El ruido de la lluvia golpeando las ventanas hacía que el ambiente se sintiera más pesado de lo normal. Pavel estaba sentado en el sofá, con el celular entre las manos, leyendo una y otra vez el mismo mensaje.
"¿Vienes hoy o te quedas con Pooh?"
Suspiró profundamente. No sabía qué responder.
Desde hacía semanas, todo se sentía extraño. Pooh estaba distante… diferente. Ya no lo miraba como antes, ya no lo buscaba con la misma urgencia, y eso le dolía más de lo que quería admitir.
La puerta se abrió de golpe.
—¿Otra vez ignorándome? —la voz de Pooh sonó fría, cortante.
Pavel levantó la mirada lentamente.
—No te estoy ignorando…
—Claro que sí —Pooh dejó las llaves sobre la mesa con fuerza—. Siempre estás en tu mundo.
El silencio se volvió incómodo. De esos que pesan más que cualquier grito.
Pavel apretó el celular.
—Tal vez estoy en mi mundo porque tú ya no estás en él.
Pooh frunció el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que ya no eres el mismo conmigo —respondió, con la voz temblando apenas—. Antes… antes me buscabas, me abrazabas… ahora ni siquiera te importa dónde estoy.
Pooh soltó una risa seca.
—No empieces con tus dramas, Pavel.
Ese comentario fue como una puñalada.
—¿Dramas? —se levantó del sofá, dolido—. ¿Así le llamas a lo que siento?
Pooh no respondió de inmediato. Lo miró… pero no con amor, sino con una mezcla de molestia y cansancio.
—Estoy harto de esto —murmuró—. Siempre es lo mismo contigo.
El corazón de Pavel se encogió.
—Entonces vete… —susurró, casi sin voz.
Pooh lo miró sorprendido.
—¿Qué?
—Si tanto te molesta… vete —repitió, ahora con lágrimas acumulándose en sus ojos—. Porque quedarte así… duele más.
Por un momento, Pooh dudó.
Pero al final… simplemente tomó su chaqueta y salió, cerrando la puerta con fuerza.
El sonido retumbó en todo el departamento.
Y en el pecho de Pavel.
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Las horas pasaron lentas. La lluvia no se detenía, como si el mundo también estuviera llorando con él.
Pavel se abrazó a sí mismo, sintiendo un vacío extraño… uno que no era solo emocional.
Había algo más.
Algo que llevaba días ignorando.
Ese mareo constante… el cansancio… esa sensación rara en su cuerpo.
Se levantó con dificultad y caminó hacia el baño. Se miró en el espejo… pálido, ojeroso.
—No puede ser… —susurró.
Recordó… esa noche.
Ese momento en el que todo había sido diferente. En el que Pooh sí lo había amado como antes.
Sus manos temblaron.
—No… no…
Pero en el fondo… ya lo sabía.
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Al día siguiente, con el corazón latiendo con fuerza, Pavel salió de casa. El cielo seguía gris.
Entró a una farmacia y compró una prueba… sin mirar a nadie.
El camino de regreso fue eterno.
Cada paso pesaba.
Cada pensamiento lo asfixiaba.
Cuando llegó, cerró la puerta y se dejó caer contra ella.
—Por favor… que no sea cierto… —murmuró.
Pero algo dentro de él… ya se estaba preparando para lo peor.
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Minutos después, estaba en el baño… esperando.
El silencio era ensordecedor.
Hasta que…
Dos líneas.
Claramente marcadas.
Pavel dejó caer la prueba al suelo.
—No… —susurró, con la voz rota.
Sus manos temblaban mientras las llevaba a su vientre.
—¿Cómo…?
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
No sabía si sentir miedo… tristeza… o algo más.
Porque en medio del caos…
Había una pequeña chispa.
Una que no podía ignorar.
Pero había un problema.
Uno muy grande.
Pooh.
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La puerta volvió a abrirse esa misma noche.
Pooh había regresado.
—Tenemos que hablar —dijo, sin mirarlo.
Pavel lo observó en silencio… con los ojos rojos.
—Sí… —respondió suavemente—. Tenemos que hablar.
Porque lo que venía…
Lo cambiaría todo.
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