capítulo único:El Hombre Que Nunca Debió Tener Una Paloma

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Hay personas que nacen con una relación complicada con el universo.

No me refiero a la gente que tiene mala suerte de vez en cuando, que se le cae el café en la camisa el día de la presentación importante o que encuentra tráfico cuando tiene prisa. Me refiero a personas para las cuales el universo parece haber tomado una decisión activa, consciente y algo rencorosa de convertir cada momento de su existencia en una secuencia de eventos que, vistos desde afuera, parecen coreografiados por un director de cine con demasiado tiempo libre y cero compasión.

Rodrigo Fuentes Malpica era una de esas personas.

Tenía treinta y dos años, el pelo perpetuamente aplastado de un lado por la manera en que dormía, un trabajo de asistente administrativo en una empresa de seguros que él describía como temporal desde hacía nueve años, y una paloma llamada Señor Presidente que vivía en su apartamento porque en un momento de debilidad emocional, después de su tercera ruptura en dos años, la había recogido de la calle pensando que tener una mascota le daría estabilidad.

La paloma no le dio estabilidad.

La paloma le dio toxoplasmosis leve, una multa del edificio por tener animales no autorizados, y una reputación entre sus vecinos que él resumía como el del pájaro raro. También le dio compañía, que era lo que buscaba, aunque la compañía que ofrecía el Señor Presidente consistía principalmente en caminar sobre el teclado del portátil a las dos de la mañana y mirarle fijamente mientras comía con una expresión que Rodrigo solo podía describir como juicio.

El martes en que todo empezó, Rodrigo se despertó a las siete menos cuarto con el Señor Presidente parado sobre su cara.

No sobre la almohada. Sobre su cara.

—Señor Presidente —dijo, con la voz distorsionada por tener un ave apoyada en la nariz. —Hemos hablado de esto.

La paloma lo miró desde arriba con sus ojos anaranjados y no se movió.

—Tengo que ir a trabajar.

Silencio aviar.

—Es que hoy es importante. Hoy es el día que le pido el aumento a Garmendia.

El Señor Presidente inclinó la cabeza exactamente tres grados hacia la derecha, que era su manera de comunicar que la opinión de Rodrigo sobre la importancia del día le resultaba irrelevante.

Rodrigo suspiró, desplazó con cuidado al ave hacia la almohada, y se levantó para comenzar el proceso de prepararse para el trabajo, que en su caso era un proceso complicado porque su apartamento era pequeño, el cuarto de baño era más pequeño todavía, y el Señor Presidente había desarrollado la costumbre de seguirle a todas partes caminando con la energía de alguien que tiene muchos asuntos pendientes que atender.

Se duchó con la paloma sentada en el borde del lavabo.

Se afeitó con la paloma caminando por el estante de los productos.

Intentó ponerse la camisa de vestir azul que guardaba para las ocasiones importantes y descubrió que el Señor Presidente había pasado la noche sobre ella, lo cual la dejaba en un estado que podía describirse como *técnicamente usable si nadie te mira de cerca*, lo cual no era exactamente el estado ideal para pedir un aumento.

—Eres un saboteador —le dijo a la paloma.

La paloma respondió con un sonido que, si uno cerraba los ojos y era muy creativo con la interpretación, podía sonar vagamente como "sí, efectivamente".

Rodrigo se puso la camisa de todas formas porque era eso o la camiseta de la maratón de dos mil diecinueve en la que nunca había participado, y salió de su apartamento con siete minutos de retraso, el pelo todavía ligeramente húmedo, y la certeza tranquila y resignada de que el día iba a ir exactamente como todos los días siempre iban.

El Universo Manda VansWhere stories live. Discover now