El silencio en los pasillos de una arena de lucha libre antes del show nunca es realmente silencio.
Es un zumbido eléctrico, una mezcla de ventiladores industriales, pasos apresurados de los tramoyistas y el eco lejano de una multitud que empieza a llenar las gradas.
Para cualquier otro luchador, ese sonido es adrenalina pura. Para mí, es el sonido de un juicio que está a punto de comenzar.
Me senté en el banco de madera del vestuario, con la espalda encorvada y los codos apoyados en las rodillas. Mis manos, lo suficientemente grandes como para rodear el cuello de un hombre adulto con una sola palma, temblaban ligeramente mientras terminaba de ajustar la cinta adhesiva en mis muñecas.
Cada vuelta de la venda era un intento de contener la presión que sentía en el pecho.
—Cinco minutos, Wight —dijo una voz desde la puerta.
No levanté la vista. Sabía quién era: un productor veterano que probablemente había visto a mi padre debutar cuando yo aún no era más que una idea. En su voz no había entusiasmo, solo una curiosidad clínica.
Quería ver si el "cachorro" tenía los mismos colmillos que el viejo lobo.
Me puse de pie, y el mundo pareció encogerse a mi alrededor. Medir más de dos metros y pesar casi ciento veinticuatro kilos tiene sus ventajas en un ring, pero en la vida cotidiana es como ser una pieza de mobiliario fuera de lugar.
Me acerqué al espejo manchado de humedad y me quedé mirando mi reflejo. Tenía la misma mandíbula cuadrada, el mismo brillo de determinación en los ojos, pero mi mirada cargaba con una sombra que él nunca tuvo que soportar.
Él fue el "Atleta más Grande del Mundo" por mérito propio; yo era simplemente el heredero de un trono que nunca pedí.
Caminé por el pasillo hacia la cortina. Las paredes estaban adornadas con fotos de leyendas: Hogan, Savage, Austin... y ahí estaba él. Una fotografía de siete pies de altura, levantando a un oponente como si fuera un juguete de trapo. Al pasar a su lado, sentí un escalofrío. La gente cree que tener un apellido famoso es una llave dorada que abre todas las puertas.
Lo que no saben es que, una vez que cruzas esa puerta, el nivel de exigencia es tan alto que el oxígeno empieza a faltar.
Si ganas, es "lo que se esperaba de un Wight". Si pierdes, eres el mayor fracaso en la historia del negocio.
Llegué a la "Gorilla Position", justo detrás de la cortina que me separaba del rugido de diez mil personas. El olor a aceite, sudor y palomitas de maíz inundó mis pulmones. Mi música comenzó a sonar: un bajo profundo que hacía vibrar el suelo, diseñado para anunciar la llegada de algo imponente.
—¡Haciendo su entrada! —gritó el anunciador, y su voz retumbó en mis huesos—. ¡Con un peso de 124kilos... el heredero del legado... TN WIGHT!
La reacción no fue unánime. Hubo aplausos, sí, pero también hubo murmullos y abucheos de aquellos que ya habían decidido que yo era solo un producto de marketing.
Crucé la cortina y las luces cegadoras me golpearon. Caminé hacia el ring con pasos pesados, sintiendo cada gramo de mi peso sobre la lona.
No miré a la multitud. Miré hacia arriba, hacia las vigas del techo, donde el humo de la pirotecnia aún flotaba.
En ese momento lo juré: esta noche no estaba luchando contra el hombre que me esperaba en la otra esquina. Estaba luchando contra la sombra de la bestia que caminaba a mi lado. Y antes de que terminara el año, el mundo olvidaría al gigante que me precedió para aprender a temer al que tenían frente a ellos.
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la sombra de la bestia
RandomLlevar el apellido Wight no es un honor, es una cadena de 200 kilos. Para el mundo, TN es solo el hijo del 'Atleta más Grande del Mundo', una sombra gigante destinada a repetir los pasos de su padre. Pero TN no quiere ser el siguiente Big Show; quie...
