El objeto que no encaja.

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Aquella máscara de ojos huecos y sonrisa burlona solo podía describirla como discordante; anormal, hasta aterradora si la honestidad era obligatoria. 

La pulcritud de su blancura chocaba terriblemente con el rojo de su lágrima y la curva en sus gruesos labios. La negrura en los bordes era otra burla, sin piedad parecía representar la naturaleza corrupta y ponzoñosa de la mueca en la máscara, acentuando el blanco para perpetuar el engaño vil y evidente. 

Y la forma alargada de esta solo empeoraba todo. 

Grotesco

La máscara parecía reírse de él, de sus camaradas, de todo lo que estuviera al alcance de su profundo y oscuro mirar. Incluso parecía reírse de su propio portador. Qué absurdo, ¿Cómo un objeto sin alma podía provocar tanto? 

Y la lágrima, fina y prolija, congelada en mitad de su camino. Adornando la mejilla pálida, sin lograr acariciar la comisura de la sonrisa enferma, con el brillo de su escarlata emanando una angustia falsa y nociva, quizá representando el último pedazo de la humanidad del asesino; una humanidad dañada, manchada y egoísta. 

Fugazmente se preguntó quién determinó que era apropiado que él, de todas las personas, usara esa pieza fría de loza cuando la batalla lloraba por su presencia. 

Porque en su opinión, esa máscara y su deprimido portador eran como el agua y el aceite. Dolorosos, obvios e indudables opuestos. Si el mundo por fin se dignara en seguir alguna lógica real entonces la pieza sonriente y el humano convertido a la fuerza en guerrero deberían estar tan lejos como la Tierra y Neptuno lo están en las entrañas del cosmos. No obstante, eso no ocurrió y el rostro de vil júbilo se unió al joven de corazón torturado. 

Y él, inevitablemente, odió este hecho. 

--… No…--su voz fue un murmullo débil, tonto y carente de sentido. Se maldijo por eso. Tomó aire con todo el disimulo que pudo, una tarea a simple vista sencilla, hasta que sintió una mirada sobre él y con ello la realización de que tenía hasta la más mínima pizca de atención de su acompañante. No podía hacer el ridículo, no ahora--¿No te molesta? 

Cuando la pregunta finalmente salió supo que sus esfuerzos de no humillarse a sí mismo fracasaron. No por la reacción del otro, sino porque al repasar la interrogante encontró que era absurda. 

Por un segundo quiso esconder su rostro entre sus manos para ocultar su vergüenza y frustración. No lo hizo, pero no le faltaron las ganas. 

--… ¿Qué cosa?--la voz del otro fue suave, igual a una caricia insegura. Como si al elevar un poco el volumen todo se destruyera, como si él no pudiera soportar tal acto. Fue ridículo, y aún así lo hirió, y el hecho de que la voz estaba amortiguada por esa pieza aberrante solo lo empeoró. 

--La máscara--aclaró ya rendido ante su frustrante falta de sentido y valor--¿No te impide respirar de forma correcta o ver con claridad? 

Se animó a verlo cuando acabó de hablar y la fina espina de arrepentimiento que se clavó en su alma dolió más de lo que hubiera imaginado. No estaba bien, ¡No debería arrepentirse de mirarlo! ¡No! 

Él, Licht, lo miraba a través de esos dos estrechos agujeros en la loza, creando sin quererlo una leve impresión de amenaza. El destello carmín entre la oscuridad de esos huecos lo tranquilizó un poco y le empujó a mantener la cabeza en alto, porque de una manera inexplicable el carmesí que se adueñó de los ojos de Licht era diferente al de la cara que ríe y llora en extraña agonía; era más brillante, tan cautivador como la primera estrella del cielo. 

Sin embargo, el contactó visual tan solo duró unos segundos. El joven –su amigo– desvió la mirada y bajó la cabeza, ahora, sentado contra un escombro de un edificio muerto, con las piernas flexionadas y los brazos sobre sus rodillas, él lucía muchísimo más joven de lo que realmente era, igual a un niño que anhela huir de su tristeza. Su mano enfundada en un guante igual de blanco que la loza se alzó, y se dirigió a la máscara, más sus dedos no lograron tocar la fría cara que reía en miseria. Licht dudó y dejó suspendida su mano, y él sintió que esa duda alcanzó hasta su propia carne. 

Él, involuntariamente, se estremeció. El de hebras blancas no lo notó para su suerte. 

--No--respondió mientras bajaba la mano y, con la derrota adherida a su voz, la dejó sobre sus brazos y rodillas--Estoy bien. 

Mentira

Desde que esa máscara cayó en el rostro del chico por el cual daría su vida, todo era una mentira tras otra. Un engaño pésimamente tejido que, teniendo a la ironía presente, nadie se animaba a señalar, ni siquiera él y se odiaba por ello. Era un cobarde, el inútil más grande y la burla más dolorosa. 

Qué patético. Él comenzó todo esto con su tonto e ingenuo deseo de ser un militar, pensó que podría, que tenía las aptitudes requeridas, que sería capaz de salvar a su abuela. Ridículo, tan ridículo que le daba vergüenza. ¿Cómo fue que no vio las señales de que no servía para ser un soldado? 

Él sólo servía para ser un estorbo. Un iluso que no pudo salvar a nadie, porque la única mujer a quien reconoció como madre había muerto y no lo pudo evitar, y ahora tampoco podía hacer mucho por su amigo, lo único que le quedaba. 

Y aún así el desgarrador deseo de alcanzar esa fea máscara de cruel expresión congelada y arrancarla sin miramientos nació en él, aunque el derecho de hacerlo no estaba en sus manos, su deseo perduró. Quiso destruir el inestable engaño, enfrentarlo sin ceder ante el miedo y dejar de decir que todo iba a estar bien, porque no estaba bien. Todo era caos y muerte, las heridas eran demasiado profundas, tan hondas que su sanación debería ser un milagro. 

Todo iría de mal en peor a partir de ahora. Todos lo sabían, pero nadie decía ni hacía nada. Nadie. 

Nadie

--Licht…

--Tokikaze--el otro lo llamó, levemente más firme y fuerte. Sus miradas volvieron a cruzarse y Sakai sintió ganas de llorar de impotencia--Estoy bien. 

Mentira. 

¡Mentira!

Fue impulsivo. Tokikaze se movió, atrajo al chico de ojos rojos a un torpe abrazo porque su garganta estaba demasiado anudada para siquiera tragar, su corazón se apretó tanto entre las paredes huesudas y carnosas de su cuerpo que el dolor se grabó con fuego en su mente y perjudicó su respiración. Tan solo un silencioso jadeo trajo una inmensa agonía, más aferrándose al coraje fluctuante que surgió en él se obligó a soportarlo. 

El contrario tembló ante sus acciones, tenso como cuerda de guitarra… No se resistió. Sintió la duda y la sorpresa emanar del cuerpo ajeno, pero nunca hubo un retroceso, su amigo se quedó quieto entre sus brazos por unos instantes, quizá asimilando lo ocurrido en tan solo cuatro segundos. Y luego, las manos del otro se posaron en su espalda, delicado, así comenzó, como si temiera romperlo si liberaba más fuerza, aunque esa precaución sólo consiguió durar un trémulo momento pues el agarre adquirió más y más fuerza hasta llegar a la desesperación. 

Tal vez la tela de su chaqueta se rasgó, tal vez no. Tokikaze no pensó en ello, no importaba. Lo que le sucediera a él no importaba, ahora Licht era el protagonista, aceptaría hasta su agonía si con eso puede aliviar su carga… Es lo único que un tonto como él podía hacer ahora.

El odio de lo inanimado.Where stories live. Discover now