Capítulo 1: La última noche humana

5 1 0
                                        

Narradora: Isabella Swan

Tres años.

Habían pasado tres años desde aquella tormenta eléctrica donde Carlisle me besó por primera vez. Tres años de citas a escondidas, de mentiras piadosas a Charlie, de noches enteras hablando hasta que el sol amenazaba con asomarse. Tres años aprendiendo el lenguaje de los vampiros: sus silencios, sus peligros, su forma de amar que era todo menos humana.

Y ahora, la noche antes de mi vigésimo cumpleaños, estábamos en el claro del bosque donde todo había comenzado. La luna llena iluminaba los árboles como fantasmas plateados, y el viento olía a musgo y a tierra mojada.

—¿Estás segura? —preguntó Carlisle por centésima vez.

Estaba de pie frente a mí, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero, sus ojos dorados brillando en la oscuridad como dos faros lejanos. Después de tres siglos de dominio propio, se veía más nervioso que yo.

—Carlisle —dije, tomando sus manos frías entre las mías—. Llevo tres años preguntándote. He investigado. He hablado con Alice, con Esme, hasta con Rosalie. Sé lo que implica. Sé que dolerá. Sé que nunca volveré a comer pizza ni a ver el amanecer sin que mi piel brille como una discoteca ambulante. Y aun así quiero hacerlo.

—No es solo eso —respondió él, soltando una mano para acariciar mi mejilla—. Es la sed, Bella. La sed que nunca se va. La conciencia de cada vida que podrías tomar si pierdes el control. Yo he matado. Todos los de mi familia han matado. Ese peso no se olvida.

—Pero tú dejaste de matar.

—Después de décadas de lucha. Después de caer muchas veces.

—Entonces me ayudarás a no caer.

Él cerró los ojos y apoyó su frente contra la mía. Su piel estaba más fría que nunca, o tal vez era mi imaginación, mis nervios jugándome una mala pasada.

—Te quiero demasiado para hacerte esto —murmuró—. Y te quiero demasiado para no hacerlo.

—Esa es la respuesta más sensata que has dado en tres años —bromeé, aunque mi voz temblaba.

—Bella…

—Carlisle —lo interrumpí, separándome apenas para mirarlo a los ojos—. Quiero ser como tú. Quiero vivir a tu lado sin tener que preocuparme de envejecer mientras tú te quedas igual. Quiero correr contigo, cazar contigo, leer los mismos libros una y otra vez hasta que los dos nos los sepamos de memoria. Quiero la eternidad. Contigo. ¿Es tan difícil de entender?

Él me miró largamente. La luna se reflejaba en sus pupilas, y por un segundo pareció que tenía dos lunas dentro de los ojos.

—No —dijo finalmente, con una sonrisa triste—. No es difícil de entender. Es difícil de aceptar que alguien esté dispuesta a sacrificar tanto por mí.

—No es un sacrificio. Es una elección.

—Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.

Suspiré. A veces, Carlisle era tan terco como Charlie, solo que con mejor vocabulario.

—¿Cómo lo haremos? —pregunté, cambiando de tema antes de que me diera otro sermón de tres horas—. ¿Me muerdes y ya? ¿O hay un ritual secreto con velas y círculos mágicos?

Él soltó una risa corta, la primera de la noche.

—No hay velas. Solo dolor. Mucho dolor. El veneno se extiende por tu torrente sanguíneo y va reemplazando las células humanas por otras… diferentes. El corazón deja de latir. La piel se endurece. Los sentidos se agudizan hasta volverse casi insoportables. Y durante todo el proceso, arderás. Como si te hubieran arrojado a un horno.

—Qué romántico.

—No intento ser romántico. Intento ser honesto.

—Lo sé —dije, y me puse de puntillas para besar su mejilla—. Por eso te quiero.

Carlisle me tomó de la mano y me guió hacia el centro del claro. Allí había una manta que él había traído antes, junto con una bolsa térmica llena de sangre de venado.

—¿Eso es para mí? —pregunté, señalando la bolsa.

—Para después. Cuando despiertes, tendrás una sed indescriptible. Es mejor tener sangre animal a mano antes de que salgas corriendo a buscar humanos.

—¿Despertaré? ¿O será como dormir?

—Ninguna de las dos cosas. Estarás inconsciente por unos tres días, pero tu mente… tu mente estará despierta. Sentirás cada célula transformarse. Y cuando abras los ojos, ya no serás humana.

Me senté en la manta. El musgo estaba húmedo, pero ya no me importaba. Nada me importaba excepto lo que estaba a punto de pasar.

—¿Y si algo sale mal? —pregunté en voz baja—. ¿Si no despierto?

—Despertarás —dijo Carlisle, sentándose frente a mí—. No he perdido a nadie en trescientos años. No pienso perderte a ti.

—Eso no es una garantía.

—Es lo único que puedo ofrecerte.

Lo miré. Sus ojos dorados, su mandíbula tensa, sus manos que temblaban ligeramente. El hombre más poderoso que había conocido, reducido a nervios por una chica de veinte años.

—Bésame —dije—. Antes de que lo hagas. Bésame como si fuera la última vez que besas a una humana.

Él se inclinó hacia mí y me besó. No fue un beso desesperado como el de la tormenta. Fue un beso lento, profundo, de despedida y promesa a la vez. Sus labios fríos se movieron contra los míos con una ternura que me rompió el alma antes de que el veneno hiciera su trabajo.

—Te quiero, Isabella Swan —susurró contra mi boca—. Te he querido desde antes de conocerte.

—Eso es imposible.

—Para un humano, tal vez.

Separó sus labios de los míos y bajó la mirada hacia mi cuello. Podía ver sus colmillos asomando, blancos como la luna, afilados como cuchillos.

—¿Lista? —preguntó.

—No —admití—. Pero hazlo igual.

Carlisle Cullen hundió sus dientes en mi cuello.

Y el mundo se incendió.

Bajo el  Mismo Cielo Palido  - PARTE 2Stories to obsess over. Discover now