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Había una vez —en un rincón del mundo donde el tiempo no pasaba como debería— un lago que respiraba.

No era un lago cualquiera. Sus aguas no reflejaban el cielo, sino los recuerdos de quienes se acercaban a él. Si alguien miraba lo suficiente, podía ver su infancia, sus errores, sus amores perdidos… y también aquello que aún no había vivido.

A ese lugar llegó Eira.

Eira no recordaba exactamente de dónde venía. Solo sabía que llevaba toda su vida sintiendo un vacío suave en el pecho, como si alguien le hubiese amado mucho… y luego se hubiese ido sin despedirse. Tenía los ojos oscuros, siempre a punto de llorar, aunque rara vez lo hacía. Y el corazón… el corazón lo tenía lleno de silencios.

Una noche, guiada por un susurro que no sabía de dónde nacía, caminó hasta el lago.

Y allí lo vio.

No era un reflejo. Era un chico.

Estaba de pie sobre el agua, como si esta fuera sólida. Su cabello era plateado, movido por un viento que no existía, y sus ojos… sus ojos parecían contener todas las despedidas del mundo.

—Has tardado —dijo él, con una voz tan suave que parecía romperse al pronunciarla.

Eira sintió algo extraño. No miedo. No sorpresa. Algo más profundo.

—¿Te conozco? —preguntó.

El chico sonrió. No era una sonrisa feliz. Era una de esas que duelen.

—Me conociste —corrigió—. Pero elegiste olvidarme.

El aire se volvió más frío.

Eira dio un paso hacia el lago.

—Eso no tiene sentido.

—El amor casi nunca lo tiene.

Y entonces, sin saber por qué, extendió la mano.

Él la tomó.

Y el mundo se rompió.

Eira despertó en otro lugar.

Un campo infinito de flores negras, bajo un cielo sin estrellas. Y allí, a su lado, estaba él.

—Mi nombre es Kael —dijo—. Y tú… tú eres la única persona que ha amado a un guardián del tiempo y ha sobrevivido para olvidarlo.

Eira sintió que el corazón le latía demasiado rápido.

—No entiendo nada.

—Porque elegiste no entenderlo —respondió Kael—. Hace mucho tiempo, nos enamoramos. Pero mi existencia está atada al tiempo. Yo no puedo quedarme. Nunca. Y tú… tú no podías soportar perderme una y otra vez.

Eira lo miró fijamente.

—¿Y qué hice?

Kael bajó la mirada.

—Me pediste que te dejara olvidarme… cada vez que nos encontráramos en una nueva vida.

El silencio se hizo pesado.

—¿Y por qué estoy aquí ahora?

—Porque esta vez… —Kael la miró con una intensidad que dolía— …fallé.

—¿Fallaste?

—No pude dejarte ir del todo.

Eira sintió un nudo en la garganta.

—Entonces… ¿esto es real?

—Tan real como el dolor que sientes ahora mismo.

Y lo sentía.

Aunque te olvideWhere stories live. Discover now