Capítulo 1

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El ambiente en la Academia Saint Jude era eléctrico. El aire olía a una mezcla de barniz de cancha, palomitas de maíz y esa tensión competitiva que solo un derbi escolar podía generar. Los pasillos retumbaban con los gritos de los estudiantes que se dirigían al gimnasio principal para el partido del año: los Vipers de Saint Jude contra los Titans de Westview.

Yo caminaba con paso firme, ignorando el ruido. Llevaba puesta la camiseta blanca y azul de los Titans. El número 7 brillaba en mi espalda. Era la camiseta de Liam, mi crush desde hace años, y hoy, finalmente, iba a demostrarle mi apoyo desde la primera fila.

Pero antes de poder cruzar la doble puerta del gimnasio, una mano grande y áspera me rodeó la muñeca con una fuerza que me cortó la respiración.

—Tú no vas a ninguna parte vestida así —la voz de Matías me golpeó como un balde de agua helada.

Sin darme tiempo a reaccionar, me arrastró hacia el pasillo de los vestidores. Me lanzó dentro de la zona de casilleros, donde el silencio era pesado y asfixiante.

—¡Suéltame, Matías! ¿Qué demonios te pasa? —grité, recuperando el equilibrio.

Él se detuvo frente a su casillero, dándome la espalda por un segundo antes de girarse con una expresión que nunca le había visto. Sus ojos oscuros destellaban con una furia contenida.

—Quítate esa camiseta. Ponte la mía —ordenó. Su tono no era una petición; era una demanda cargada de unos celos que trataba de ocultar tras su habitual arrogancia.

—¿De qué hablas? Estás loco —solté una risa seca, incrédula—. ¿Por qué me quitaría la camiseta de mi crush para usar la tuya? Ni en tus mejores sueños, Matías.

En un parpadeo, él acortó la distancia. Me tomó del brazo con firmeza y me acorraló contra la pared de metal frío. Apoyó una mano a un lado de mi cabeza, atrapándome por completo. Su aroma a menta y sudor limpio me invadió los sentidos.

—No estoy jugando —su voz bajó a un tono peligrosamente grave—. Quítate esa maldita camiseta y ponte la mía. Porque si no lo haces, juro que voy a destruir a ese maldito Liam en la cancha. Lo voy a humillar frente a todos hasta que quede como un ridículo. ¿Eso es lo que quieres?

—¿Qué te pasa? —le espeté, aunque mi corazón empezaba a latir con fuerza contra mis costillas—. ¿Por qué tendría que hacer lo que tú quieres? Él es mi crush, no tú. Yo quiero llevar su número. ¿En serio estás celoso de eso, imbécil?

Matías soltó una risa seca, sin rastro de humor. Su agarre en mi muñeca no aflojó ni un milímetro.

—¿Celoso? —repitió, acercando su rostro al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—. Pero claro que estoy celoso. Me hierve la sangre verte paseándote con esa mierda sobre tu cuerpo. ¿Con el número de otro idiota? No apruebo eso. No lo voy a permitir.

—Es tu problema si no te gusta —dije, tratando de mantener la voz firme a pesar de la intensidad de su mirada—. No me interesa si lo apruebas o no. Es mi vida, Matías. Déjame en paz.
Su mandíbula se tensó tanto que creí que se rompería. Sus ojos bajaron por un segundo a la camiseta con el número 7 y luego volvieron a los míos, cargados de una posesividad oscura.

—Quítala ahora mismo —sentenció—. O juro por Dios que te la arranco yo mismo aquí mismo.

—Estás demente, psicópata —mi respiración se volvió errática—. Ya basta, no quiero quitármela. Me estás asustando con esta actitud.

—Te la quitarás —insistió él, ignorando mis protestas—. Y después de eso... vas a ponerte mi camiseta. Para que todos vean quién es tu dueño.

—¿Dueño? —solté una carcajada nerviosa—. Estás loco de remate. Yo no tengo dueño. Y si lo tuviera, te aseguro que no serías tú. Jamás.

El silencio que siguió fue aterrador. De repente, Matías lanzó un puñetazo violento contra el casillero, justo al lado de mi cabeza. El estruendo del metal golpeado resonó en todo el vestidor. Me quedé paralizada, encogiéndome instintivamente. El miedo real me recorrió la columna vertebral.

—Vete... vete a jugar el partido —susurré con la voz temblorosa—. Por favor, déjame en paz. No me la voy a poner.

Él no dijo nada. Se dio la vuelta bruscamente, abrió su casillero y sacó una de sus camisetas de repuesto de los Vipers. Tenía el número 8 estampado en un rojo intenso. Me la extendió, golpeándola contra mi pecho.

—Póntela ahora mismo y me calmaré —dijo, intentando controlar su respiración—. Solo póntela.

Lo miré a los ojos. Habíamos sido enemigos desde el jardín de infantes, siempre peleando, siempre odiándonos. Pero esta versión de Matías era nueva y aterradora. Por miedo a lo que pudiera hacer si seguía provocándolo, mis dedos temblorosos subieron al borde de la camiseta de Liam.

Me quité la prenda del número 7 frente a él, sintiéndome vulnerable bajo su mirada hambrienta. Rápidamente, me pasé la camiseta del número 8 por la cabeza. Me quedaba enorme; las costuras de los hombros caían por mis brazos y el dobladillo me llegaba casi a los muslos. Olía totalmente a él.

—Listo —dije con amargura, ajustándome el cuello de la prenda—. ¿Ya estás contento, maldito infeliz?

Matías cambió por completo. La tensión de su cuerpo se disipó y una sonrisa triunfante, casi dulce pero cargada de arrogancia, apareció en su rostro.

—Ahora sí estás bella, amor mío —murmuró.

No le respondí. Lo ignoré, pasé por su lado empujándolo y salí de los vestidores con el corazón en la garganta. Caminé hacia las gradas, sintiendo el peso de la tela del número 8 sobre mi piel. Al llegar a la zona donde estaban mis amigas, sus caras fueron un poema de confusión.

—¿Pero qué...? —empezó a decir una de ellas—. ¿Por qué llevas la camiseta de Matías? Pensé que ibas a llevar la de Liam.

—No pregunten —masqué, sentándome bruscamente—. Solo miren el partido.

Minutos después, las luces del gimnasio se atenuaron y la música estalló. Los jugadores empezaron a salir a la cancha. Primero los Titans, liderados por Liam, quien buscaba a alguien en las gradas con la mirada. Luego, los Vipers, con Matías a la cabeza.

En cuanto Liam me localizó, su expresión de confusión fue evidente al ver el número 8 en mi pecho. Pero antes de que pudiera procesarlo, Matías se interpuso en su camino.

Ambos se detuvieron en el centro de la cancha, frente a frente. Matías era un poco más alto y su lenguaje corporal gritaba dominio. Miró a Liam con desprecio y luego, deliberadamente, giró la cabeza hacia donde yo estaba, guiñándome un ojo frente a todo el colegio
.
El partido ni siquiera había comenzado, pero la guerra ya estaba declarada. Y yo, sin quererlo, era el trofeo en medio de la cancha.

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