CAP 0. Sin futuro

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Antonio no llevaba ni tres meses en la carrera de fisioterapia cuando su realidad se desmoronó.

Había sido un alumno brillante, uno de esos que parecían tener un camino trazado antes incluso de comenzar a caminar. Pero para Antonio el mundo siempre había sido demasiado ruidoso. Las conversaciones, los motores, las multitudes, las luces de los salones; todo llegaba a él con una intensidad que convertía la vida cotidiana en una batalla constante. Sus audífonos de cancelación de ruido no eran un lujo, eran un refugio.

No era una enfermedad. No era una etiqueta fácil con la que otros pudieran explicarlo. Era simplemente alguien con una piel demasiado fina para una realidad demasiado áspera.

Una lesión ocular de la infancia le había arrebatado el centro de su visión y, como una compensación cruel del destino, le había dejado una percepción distinta del mundo. Los sonidos parecían más fuertes. Los movimientos más rápidos. Los errores más grandes.

Y entonces ocurrió.

Una frase mal dicha. Una conversación interpretada de la peor manera. Una intención que jamás llegó a existir, pero que terminó convertida en una acusación.

Lo llamaron acosador.

No hubo tiempo para explicaciones. No hubo espacio para una segunda versión de los hechos. La universidad, esa maquinaria fría que protegía más las apariencias que a las personas, decidió que Antonio era un problema que debía desaparecer.

Lo expulsaron.

Como si fuera una enfermedad.

Como si borrar su nombre fuera más sencillo que escuchar su historia.

Su familia no preguntó demasiado. El miedo al qué dirán fue más fuerte que el vínculo que tenían con él. Las puertas se cerraron una tras otra hasta que Antonio quedó solo con una mochila, unos audífonos y la sensación de que su vida había terminado antes de comenzar.

Lo más aterrador era que, años después, ni siquiera recordaba exactamente qué había dicho.

Solo recordaba el momento en que dejó de ser alguien para convertirse en una acusación.

En la estación de Indios Verdes, el frío se aferraba a las paredes de concreto como un animal hambriento.

Ahí estaba El Indi.

Ese era el nombre que le había dado la calle. Nadie sabía realmente cómo se llamaba ya. Su identidad se había perdido entre años de pavimento, humo y miradas que pasaban sobre él sin detenerse.

Era un hombre consumido por el hambre. Su cuerpo parecía una estructura abandonada: huesos marcados bajo una piel castigada por el clima y el smog de la ciudad. Su ropa no era ropa, era una acumulación de años difíciles cosidos sobre su cuerpo.

Pero todavía tenía una cosa.

Su guitarra.

Un instrumento viejo, golpeado, con dos cuerdas menos y más reparaciones que partes originales. Para cualquiera era basura. Para él era la última prueba de que todavía quedaba algo humano dentro de su vida.

—Gracias —decía bajando la cabeza cuando alguien dejaba una moneda.

Gracias por un peso.

Gracias por un pedazo de pan.

Gracias por no tratarlo como si fuera invisible.

"Trabajo es trabajo", repetía mientras se acomodaba junto a la pared, buscando escapar un poco del viento y del ruido de los torniquetes.

Hasta que llegó el orden.

Y el orden llegó con botas.

El oficial se acercó, pateó el estuche abierto de la guitarra y las monedas saltaron por el suelo sucio.

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