Holly

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Mírame las manos, pana. Todavía me tiemblan cuando paso cerca del Tamanaco. La gente cree que es una echadera de vaina, un cuento de camino de esos que uno suelta después de tres cervezas para impresionar a las carajitas. Pero yo estuve ahí, mano. Yo sentí ese frío.

Fue un viernes en Holly. Tú sabes cómo era esa vaina: el CCCT era el centro del mundo y si no tenías un sello en la muñeca, no eras nadie. Yo andaba ganador, o eso creía. Me puse mi mejor camisa de lino y me eché medio frasco de perfume porque esa noche se coronaba.

La vi cerca de la barra, bajo una luz de neón azul que la hacía ver casi eléctrica. Era demasiado bella para ser de verdad, ¿sabes?

Una mirada que te quitaba el habla y un swing para bailar que me dejó pegao. No te miento, cuando nos acercamos, el ruido de la discoteca desapareció.

Era solo ella y yo. Pero había algo… una vaina rara. Cada vez que le rozaba el brazo, sentía un frío pero boleta. Como si la caraja viniera de caminar descalza por El Ávila en la madrugada.

La música estaba a todo lo que daba, un merengue de ese que te pone a sudar, pero ella ni una gota, chamo. Estaba intacta. Yo andaba asfixiao de tanto bailar, pero no la soltaba porque sentía que si le quitaba la mano de la cintura, se me iba a escapar entre el humo de las máquinas.

—Baby, tengo un frío que me llega a los huesos —me dijo ella al oído, con una sonrisita de esas que te dejan todo gafo ¿Pillas?.

Y ahí voy yo, de caballero, de pavo, tú sabes cómo es uno cuando quiere quedar bien. Me quité mi chaqueta —una de cuero negra que me había costado un ojo de la cara— y se la puse en los hombros. Cuando mis dedos rozaron su cuello, me dio un frio, pero un frío de ese que te deja congelado.

—Quédate con ella, baby —le dije, dándomelas de gran vaina—, me la devuelves mañana.

Ella me sonrió de una forma que hoy todavía me pone a pensar si se estaba burlando de mí. Me anotó una dirección en un papelito arrugao y me dio un beso... pero no fue un beso normal, chamo. Fue como besar un hielo. Un frío seco que me dejó la boca amarga.
—Mañana te espero, baby —me soltó, y se fue caminando hacia la salida, perdiéndose entre los taxis amarillos que hacían cola afuera del CCCT.

A la mañana siguiente yo estaba enratonao, pero más que todo por la chaqueta. Agarré mi papelito y me fui derechito a la dirección. Era una quinta de esas viejas en El Paraíso, con unos muros altísimos y unos pinos que parecían que te estaban vigilando. Toqué el timbre y salió una señora toda flaquita, con una cara de tristeza que no le cabía en el pecho.

—Buenos días, doña. Mire, busco a su hija. Estuvimos anoche en Holly y bueno, ella se trajo mi chaqueta porque tenía frío...

La señora se me quedó viendo como si yo estuviera hablando en otro idioma. Se le aguaron los ojos de una vez. Me hizo pasar a la sala y ahí, sobre una mesita, había un portarretrato de plata. Chamo, cuando vi la foto casi me voy para atrás. Era ella. La misma cara, el mismo pelo, la misma mirada que me dejó loco en la disco.

—Ella es mi hija —me susurró la señora—. Pero ella murió hace ya diez años, un viernes de rumba también. Si no me crees, ve al Cementerio General del Sur. Ella siempre tuvo frío desde el accidente.

Me fui pa' allá volando, con el corazón en la boca. Caminé entre las tumbas hasta que vi el nombre de ella en el mármol. Y ahí estaba, chamo... doblada sobre la lápida, fría como un hielo pero impecable, mi chaqueta de cuero. En ese momento entendí que el 'baby' que me dijo al despedirse no era una coquetería... era un adiós desde el más allá.

CaracasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora