La mirada que no debía quedarse

1.1K 55 1
                                        

Capítulo 1: La mirada que no debía quedarse ✦

El timbre sonó dos veces.

María dejó lo que estaba haciendo en la cocina y caminó con curiosidad hasta la puerta. No esperaba a nadie. Al abrir, se quedó completamente quieta.

—¿...Cate?

Frente a ella estaba una mujer alta, de porte firme. Su cabello rubio caía con elegancia sobre sus hombros, y su mirada, intensa y segura, parecía analizarlo todo en segundos. A sus 52 años, Cate seguía teniendo esa presencia dominante... y ese aire coquetamente peligroso que María recordaba demasiado bien.

—Hola, María... —dijo Cate con una leve sonrisa ladeada—. ¿Me vas a dejar afuera o no?

María soltó una pequeña risa nerviosa, aún sorprendida.

—Pasa... claro que pasa. No puedo creer que estés aquí después de tanto tiempo.

Se abrazaron. No era un abrazo cualquiera: era uno cargado de historia, de recuerdos que ninguna mencionó, pero que estaban ahí.

Se sentaron en la sala. Hablaron durante minutos... luego horas. Se pusieron al día, rieron, recordaron. Cate cruzaba las piernas con elegancia, observando cada gesto de María, como si nunca hubiera dejado de conocerla.

—Sigues igual... —murmuró Cate, con una mirada que duró un segundo más de lo normal.

Antes de que María respondiera, la puerta principal se abrió.

—Mamá, llegué—

La voz se cortó en el aire.

Cate giró la cabeza.

Y el mundo, por un instante, se detuvo.

Juliett.

Una mujer morena, alta, de figura firme. Su cabello largo color café caía sobre su espalda, y algunos tatuajes asomaban con naturalidad sobre su piel. Había algo en su presencia... algo tranquilo, pero magnético.

Cate no dijo nada.

Pero sus ojos... se quedaron.

Demasiado tiempo.

—Ah, Juliett —dijo María, levantándose—. Ven, te presento. Ella es Cate, una vieja amiga.

Juliett se acercó con una sonrisa amable.

—Mucho gusto.

Cate se levantó lentamente. Sus labios dibujaron una sonrisa suave... pero sus ojos la recorrían con una atención imposible de disimular.

—El gusto es mío...

Se acercó para saludarla... y la abrazó.

Sus manos bajaron con naturalidad hasta la cintura de Juliett, sujetándola apenas un segundo más de lo necesario.

Juliett no reaccionó. Para ella, era un gesto normal.

Pero Cate...

Cate lo sintió todo.

Cuando se separaron, María se excusó.

—Voy a la cocina un momento, ya vuelvo.

El silencio quedó entre ellas.

Cate no apartaba la mirada.

Recorrió a Juliett de arriba hacia abajo, lentamente, como si quisiera memorizar cada detalle.

Juliett lo notó... pero no lo interpretó.

—¿Qué estudias? —preguntó Cate, con un tono suave, casi curioso.

—Diseño gráfico.

Cate sonrió, ladeando un poco la cabeza.

—Interesante... yo soy doctora, pero... siempre me ha gustado dibujar.

Juliett asintió.

—Qué bien.

Un intercambio simple.

Pero la tensión... no lo era.

Cate volvió a mirarla.

Otra vez.

Como si no pudiera evitarlo.

En ese momento, su teléfono sonó. El nombre en la pantalla la hizo reaccionar.

—Debo contestar...

Se apartó unos pasos. Habló breve. Su expresión cambió ligeramente.

—Tengo que irme —dijo después, regresando.

María volvió justo a tiempo para despedirse.

—¿Tan rápido?

—Sí... asuntos familiares.

Cate miró a Juliett una última vez.

Una mirada más profunda.

Más marcada.

—Fue un gusto conocerte.

—Igualmente —respondió Juliett.

Cate salió de la casa.

Pero algo... no se quedó atrás.

Esa noche, en su habitación, Cate no podía dormir.

Cerraba los ojos...

Y ahí estaba.

Los ojos de Juliett.
Su voz tranquila.
Su cuerpo bajo sus manos.
Su olor.

Abrió los ojos de golpe.

—¿Qué fue eso...?

Pero no había respuesta.

Solo una sensación que no desaparecía.

Y una certeza que empezaba a formarse...

Aquella visita... no había sido casualidad.

La amiga de mi madreStories to obsess over. Discover now