ondulados, diciendo que son resortes y yo pegándole en la cara, hasta que cumplió 9 y su padre lo mando a un internado Militar para ser un Coronel de las Fuerzas armadas especiales del FBI y vaya que le fue bien Pero también se había graduado de Médico.

Y volvió solo para ser mi peor enemigo.


Horas después…


El hospital estaba en alerta.

—¡Accidente múltiple! —gritó un enfermero—.
¡Preparen el quirófano! Cristal sintió cómo su corazón se aceleraba.

—Vamos —dijo, corriendo.

Camillas entraban una tras otra. Sangre. Gritos. Caos.
Y entonces…

Lo vio.

Un hombre alto, tan alto  que parece medir 2 metros y su porte tan imponente, vestido con uniforme militar oscuro. Tan obscuro  como la noche o como su aura y su presencia dominaba todo el lugar.
Su rostro era serio, frío… pero peligrosamente atractivo.

No era un paciente.
Era autoridad.
Y todos lo obedecían.

—Necesitamos un quirófano libre ya —ordenó con voz firme.

Cristal se acercó sin pensarlo.

—Estamos saturados, pero puedo ayudar —dijo, mirándolo directamente.

El hombre bajó la mirada hacia ella.
Y por un segundo…

el tiempo se detuvo.

Sus ojos eran de un azul intenso, casi intimidante. Su expresión no cambió, pero algo en su mirada… se clavó en ella.

—¿Eres residente? —preguntó, y solo escuchando su voy erizo mi piel y sobre todo mi alma.

—Estudiante de último año— le respondo decidida, a pesar de todo lo que provocó en mi al hablar.

—Entonces no deberías estar aquí— Dijo el muy gran cosa.

Cristal frunció el ceño.

—Y usted no debería dar órdenes en un hospital.
Silencio.

Valeria, desde atrás, casi se desmaya.
¿Cristal… desafiando a ese hombre?
El militar dio un paso más cerca.

Demasiado cerca.

—Ten cuidado con cómo hablas —dijo en voz baja—. No sabes con quién estás tratando.

Cristal no retrocedió.

—Y usted no sabe de lo que soy capaz— me dijo.

Sus miradas chocaron.
Fuego contra hielo.


Minutos después…


—Doctor, el paciente está en paro.

Cristal actuó sin pensar.

—¡Compresiones! ¡Ahora!

Trabajó con precisión, ignorando completamente al hombre que la observaba y le estaba poniendo los nervios de punta.

—Una, dos, tres…

—Cárguenlo a 200.

—¡Despejen!

El cuerpo del paciente se sacudió.

Silencio un silencio que de verdad daba miedo y sobre todo un silencio donde el suspenso se podía cortar fácilmente con un bisturí.

Y luego…

—¡Pulso! —gritó alguien.

Cristal soltó el aire lentamente.
Había salvado una vida.

Cuando levantó la mirada…

él seguía ahí.
Observándola.
De una forma diferente.
Ya no era solo autoridad.
Era… interés.
Peligroso interés.

Cuando se despejó el quirófano y se llevaron al paciente para revisión el hombre se me acercó.

—¿Tu nombre?— dijo con autoridad.

Cristal dudó un segundo.

—Cristal Celi.

El hombre asintió lentamente.

—Soy Alessandro Griffith.

El mundo se detuvo.
Ese apellido.
No.
No podía ser.

—¿Griffith? —susurró.

— Me presento soy Ministro del ejército y el Juez más importante  del continente y muy pronto del mundo—continuó—. Y…

hizo una pausa, mirándola fijamente.

—Padre de Daniel Griffith.

El aire desapareció de los pulmones de Cristal
No podía creer que era padre de su peor enemigo.
Su tormento.
Y ahora…

su padre estaba frente a ella.

Mirándola como si acabara de encontrar algo que no sabía que buscaba.
































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Está historia, es un pedazo para tod@s, y si me apoyan se los agradecería muchísimo.

Entre las Armas y el amorStories to obsess over. Discover now