Prólogo

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Para el mundo argentino, nadie podía tener más suerte en el mundo que el futuro bebé Dybala Sabatini. O mejor dicho la futura bebé. Una madre como Oriana Sabatini, como abuelos al actor Osvaldo Sabatini, y la modelo Catherine Fulop, su tía abuela, hermana de su abuelo, era una retirada tenista. Tenía una tía que la iba a adorar con todo su cariño, Tiziana. Y un padre, como Paulo Dybala, que era el 4º máximo goleador argentino en la historia. Pero también iba a ser la sobrina de la que en un futuro sería la primera mujer en ganar no un título de campeonato mundial de f1, sino dos.

Al menos eso era el sueño de Bárbara Darlene Dybala ganar y llegar a la F1, la hermana pequeña de Paulo, siempre se sintió conectada al mundo del coche, de la velocidad, desde que sus hermanos mayores jugaban con pistas de coches teledirigidos. Tenía dos años y le gustaba más ver a los coches pasar a gran velocidad que cualquier peluche o muñeco.

Su padre reía cuando era pequeña y miraba con curiosidad los coches dejando de lado cualquier muñeca que su familia le regalase. Era como si estuviera escrito, como cuando Paulo años atrás con dos o 3 años con una camiseta más grande que él jugaba al fútbol. Todo el mundo veía su potencial.

Con carritos de juguetes manejaba a una velocidad poco normal para una nena de cuatro años, adoraba ir rápido.

Empezó con seis años como cualquier piloto en karts por diversión, pero cada vez iba gustándole más, al principio se conformaba con los karts cercanos a su pueblo Laguna Larga, de fin de semana en fin de semana como premio por sus buenas notas. Su padre desde hacía dos años llevaba a Paulo a Córdoba para jugar en los infantiles de instituto, era de los tres hermanos mayores de Bárbara quién tenía más éxito en el futbol. Aunque Gustavo hubiese jugado de enganche en categorías inferiores de Gimnasia de La Plata. Paulo no quería abandonar el pueblo ni a su familia con apenas 10 años así que papá lo llevaba en el vectra negro tres veces a la semana a Córdoba, a pesar de los cincuenta minutos que los separaban. En 2006, Bárbara podía conducir su propio kart infantil diseñado para su propia seguridad, estaba fascinada, lo que empezó con una simple fascinación de un bebé por los coches, ahora iba más allá. Construyó con ayuda de su madre su propio altar de mujeres que admiraba en el mundo del coche, desde la primera mujer en correr en la f1, Maria Teresa de Filippis, a la más exitosa, Leila Lombardi, la reina de la velocidad Divina Galica, la única en ganar una carrera de f1, Desiré Wilson y la última en disputar una clasificación Giovanna Amati. Esos eran sus referentes, 4 italianas y 1 sudafricana.

Cuando era pequeña deseaba que la parte de ascendencia italiana que le correspondía por su abuela paterna fuera suficiente para tener esa velocidad, para poder entrar en una pista y hacerles morder el polvo a todos esos niños que la miraban raro cada vez que entraba al karting de la mano de su madre y con sus dos hermanos mayores detrás, pensando que venía a animar a sus hermanos y no a competir.

-Las chicas no siempre somos tan amadas en los deportes- le decía su madre cepillándole el pelo con paciencia -Pero a veces es bueno cambiar las cosas, y demostrarles que se equivocan, que podemos ser tan buenas o más que ellos.

Esa frase se le quedó grabada, su madre no le pedía que lo fuera, su madre creía simplemente en ella.

Bárbara comenzó a competir oficialmente en karting a los seis años, en campeonatos regionales de Córdoba. Al principio, su madre la inscribía como una actividad recreativa, casi terapéutica, un espacio donde la niña podía ser simplemente una nena más... aunque eso duró poco.

Desde sus primeros entrenamientos, los instructores notaron algo inusual:

Trazadas limpias

Ausencia total de miedo

Capacidad para corregir el kart en situaciones límite

Mientras otros niños frenaban de más, Bárbara dejaba correr el kart, algo impropio para su edad. En su segundo año, ya competía contra niños uno y dos años mayores

F1' female driverHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora