One Shot

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El Ataque de los Trompos Locos.

Por Edo El Artillero Fanfics.

Por Edo El Artillero Fanfics

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Los trompos giraban.

Daban vueltas y vueltas, ya fuera que lo hicieran en el mismo sentido que las agujas del reloj o no, no paraban hasta llegada la hora final.

Y eso era un tema tabú para ellos, como lo es la misma muerte para los humanos.

Lo primero que los recibió fue una era de conflicto, pues cuando despertaron, hallaron un mundo ya conquistado por los humanos.

Pero no dejaron de girar, como quien logra domar una ola inevitable. Y esa determinación los condujo a convivir en sociedad junto con las personas.

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En un pueblo rural de Guanajuato, vivía Charlie, un niño, un Bambino, un bebé.

Pertenecía a la primera generación que nació en un mundo de trompos sapientes, sus papás le enseñaron que antes solo había humanos como ellos, ah, y animales, pero que todo cambió cuando despertaron los trompos.

Eso era muy complicado, Charlie siempre dejaba de prestar atención a los pocos segundos. Cambiaba de tema con la facilidad de quién va de una habitación a otra en su hogar.

Un día, sus padres salieron a Celaya por suministros de comida. Normalmente tardaban toda una tarde en ir y venir. Charlie tendría tiempo de sobra para hacer lo que quisiera.

Y lo que deseaba era salir. No al jardín trasero, no, a la calle.

Una vez que se marcharon sus padres, Charlie se alistó.

Su antigua cuna ahora estaba repleta de juguetes. Eligió un par de sonajas, un cubo gigante... y su más reciente adquisición: una cuerda.

Echó todo en la parte trasera de su carro, después, se subió en él y avanzó hasta llegar a la entrada de su casa.

El desafío final.

Charlie había intentado en ocasiones anteriores usar aquellas llaves amarillas que tenía, pero eran muy grandes. No fue sino cuando vio a sus papás poner las que ellos usaban en la maceta que todo encajó en su mente.

Fue una tarea tan difícil como cuando intentó insertar las piezas geométricas en sus ranuras correspondientes por primera vez.

Pero lo logró. Vio un haz de luz entrar por el margen, entonces se bajó de su banquito y la abrió por completo.

Viento fresco le daba la bienvenida, y los rayos de sol calentaban sus mejillas.

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Charlie había usado su cuerda para dejar emparejada la puerta de su hogar.

Ahí iba uno de sus recursos. Por poco se siente mal, pero lo cierto es que estaba embobado viendo pasar, una y otra y otra vez, aquellos bichos.

Eran como su propio carro, pero más grandes y de diferentes formas y colores, hacían un ruido muy feo. Charlie nunca imaginó que así se verían los juguetes de los adultos, él solo había visitado un carro como esos por dentro, y en el asiento trasero, la mayoría de las veces se quedaba dormido antes de apreciar los detalles.

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