Donde Muere La Inocencia

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Mi primer recuerdo no es de mi madre ni de mi padre. Es del filo de una espada de madera, empuñada por mi hermana. Mientras los otros niños del pueblo de Brumal jugaban a las canicas, ella me enseñaba a bloquear ataques. No era solo que quisiera pelear; es que ella había nacido para eso. Yo era su sombra, el pequeño Roy que siempre terminaba con las rodillas raspadas, pero que nunca quería que la lección terminara

Valeria era una tormenta. Hermosa, sí, pero su belleza era la de un relámpago, peligrosa y deslumbrante. No se callaba ante los nobles que la miraban por encima del hombro, y fue esa misma honestidad la que atrajo a la Reina Clara. No eran solo reina y guardaespaldas; eran almas gemelas. Valeria le enseñó a Clara a defenderse con sus propias manos; Clara le enseñó a Valeria que el deber no siempre significa obediencia ciega.

El reino de Umbertow siempre se sintió seguro, pero la seguridad es una ilusión. La misión de reconocimiento a la que partió Valeria junto a la Reina Clara con sus escoltas parecía rutina. Un día, las puertas de la ciudad no se abrieron para recibirlas. Llegaron jinetes con las armaduras abolladas y los estandartes reales manchados. Habían sido emboscadas. Valeria murió defendiendo a Clara hasta el último aliento. Mi hermana, mi héroe, la mujer más fuerte que conocía, se había ido. En ese momento, el mundo dejó de tener sentido, y algo dentro de mí, algo más afilado que cualquier espada de Valeria, comenzó a crecer.

Aun lo recuerdo, parecía una mañana tranquila, pero al despertar alarmado por gritos que sonaban de dolor y uno llantos agobiantes, sentí que mi mundo se destrozaba pedazo a pedazo, la noche anterior al reconocimiento Valeria y yo estábamos peleados porque no quería dejar que vaya, quería que se quede en casa, pero desde ese día, no la vi volver a entrar nunca mas

El sol de la tarde caía sobre el reino de Umbertow, pero para mí, el mundo se había vuelto gris desde que el ataúd de Valeria cruzó las puertas de la ciudad. Solo tenía siete años, y el dolor era un monstruo demasiado grande para mi pecho. Escapé hacia el bosque, buscando el único lugar donde el aire no se sentía pesado: un claro inmenso, oculto tras los robles centenarios, cubierto por miles de tulipanes amarillos.

Allí, sentada entre las flores, estaba ella. No parecía una princesa; parecía una niña pequeña y asustada, con los ojos hinchados de tanto llorar. Era la hija de la Reina Clara.

— Mi madre decía que los tulipanes amarillos traen pensamientos alegres —susurró ella sin mirarme, con la voz rota—. Pero hoy no funcionan, Roy, no siento alegría al verlos, siento un vacío, el vacío de mi madre.

Me acerqué y me senté a su lado. El silencio nos envolvió. Ella había perdido a su madre; yo había perdido a mi guía, a mi valiente Valeria. El destino nos había unido en la tragedia.

— Valeria siempre decía que el miedo es como la lluvia —dije, recordando la voz firme de mi hermana—. Moja, pero no puede detenerte si decides seguir caminando.

Ella levantó la vista, sorprendida por mis palabras. En ese momento, algo se encendió en mí. Miré mis manos pequeñas, aún manchadas de la tierra del campo donde solía jugar con Valeria, y luego la miré a ella.

— No llores más —le dije, y mi voz sonó más madura de lo que un niño de siete años debería permitirse—Voy a entrenar. Voy a volverme tan fuerte como Valeria. 

Me haré guardia real solo para protegerte a ti

Tal como mi hermana protegió a tu madre hasta el final. Te lo prometo por estos tulipanes.

La princesa se quedó inmóvil. Mis palabras, cargadas de la sombra de nuestras madres y hermanas, parecieron romper el último muro que sostenía su compostura. Se lanzó hacia mí y me abrazó con una fuerza desesperada, escondiendo su rostro en mi hombro. Sentí sus lágrimas calientes empapando mi túnica de campesino.

— Entonces esfuérzate —sollozó ella, temblando entre mis brazos—. Esfuérzate hasta que llegue ese día... pero prométeme otra cosa, Roy. Prométeme que no vas a morir. No quiero que te vayas como ellas.

En ese mar de flores amarillas, bajo el cielo de Umbertow, dos niños de siete años sellaron un destino que marcaría el futuro del reino. Ella me pidió vida; yo me ofrecí como su escudo.

El día después de la promesa en el campo de tulipanes, el luto se transformó en una llama fría en mi pecho. Ya no había juegos. La madera de las espadas de entrenamiento de Valeria ya no era para divertirse; era el material del que forjaría mi destino.

Busqué a Lance. Él era el único rastro físico que me quedaba de Valeria. Mi primo había regresado de la emboscada con la armadura abollada y una cicatriz cruzándole el antebrazo. Él la había visto caer. Él sabía cómo luchaban los hombres que mataron a mi hermana.

Me planté frente a su modesta casa cerca de los muros de Umbertow.

— Entréname, Lance —le dije.

Me miró con los ojos cansados de quien ha visto demasiada muerte.

— Eres un niño, Roy. Vuelve a casa con tus padres.

— Entréname. Ella me enseñó a sostener el filo; tú enséñame a usarlo. Tengo una promesa que cumplir.

No me moví. Pasó el primer día, y la primera noche, bajo la lluvia fina de Umbertow. Mis padres lloraban y me rogaban que entrara, pero yo no escuchaba. Pasó el segundo día, el tercero. El hambre mordía, pero la sed de fuerza era mayor. Lance salía, me miraba con una mezcla de lástima y frustración, y volvía a entrar.

Para el quinto día, mi cuerpo temblaba sin control. Para el séptimo, veía visiones de Valeria sonriéndome entre los tulipanes. En la octava noche, cuando mis rodillas cedieron y mi rostro besó el barro, Lance salió. No dijo nada. Solo me levantó, me llevó adentro y me dio de comer caldo caliente. Al día siguiente, antes de que saliera el sol, me puso una pesada espada de hierro en las manos.

— Si vas a morir, que sea en el campo de batalla, no en mi puerta —gruñó—. No pararemos hasta que tus huesos se conviertan en acero.

Y no paramos.

Los años que siguieron fueron un borrón de dolor y agotamiento. Lance no tenía piedad. Entrenábamos al amanecer, bajo el sol del mediodía y a la luz de la luna. Mis manos se llenaron de ampollas que sangraban y luego se convertían en callos duros como la roca. Mi cuerpo, el cuerpo modesto de un campesino de siete años, luego de ocho, luego de nueve, se rebelaba constantemente.

Enfermé varias veces. La fiebre me consumía, haciéndome delirar con sombras que me rodeaban. Pasaba días postrado en cama, sudando el frío de la muerte, pero en cuanto mis ojos se abrían, mi primer pensamiento era para ella y para la promesa. Me levantaba antes de estar curado, arrastrándome hacia el patio de entrenamiento.

Hubo días en que el cansancio era una barrera física, una pared de plomo que no me dejaba mover las piernas. Mi cerebro ordenaba: "¡Levanta la espada! ¡Ataca!", pero mi cuerpo no respondía. Caía de rodillas, con el pecho jadeante, sintiendo que el aire se convertía en fuego en mis pulmones.

Lance se paraba sobre mí, con su propia espada apuntando a mi garganta.

— ¿Eso es todo, Roy? ¿Ese es el poder del guardia de la princesa? Valeria nunca habría caído de rodillas.

Esas palabras funcionaban como un latigazo. El nombre de Valeria era el único combustible que me quedaba cuando mi cuerpo se apagaba. Me levantaba. Siempre me levantaba. Una y otra vez, hasta que el dolor ya no se sentía como dolor, sino como la forma en que el mundo me estaba esculpiendo. No estaba solo entrenando para ser un soldado; estaba forjando un escudo humano con mi propia carne.

Un escudo con el cual protegeré a la princesa

Cenizas Escarlata: El despertar del DragonStories to obsess over. Discover now