—Dale, Owen, contá —insistió uno desde atrás—. ¿Es tu primo o no?
Owen dejó caer la cabeza hacia atrás en la silla, exagerando el cansancio.
—¿Otra vez con eso?
—Y sí —se rieron—. Nunca respondés bien.
—Porque no hay respuesta interesante.
—Mentira. Algo raro hay.
Owen giró la lapicera entre los dedos, sonriendo apenas.
—Somos familia.
—Eso no responde nada.
—Responde todo.
Las risas llenaron el aula antes de que la profesora mandara silencio.
Desde el fondo, Luka levantó la vista.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
—
El recreo explotó en ruido.
—¡Owen!
—¡Vení!
—¡Jugá con nosotros!
Owen se movía entre todos con facilidad, riéndose, empujando, hablando como si nada le pesara.
Como si nada lo atara.
—Owen —lo llamó una chica, acercándose con una sonrisa—. ¿Me ayudás con matemática después?
—Depende —respondió él, divertido—. ¿Qué gano?
—Mi eterna gratitud.
—Tentador.
La chica se rió, dándole un pequeño golpe en el brazo.
Luka lo vio todo.
Desde su lugar, apoyado contra la columna.
Tranquilo.
Como siempre.
Solo que no.
Su mandíbula se tensó apenas.
Sus dedos se cerraron más fuerte alrededor del celular.
—¿Todo bien? —preguntó alguien a su lado.
—Sí.
Mentira.
Volvió a mirar.
La chica seguía ahí.
Demasiado cerca.
Riéndose demasiado.
Y Owen—
Owen no hacía nada para alejarla.
Al contrario.
Le seguía el juego.
Como siempre.
Porque él era así.
Porque no se daba cuenta.
Porque nunca se daba cuenta.
Sus miradas se cruzaron.
Owen sonrió.
Luka no.
—
Las clases se hicieron eternas.
Cada vez que alguien hablaba con Owen, Luka lo notaba.
Cada risa.
Cada acercamiento.
