Zarek
Acababa de cruzar la línea de contenedores oxidados que marcaba la meta y el rugido de mi Kawasaki ZX-10R todavía retumbaba en el pecho como un trueno que no quería apagarse. Otra victoria. La número veintitantas de este año, ya ni las contaba. Los focos improvisados y las farolas amarillentas de la zona industrial de Montmeló iluminaban el asfalto mojado por la lluvia fina de la madrugada barcelonesa. Unos treinta o cuarenta locos de la noche gritaban mi nombre, pero el sonido llegaba lejano, casi vacío.
Me quité el casco con un gesto lento y me pasé la mano por el pelo negro empapado de sudor. El aire frío de la noche me golpeó la cara. Debería sentir euforia. Debería sentir al menos algo. Pero solo había vacío. El mismo vacío de siempre.
Llevaba más de tres años siendo el rey indiscutible de las carreras ilegales de Barcelona y alrededores. Nadie conseguía ganarme. Ni siquiera ponerme en verdadero peligro. Cada noche era igual: llegaban con sus motos tuneadas, presumían, intentaban seguirme… y terminaban comiendo mi humo. Al principio esa superioridad me gustaba. Ahora solo me aburría hasta el hastío.
Apoyé la moto en el caballete y miré al grupo con los brazos cruzados.
— ¿Quién se atreve esta vez? —grité, con voz ronca y desafiante—. Uno contra uno. Tres vueltas al circuito. Os doy diez segundos de ventaja y aún así os paso como si estuvierais parados. Venga, ¿nadie tiene huevos?
Silencio. Algunos se miraron entre sí. Otros bajaron la mirada o fingieron estar revisando sus móviles. Los de siempre. Los que ya habían perdido contra mí una, dos o diez veces.
—Qué patético —murmuré entre dientes, soltando una risa seca—. Venimos aquí a correr, no a hacer un puto desfile.
Me giré dispuesto a recoger mis cosas y marcharme cuando una figura completamente negra se abrió paso entre la gente. Moto negra mate, sin una sola pegatina, sin logos, sin reflectantes. Casco integral oscuro que no dejaba ver ni un milímetro de cara. Mono negro ceñido. Se detuvo a unos metros de mí y apagó el motor con calma.
Lo observé con atención. Alto, postura erguida, movimientos seguros. Parecía delgado, pero no débil.
— ¿Tú? —pregunté, arqueando una ceja.
La figura asintió una sola vez, sin decir una palabra.
Un murmullo recorrió el grupo. Nadie lo conocía. Nunca lo habían visto por aquí.
— ¿Estás seguro? —insistí, con esa sonrisa arrogante que ya era marca de la casa—. No me gusta humillar a la gente dos veces en la misma noche.
Volvió a asentir, esta vez más firme.
Sonreí de verdad. Por fin algo diferente.
—Está bien. Tres vueltas completas. Salida desde aquí. El primero que cruce la línea de contenedores gana. Sin reglas, sin límites, sin piedad. ¿Entendido?
La figura negra levantó una mano enguantada en señal de aceptación.
Nos colocamos en la línea imaginaria. Mi Kawasaki rugía impaciente. Su moto negra emitía un sonido grave, profundo, casi amenazante, como si estuviera conteniendo toda su fuerza.
Alguien levantó el brazo en el aire.
— ¡Tres… dos… uno… YA!
Salimos como dos balas disparadas al mismo tiempo.
Primera vuelta. Entré en la primera curva agresivo, inclinado al límite, rozando el asfalto con la rodilla. Miré por el retrovisor y allí estaba: pegado a mi rueda trasera, siguiendo cada movimiento con una precisión milimétrica. No intentaba adelantarme todavía. Solo… estudiándome.
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A Toda velocidad
RomantizmHay carreras que no se ganan con velocidad... sino con todo lo que estás dispuesto a perder. Bajo luces de neón y el rugido constante de los motores, las noches se convierten en territorio de apuestas, adrenalina y peligro. Dos nombres dominan las c...
