Capitulo 1 : La primer grieta del deber

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El viento que descendía desde las montañas de Snezhnaya no era un simple susurro helado, era una advertencia constante, un recordatorio de que en esa tierra incluso el silencio podía cortar la piel como una hoja afilada, y aun así, en medio de ese paisaje hostil, había figuras cuya presencia imponía más que cualquier tormenta; una de ellas era Capitano, cuya sola silueta bastaba para hacer retroceder a soldados experimentados, un hombre envuelto en misterio, disciplina y una lealtad inquebrantable hacia la Tsaritsa, alguien cuya humanidad parecía enterrada bajo capas de deber, acero y sangre, avanzando con pasos firmes sobre la nieve endurecida mientras su mente analizaba cada detalle del entorno, cada sonido, cada cambio en el aire, porque para él no existía el descuido, no existía el azar, todo era estrategia, todo era guerra, incluso cuando no había batalla.

Sin embargo, aquel día no estaba en el campo de combate, sino en los dominios internos del poder Fatui, un lugar donde las máscaras no solo eran físicas, sino emocionales, donde cada Harbinger representaba una pieza clave en un tablero que solo la Tsaritsa comprendía por completo, y ahí, entre pasillos de mármol frío y ecos de conversaciones que nunca eran lo que parecían, una presencia distinta rompía la monotonía del control absoluto: Columbina.

No caminaba como los demás, no observaba como los demás, no sentía como los demás, o al menos eso era lo que todos creían; su canto bajo, casi inaudible, se deslizaba por el aire como una melodía prohibida, algo que no debía existir en un lugar donde el poder se imponía sobre todo, y aun así estaba ahí, sentada en uno de los balcones interiores, con los ojos cerrados, como si el mundo que la rodeaba no tuviera importancia alguna, como si su realidad fuese completamente distinta a la de quienes luchaban, conspiraban o sobrevivían en ese entorno.

Capitano se detuvo.

No porque dudara.

No porque temiera.

Sino porque algo en esa escena no encajaba.

Capitano
—No deberías estar sola.

Columbina no respondió de inmediato, como si la voz no le perteneciera a ese mundo o como si simplemente no considerara necesario hacerlo, dejando que el silencio se estirara hasta volverse incómodo para cualquier otro, pero no para él, quien permaneció inmóvil, esperando, observando, calculando incluso en ese momento aparentemente trivial.

Columbina
—¿Y quién dice que lo estoy?

Su voz fue suave, casi infantil, pero había algo en ella, algo que no coincidía con esa dulzura superficial, algo que incluso alguien como Capitano no podía definir con facilidad, y eso, más que cualquier amenaza visible, lo mantenía alerta.

Capitano
—No hay guardias.

Columbina
—No los necesito.

El intercambio era simple, pero debajo de cada palabra había capas que no se decían, tensiones invisibles que no necesitaban manifestarse de forma explícita, porque ambos entendían algo fundamental: en ese lugar, nadie era realmente vulnerable, solo fingían serlo cuando les convenía.

El viento entró por los arcos abiertos del balcón, moviendo ligeramente el cabello de Columbina, quien finalmente abrió los ojos, revelando una mirada que no parecía pertenecer a alguien que simplemente “observaba”, sino a alguien que comprendía demasiado, alguien que veía más allá de lo evidente.

Columbina
—Capitano… siempre tan atento.

Capitano no respondió de inmediato, pero su mirada no se apartó de ella.

Capitano
—Siempre tan impredecible.

Un leve silencio se instaló entre ambos, pero no era incómodo, no era vacío, era un espacio cargado de significado, como si algo invisible estuviera formándose, algo que ninguno de los dos nombraría en voz alta.

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⏰ Last updated: Apr 16 ⏰

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