Prólogo

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El sol de la tarde caía de costado sobre la mesa de madera gastada del bar frente a la facultad. Guada miraba a Camila, que hablaba con una energía envidiable mientras intentaba, sin mucho éxito, subrayar un apunte y comer una medialuna al mismo tiempo.

—Te juro, Guada, que si el profe vuelve a llamarnos "los nuevitos", me voy a levantar y me voy a ir caminando hasta el Obelisco, ya llevamos tiempo en la facu —dijo Cami, limpiándose una miguita de la comisura de los labios.

Guada soltó una risita y, casi sin pensarlo, estiró la mano para acomodarle un mechón de pelo que se le había escapado de la colita. Para ella, ese gesto era lo más natural del mundo. Era lo que hacían las amigas, ¿no? Cuidarse, estar pendientes de los detalles.

—Bueno, pero antes terminá de leer eso, porque si desaprobás el parcial no te voy a acompañar al Obelisco, te voy a tener que llevar arrastrando de tanto que vas a llorar —bromeó Guada.

—Sos mala, eh —Cami le sacó la lengua y después se quedó mirando un punto fijo en la calle—. Che, ¿viste al chico ese, el de la campera de cuero que siempre se va sin quedarse a dar unas vueltas por la facu? Creo que es amigo de Nico o algo así. Me pareció que nos estaba mirando hoy en el pasillo.

Guada sintió un pinchazo extraño en el estómago, una incomodidad que no supo etiquetar. No sabía quién era, o quizás lo tenía de vista, pero la idea de que Cami estuviera prestando atención la puso inexplicablemente de mal humor.

—Ni idea, Cami. Estoy más preocupada por el final que se nos viene antes que por los chicos —respondió Guada, volviendo la vista a su propio cuaderno—. Además, ¿para qué queremos chicos? Estamos bien así, ¿no? Mañana podemos ir a ver esa película que querías al cine.

—Obvio, con vos voy a cualquier lado —Cami le guiñó un ojo y le dio un sorbo a su café—. Pero dale, Guada, admití que el pibe es lindo. Tiene como esa onda de... no sé, medio misterioso.

Guada sintió que el café se le volvía amargo. Miró a su amiga: a la forma en que sus ojos brillaban cuando se entusiasmaba con cualquier pavada, a la manera en que movía las manos al hablar. Sintió una urgencia repentina de que la conversación volviera a ser sobre las dos, sobre sus chistes internos, sobre sus planes de fin de semana.

—No sé, no me fijé —insistió Guada, cerrando el libro con un golpe un poco más fuerte de lo necesario—. ¿Vamos? Si nos quedamos acá diez minutos más, me voy a terminar pidiendo otra porción de torta y mañana no voy a poder ni caminar del sueño.

—¡Ay, esperame! —Cami empezó a guardar todo a las apuradas en la mochila—. No me dejes sola que todavía me falta contarte lo que soñé anoche con el gato de mi vecina.

Guada se puso de pie y esperó a que Cami terminara de acomodarse. "La quiero tanto que no quiero que nadie la distraiga, eso es todo".

Salieron del bar caminando pegadas, hombro con hombro, como lo habían hecho siempre.

El viaje en colectivo hasta el departamento de Guada fue el caos habitual de las seis de la tarde, pero para ellas era solo otro momento para compartir auriculares y criticar la música de moda. Al llegar, el ritual comenzó de inmediato. Era una danza coordinada que conocían de memoria: Guada ponía la pava y sacaba los mates, mientras Camila se ponía uno de sus pijamas que estaban en el departamento de su amiga desde ¿desde siempre? Para después adueñarse del sillón, buscando el control remoto.

—Hoy no quiero saber nada de libros, por favor —suspiró Cami, hundiéndose en los almohadones—. Necesito algo que me queme las neuronas en el buen sentido. ¿Una comedia romántica de esas re clichés?

Guada sonrió desde la cocina, sirviendo el primer mate. Esa rutina, ese "estar juntas sin hacer nada", era su parte favorita del día. Se sentía en paz, como si el mundo exterior no importara mientras Cami estuviera en su sillón.

¿BLANCO O NEGRO? Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora