PRÓLOGO

10 1 1
                                        


Nunca sentí eso que llaman amor, no porque me faltara oportunidad, sino porque en mí no había nada que responder; crecí entre vacíos, entre afectos que se rompían antes de nacer, y lo único que aprendí fue a no creer, a no necesitar, a no entregar, así que hice lo único que sabía hacer bien: fingir; observé, imité, perfeccioné cada gesto hasta convertirlo en algo casi perfecto, aprendí a mirar como si dentro de mí existiera algo profundo, a tocar como si me importara, a decir exactamente lo que necesitaban escuchar para sentirse únicos, elegidos, amados… y siempre funcionaba, siempre caían, uno tras otro, confiando en una versión de mí que nunca existió; no era placer ni odio, era costumbre, era control, era la forma más segura de no ser yo la que terminara rota; mi vida era eso, un juego limpio de mentiras bien dichas y emociones prestadas… hasta que él apareció, y sí, también cayó, como todos, también creyó en mí, también se perdió en lo que le mostré, pero lo que no entendí a tiempo fue que no era como los demás, porque mientras yo lo envolvía en mi ilusión, él, sin darse cuenta —o tal vez sabiéndolo todo—, empezó a arrastrarme consigo, a desordenar cada certeza que yo tenía, a romper el ritmo perfecto de mi mentira, y cuando quise darme cuenta, ya no era solo él quien estaba atrapado en mi juego… también era yo, y por primera vez, no supe si estaba fingiendo… o empezando a sentir algo que nunca había sabido nombrar.

USURPADORA [+21]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora