El cielo no ardía.
Se estaba pudriendo.
Las torres blancas del Reino Eterno, alguna vez bañadas por himnos y luz pura, ahora flotaban hechas pedazos sobre un firmamento muerto. Ríos de oro sagrado caían al vacío como sangre arrancada del cuerpo de un dios. Las alas de los ángeles cubrían el suelo en montones, rotas, calcinadas, arrancadas de raíz. Donde antes hubo gloria, ahora solo quedaban ecos de gritos y un silencio insoportable.
Dios había sido derrotado.
No solo vencido.
Devastado.
Su cuerpo, imposible de comprender para la mente de cualquier ser creado, yacía desmembrado sobre el trono destruido. Fragmentos de su carne divina habían sido arrancados y devorados por aquella entidad que ni los cielos ni los infiernos supieron nombrar. Un ser ajeno a la creación. Una voluntad antigua. Una cosa que no debía existir.
Sus hijos, los arcángeles, habían caído uno por uno.
Uriel yacía con la espada partida clavada en su propio pecho. Rafael respiraba apenas entre ruinas, con las alas convertidas en hueso y ceniza. Gabriel, inmóvil, observaba un cielo que ya no respondía a sus plegarias.
Y en medio de aquella ruina…
Miguel.
El gran general del cielo.
El príncipe de las huestes celestiales.
Estaba de rodillas.
Su armadura dorada estaba abierta de lado a lado, su pecho cubierto de sangre luminosa. Una de sus alas había sido arrancada. La otra colgaba destrozada, apenas sostenida por tendones celestiales. Su espada, la espada que había guiado ejércitos enteros en nombre del Altísimo, yacía a varios metros de él, enterrada entre escombros y plumas ennegrecidas.
Frente a Miguel estaba la entidad.
Alta. Delgada. Inmensa.
Su forma cambiaba a cada segundo, como si el universo no pudiera fijarla en una sola idea. Tenía rostros que nacían y morían sobre su piel, ojos donde no debía haber ojos, y una sonrisa hecha de hambre. En una de sus manos sostenía un pedazo aún palpitante de la carne de Dios.
Y en la otra…
la muerte de Miguel.
La criatura alzó un brazo, y alrededor de sus dedos se curvó una oscuridad tan densa que incluso la luz retrocedió. Miguel intentó levantarse, pero sus fuerzas habían terminado. Bajó la cabeza. No por miedo.
Por rabia.
Por impotencia.
Porque el Reino había caído en sus manos.
Porque no había podido salvar a su Padre.
Porque el cielo terminaba con él.
La entidad inclinó el rostro, observándolo como un depredador saborea el último latido de su presa.
—Mírate, Miguel —susurró con mil voces a la vez—. El más leal. El más orgulloso. El favorito del trono. Arrodillado al final de toda luz.
Miguel apretó los dientes.
—Hazlo de una vez.
La entidad sonrió más.
—Con gusto.
Y descendió el golpe final.
Pero nunca tocó a Miguel.
Un estruendo desgarró el firmamento.
Algo atravesó el campo de ruinas como una estrella negra, chocando contra la entidad con una violencia monstruosa y arrastrándola a través de columnas derruidas, tronos caídos y restos de gloria celestial. La explosión hizo temblar todo el Reino.
Miguel levantó la mirada, confuso.
Entre el polvo, las brasas y la luz moribunda… apareció una figura.
Se incorporó lentamente de entre las ruinas con seis alas enormes, oscuras como la noche antes de la creación. Su armadura era distinta a la del Cielo: negra, agrietada, hermosa y terrible. En sus hombros aún pesaba la memoria del exilio. En sus ojos ardía el fuego de quien había conocido el abismo… y había sobrevivido para reinar sobre él.
Lucifer.
El hijo caído.
El desterrado.
El que una vez desafió al Padre.
Miguel lo miró como si contemplara una profecía imposible.
—Tú… —murmuró, sin aliento.
Lucifer no respondió al instante. Sus ojos se clavaron primero en el trono destruido. En los restos de Dios. En sus hermanos caídos. En el estado terminal del Reino que una vez llamó hogar.
Luego avanzó hacia Miguel.
La entidad volvió a alzarse entre los escombros, emitiendo un sonido semejante a una carcajada rota.
—Qué escena tan conmovedora —dijo—. El traidor viene a llorar sobre el cadáver de su padre.
Lucifer se detuvo frente a Miguel.
Por un momento, no hubo guerra. No hubo cielo ni infierno. Solo dos hermanos, separados por la eternidad, reunidos en el fin del mundo.
Miguel quiso hablar, pero no encontró palabras.
Lucifer extendió la mano.
—Levántate.
Miguel tembló. No por debilidad, sino por todo lo que aquel gesto significaba.
—Después de todo… —dijo Miguel con voz quebrada—, ¿vienes a burlarte de nuestra caída?
Lucifer lo miró con una mezcla extraña de tristeza, furia y orgullo.
—No.
Su voz resonó en todo el Reino, grave como una campana fúnebre.
Entonces se giró hacia la entidad.
Sus alas se abrieron por completo, cubriendo la devastación detrás de él como un eclipse viviente.
Y habló.
—No vine a cumplir una venganza.
El suelo se agrietó bajo sus pies.
—No vine a reírme de la caída de mi padre.
El fuego del abismo empezó a correr por su espada, nacida en su mano como si siempre hubiese esperado ese instante.
—Vine a proteger el reino que él tanto amó.
La entidad lo observó en silencio por primera vez.
Lucifer dio un paso al frente.
—Podré ser el hijo desterrado. —Podré ser el portador de la rebelión. —Podré ser el nombre que el cielo aprendió a odiar.
Clavó la punta de su espada en el suelo.
—Pero este reino… sigue siendo mi hogar.
Miguel sintió algo romperse dentro de sí.
No de dolor.
De esperanza.
La entidad ladeó el rostro, curiosa.
—¿Tú? ¿Proteger este lugar? Tú fuiste quien desafió al trono.
Lucifer sonrió, pero en esa sonrisa no había soberbia. Había cicatrices.
—Sí. Lo desafié. —Lo odié. —Caí.
Sus ojos ardieron como soles negros.
—Pero solo un hijo puede odiar a su padre de verdad… —y aun así morir por su legado.
Entonces tomó la mano de Miguel y lo levantó.
El general del cielo se puso en pie con dificultad, apoyándose en su hermano caído. Por primera vez en toda la eternidad, luz e infierno estaban uno al lado del otro, no como enemigos… sino como la última muralla ante la nada.
Lucifer inclinó apenas el rostro hacia Miguel.
—Si vas a caer, hermano… no será de rodillas.
Miguel apretó la mano de Lucifer.
Y por primera vez desde que empezó la masacre, volvió a sentirse un arcángel.
La entidad retrocedió medio paso.
Solo medio.
Pero en una criatura como aquella, eso era miedo.
Entonces Miguel extendió la mano y su espada regresó a él desde los escombros, vibrando con furia celestial. Lucifer alzó la suya, envuelta en llamas negras.
Detrás de ambos, las ruinas del cielo temblaron.
Del pecho moribundo de los ángeles caídos empezó a surgir un último resplandor. Como si el Reino entero, agonizante, reconociera a sus dos hijos más temibles luchando juntos en su nombre.
La entidad abrió sus incontables bocas.
—Entonces vengan.
Miguel desplegó su ala restante.
Lucifer abrió las seis.
Y ambos avanzaron al mismo tiempo.
Uno como la última luz.
El otro como la noche que decidió defender el amanecer.
Y cuando chocaron contra la oscuridad que había devorado a Dios…
el cielo, por un instante, volvió a rugir.
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La mano del caído
FantasyLa mano del caído es un one-shot de fantasía oscura y tragedia celestial donde el Cielo ha sido destruido, Dios ha caído, y sus arcángeles han sido derrotados por una entidad monstruosa que amenaza con extinguir lo último del reino divino. En medio...
