Valeria y Daniel nunca imaginaron que una simple amistad cambiaría sus vidas. Entre días de escuela, risas, silencios y sentimientos que ninguno se atrevía a confesar, su historia comenzó a escribirse con todo aquello que nunca dijeron. Porque a vec...
El primer día de clases siempre olía igual: a cuadernos nuevos, nervios y promesas que nadie sabía si iba a cumplir. Valeria llegó temprano, como siempre. Le gustaba sentarse hasta adelante, cerca de la ventana, donde el sol pegaba justo en su pupitre a las 7:30 de la mañana. Decía que así pensaba mejor, aunque en realidad lo hacía porque le gustaba observar a los demás sin que se dieran cuenta. Ese día, sin embargo, algo era distinto. Había un asiento vacío a su lado. No le dio mucha importancia al principio. Seguramente alguien llegaría tarde. Siempre pasaba. Sacó su libreta, acomodó sus plumas por colores y comenzó a dibujar líneas distraídas mientras el salón se iba llenando de voces, risas y saludos que parecían no haber cambiado desde el año anterior. —¿Ese lugar está ocupado? —preguntó una voz. Valeria levantó la mirada. Era un chico que no había visto antes. Tenía el cabello ligeramente despeinado, como si no le importara demasiado arreglarlo, y una mochila que parecía más pesada de lo necesario. Pero lo que más le llamó la atención fue su expresión: no era de nervios… era de alguien que estaba tratando de no parecer perdido. —No —respondió ella, un poco más seca de lo que pretendía—. Puedes sentarte. —Gracias —dijo él, dejando la mochila con un suspiro. Se sentó. Y por alguna razón, el silencio entre ellos no fue incómodo… pero tampoco cómodo. Era como si ambos estuvieran esperando que algo pasara. —Soy Daniel —dijo finalmente, mirando al frente. Valeria dudó un segundo. —Valeria. No hubo apretón de manos, ni sonrisa exagerada. Solo eso. Dos nombres en medio de un salón que seguía lleno de ruido. El profesor entró y comenzó a hablar sobre el nuevo ciclo escolar, reglas, expectativas… lo típico. Valeria trató de concentrarse, pero algo la distraía. Daniel no dejaba de mover el pie. No era un tic cualquiera. Era constante, como si algo dentro de él no lo dejara estar completamente tranquilo. —¿Estás nervioso? —susurró ella sin mirarlo. Él soltó una pequeña risa. —¿Se nota mucho? —Un poco. —Es mi primera vez aquí —admitió—. Me cambiaron de escuela. Valeria asintió, aunque él no la estaba viendo. —Te vas a acostumbrar. —Eso espero. Hubo una pausa. —¿Y tú? —preguntó él—. ¿Siempre te sientas aquí? —Sí. —Entonces tuve suerte. Valeria giró ligeramente la cabeza, sorprendida. —¿Por? Daniel se encogió de hombros. —Porque no parece un mal lugar. Ella no supo qué responder. Por primera vez en mucho tiempo, alguien había llegado a su rutina… y no la había alterado, pero tampoco había pasado desapercibido. El timbre sonó marcando el final de la primera clase. El salón estalló en movimiento. Sillas arrastrándose, mochilas abriéndose, voces elevándose. —Oye —dijo Daniel mientras guardaba sus cosas—… ¿siempre es así de ruidoso? Valeria sonrió apenas. —Hoy está tranquilo. —Genial… —respondió él, medio en broma, medio en resignación. Se levantaron casi al mismo tiempo. Por un segundo, sus manos rozaron la misma esquina del pupitre. Fue un contacto mínimo, accidental… pero suficiente para que ambos se quedaran en silencio un instante más de lo normal. —Perdón —dijeron al mismo tiempo. Se miraron. Y por primera vez, sonrieron de verdad. No sabían que ese pequeño momento —torpe, simple, casi invisible— sería el inicio de algo que ninguno de los dos sabría cómo nombrar. Porque hay cosas que empiezan sin hacer ruido… y que, con el tiempo, se vuelven imposibles de olvidar.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.