Un día cualquiera

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Y si mal no recuerdo, pasé medio siglo esperando señales de lo que debía o no debía hacer. Aunque parece medio tonto aguantar tanta patraña del mismo lugar una y otra vez. Y sí… «Estoy hablando de mi hogar», o al menos así lo sentía, hasta que me fui y me di cuenta de que solo era una inquilina en un lugar donde la paz no existía, ni tampoco la libertad de pensar y hacer las cosas que a cualquiera le gustaría. Más bien era una cárcel de oro: te podían ofrecer de todo, pero a la vez nada. Reinaba el materialismo, los abrazos eran casi escasos, las sonrisas falsas abundaban, al igual que las palabras bonitas… solo si la gente decía cosas bonitas.

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