A Noel Aranda le habían enseñado muchas cosas útiles.
Le habían enseñado a hacer la cama sin dejar arrugas, a comer despacio sin apoyar los codos en la mesa, a responder con frases cortas que no abrieran conversaciones innecesarias y a sonreír lo justo para no parecer desagradecido. Le habían enseñado a no interrumpir, a no llorar delante de desconocidos y a no pedir explicaciones cuando una orden no tenía sentido.
Pero, sobre todo, le habían enseñado a no molestar.
No era una lección pronunciada en voz alta. Nadie se había sentado nunca frente a él para decirle: "Ocupa menos espacio". Sin embargo, estaba en todas partes. En la forma en que su madre apretaba los labios cuando Noel tardaba demasiado en responder. En la voz seca de su padre cuando hablaba de la disciplina como si fuera una virtud suficiente para llenar una vida. En los silencios de la casa, donde cada gesto parecía tener un lugar correcto y cada emoción debía aprender a no desbordarse.
La mañana en que lo llevaron al Instituto de Formación Cívica Avanzada Número 7 amaneció blanca y fría. Su madre revisó por tercera vez la documentación en la mesa de la cocina. Su padre bebía café mirando la pantalla mural, donde un presentador hablaba de excelencia, juventud y servicio.
Noel esperaba junto a la puerta con una maleta pequeña y una mochila nueva que olía a plástico y almacén.
—No te encorves —dijo su madre, sin mirarlo.
Él se enderezó enseguida.
—Sí, mamá.
—Hoy empieza tu verdadera formación —añadió su padre—. Es una oportunidad. No la estropees con debilidades.
Noel asintió. El peso que sintió en el estómago no era exactamente miedo. Era algo más antiguo y más estable, una especie de piedra pequeña que llevaba años dentro y que a veces parecía formar parte de su propio cuerpo.
—No la estropearé.
Su madre se acercó para recolocarle el cuello de la camisa.
—Allí te observarán. Todo cuenta. La forma en que hablas, con quién te juntas, cómo respondes. No olvides quién eres.
Noel pensó, sin querer, que justamente ese era el problema: no estaba del todo seguro de quién era. O quizá sí lo estaba, y llevaba demasiado tiempo intentando no mirarlo de frente. Apartó el pensamiento antes de que creciera.
Salieron de casa poco después. La ciudad quedó atrás entre bloques grises, paneles propagandísticos y cámaras en las esquinas. Luego vinieron las zonas industriales, después la carretera vacía, y finalmente la llanura seca donde el instituto aparecía como una geometría de metal y hormigón en mitad del mundo.
No parecía un colegio.
Parecía una instalación diseñada para que nadie olvidara ni un solo segundo que estaba siendo observado.
Los dejaron en una explanada de acceso donde otros vehículos oficiales descargaban alumnos con el mismo uniforme provisional y expresiones parecidas: tensión, cansancio, obediencia anticipada. Una voz amplificada ordenaba mantener la fila y tener la documentación preparada.
No hubo abrazo al despedirse.
Su madre le dio una inclinación mínima de cabeza. Su padre una palmada breve en el hombro.
—Compórtate como es debido —dijo.
Luego el vehículo se alejó.
Noel no corrió tras ellos. Tampoco sintió alivio. Solo una clase extraña de vacío.
En el control de acceso le escanearon la pulsera provisional, revisaron sus papeles y le asignaron módulo, habitación y cama. Todo ocurrió con una eficacia tan despersonalizada que Noel tuvo la sensación de estar entrando no en un lugar, sino en un sistema.
La residencia C-4 tenía pasillos blancos, luz demasiado limpia y un silencio que no parecía de descanso, sino de orden. En la habitación 12 encontró cuatro camas, cuatro escritorios, cuatro armarios y una ventana vertical demasiado alta para mirar por ella con comodidad.
Dos de las camas estaban ya ocupadas.
El chico de la litera superior derecha se presentó como Iker. Tenía la expresión de alguien que ya estaba cansado antes de que el día empezara. El otro, más delgado, ordenaba bolígrafos por colores sobre el escritorio.
—Soy Damián —dijo.
—Noel.
Se saludaron con esa cortesía superficial que no hace daño pero tampoco abriga.
La cuarta cama seguía vacía.
La jornada de inducción fue una sucesión de discursos, normas, recorridos y advertencias. La directora habló de honor y sacrificio. Un funcionario explicó los sistemas de evaluación conductual. Una orientadora muy joven dijo, con una serenidad casi inquietante, que el centro ofrecía apoyo emocional correctivo para estudiantes con dificultades de adaptación ideológica.
Noel mantuvo las manos inmóviles sobre las rodillas.
En el comedor, en las aulas, en los pasillos, las frases del régimen aparecían en pantallas y muros con una insistencia fría:
La estabilidad interior sostiene el futuro.
Controlarse es servir.
La pureza moral protege a la nación.
Noel apartaba la vista cada vez que podía.
Por la noche, cuando por fin se tumbó en la cama inferior izquierda, sintió que llevaba siglos despierto.
Iker ya dormía. Damián repasaba el horario en su tableta. La cuarta cama seguía vacía.
Noel miró el techo.
Pensó en su casa, pero no como quien piensa en un refugio. Pensó en la voz de su padre. En la de su madre. En el patio sin árboles. En las normas. En la manera en que todo parecía construido para convertir a los adolescentes en herramientas obedientes.
Y pensó, con una claridad que le dolió, que no sabía cuánto tiempo podría aguantar allí sin terminar de borrarse por dentro.
Aun así cerró los ojos.
Porque sobrevivir, hasta entonces, siempre había consistido en lo mismo: seguir adelante incluso cuando ya no quedaba casi nada de uno.
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La luz que no pudieron prohibir
Science FictionA Noel Aranda le han enseñado a obedecer, a no llamar la atención y, sobre todo, a no molestar. Cuando lo envían al Instituto de Formación Cívica Avanzada Número 7, un internado rígido y asfixiante donde hasta las emociones parecen estar vigiladas...
