El peso de no ser vista

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Agnes DeMille nació un martes de lluvia en un pequeño pueblo de Maine. Su madre, una omega de carácter dulce pero frágil, la tuvo en la bañera de su apartamento porque el taxi nunca llegó a tiempo a la clínica. Su padre, un beta silencioso que trabajaba en una fábrica de conservas, la sostuvo en brazos y dijo: "Huele a flores". Y era cierto. Incluso recién nacida, cubierta de sangre y líquido amniótico, Agnes desprendía un aroma suave a jazmín y madreselva. Su madre sonrió débilmente y susurró: "Será una omega preciosa".

No fue preciosa. Al menos, no para los demás.

Agnes creció siendo una niña extraña. No era fea, pero sí rara. Su pelo rojizo siempre parecía despeinado, como si una ráfaga de viento personal la siguiera a todas partes. Sus ojos, de un verde apagado, miraban durante demasiado tiempo. Tenía la costumbre de quedarse quieta en los pasillos del colegio, observando a los otros niños jugar, sin decir nada, sin pedir participar. Solo observaba. Como si fuera invisible.

Pronto descubrió que la invisibilidad no era un superpoder. Era una condena.

En la escuela primaria, los niños la llamaban "Agnes la Apestosa" aunque oliera a flores. El aroma de los omegas jóvenes es tenue, casi imperceptible, pero algunos niños con olfatos sensibles lo notaban y se burlaban. "Huele a perfume de viejita", decían. "Seguro que ya está en celo, qué asco". Agnes no entendía qué significaba eso, pero aprendió a bajar la cabeza y pasar desapercibida.

No tenía amigos. Nunca los tuvo.

Su madre trabajaba turnos dobles en una lavandería. Su padre se fue cuando ella tenía seis años, dejando solo una nota arrugada: "No sirvo para esto". Desde entonces, Agnes aprendió a cocinar sola, a coserse los botones, a llorar en silencio para que su madre no se sintiera peor. A los ocho años ya sabía que el mundo no estaba hecho para omegas como ella: calladas, torpes, demasiado sensibles.

En sexto grado, las burlas se volvieron crueles. Un grupo de niños alfa, todavía sin presentar sus verdaderos olores pero ya con instintos punzantes, la encerraron en el armario de los útiles durante tres horas. Cuando la profesora la encontró, Agnes tenía las uñas rotas de tanto arañar la puerta y la camiseta empapada en lágrimas. No dijo quiénes fueron. Nunca decía nada.

Porque Agnes había aprendido una verdad terrible: cuando eres invisible, nadie te escucha aunque grites.

A los once años, una psicóloga escolar la evaluó. El informe decía: "Trastorno de ansiedad social con rasgos de evitación. La paciente manifiesta un profundo deseo de conexión social, pero carece de las herramientas para iniciarla. Se recomienda terapia grupal". Su madre no pudo pagarla. El seguro no cubría "cosas de omegas".

Así que Agnes siguió sola, pero más consciente de su soledad. Empezó a escribir en un diario. No sobre sus días, sino sobre las personas que observaba. "La chica del pelo rojo se sienta sola en el almuerzo porque es apestosa".
En séptimo grado, su cuerpo comenzó a cambiar. El olor a flores se intensificó. Ahora no era solo jazmín y madreselva, sino un perfume más denso, con notas de gardenia y algo parecido al lirio blanco. Los omegas adultos le dijeron que era un aroma "hermoso" y "muy fértil". A ella le dio vergüenza. Los alfas de su escuela comenzaron a mirarla de otra manera, no con desprecio, sino con una especie de hambre mal disimulada. Pero ninguno se acercaba. Seguía siendo invisible, pero ahora también era un objeto.

Una noche, después de que un alfa de tercer año la siguiera hasta la parada del autobús, Agnes le confesó a su madre entre sollozos: "No quiero ser omega. Quiero ser beta. Quiero oler a nada". Su madre, agotada, solo pudo abrazarla y decirle que las cosas mejorarían en Nevermore.

Nevermore Academy. El internado para marginados, excéntricos y fuera de la ley. El lugar donde los raros eran normales.

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Invisible hasta que me mirasteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora