⁺‧₊˚ ཐི Frio ཋྀ ˚₊‧⁺

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El despertador de mi teléfono no sonó; simplemente vibró contra el suelo de madera, un zumbido sordo que se sentía como un taladro en mi sien. Eran las 15:00. En Londres, a esta hora en invierno, el sol ya empezaba a rendirse frente a un cielo color cemento.

Me levanté de un salto, ignorando el frío que se colaba por la ventana mal sellada de mi monoambiente en la zona 4. Mi rutina era una carrera contra el reloj: café instantáneo recalentado, una ducha de dos minutos donde el agua nunca salía del todo caliente y vestirme con el uniforme de la tienda, ese chaleco azul chillón que me hacía sentir como un fantasma disfrazado.

Mientras me ataba los cordones, mi mirada cayó en la única foto que no había guardado en una caja: yo, hace 7 años, sonriendo con mis padres en Navidad cuando todo estaba bien.
La pelea final volvió a mi mente como un eco amargo. "Si cruzas esa puerta, Camila, no vuelvas", me había gritado mi padre. Y lo hice. Crucé la puerta y me llevé conmigo solo lo que cabía en una mochila y un orgullo que ahora, con el estómago vacío, pesaba demasiado.

A veces, cuando el silencio del departamento me aturdía, me daban ganas de llamar. Pero luego recordaba sus caras, su falsedad y odio, y guardaba el teléfono. Estaba sola en una ciudad de nueve millones de personas. Pero se sentía un poco mejor a estar en una casa donde ya no era querida.

A las 16:15 salí hacia la estación. El viento de Londres me azotó la cara, recordándome que estaba viva, aunque no se sintiera así. Me subí al bus, viendo cómo la gente volvía a sus casas para cenar en familia. Yo, en cambio, iba hacia el turno de noche.

—Buenas noches, Mike —le dije al guardia de seguridad cuando entré a la tienda a las 17:00.

—Otra noche de trece horas, ¿eh? —gruñó él sin mirarme.

La tienda 24 horas era un universo de luces blancas y estantes infinitos. Era el único lugar que aceptaba a una chica de veinte años sin referencias y con una necesidad desesperada de dinero para no terminar en la calle ya que cuando recién llegué a la ciudad fue con la plata justa para una habitación y para imprimir un par de curriculums.
Mi vida se había reducido a eso: escanear códigos de barras, reponer botellas de leche y limpiar el suelo de gente que ni siquiera me miraba a los ojos.

Las horas pasaban lentas, marcadas por el goteo de clientes borrachos o trabajadores nocturnos cansados. A las 3:00 AM, el cansancio era físico; me dolían las lumbares y sentía que mis ojos se cerraban. Me quedaba ahí, detrás de la caja, viendo el reloj avanzar minuto a minuto hacia las 6:00 de la mañana. Trece horas de pie por un sueldo que apenas cubría el alquiler de mi cueva.
Era una existencia limitada. Un duelo constante por la familia que perdí y el futuro que no encontraba.

A las 5:30 AM, la tienda se sentía como una pecera iluminada en medio de un océano negro. El silencio solo era interrumpido por el zumbido de las heladeras. Me sentía pequeña, invisible, una pieza más del mobiliario que nadie notaba.
Entonces, la puerta se abrió con un golpe violento.

Un chico de mi edad, vestido con ropa que costaba más que mi alquiler de seis meses, entró tambaleándose. Olía a alcohol caro y a una prepotencia que me revolvió el estómago. Venía con un grupo, todos riendo a gritos, ignorando que el mundo seguía girando para los que trabajábamos.

—Eh, tú —balbuceó, apoyándose en el mostrador—. Dame un paquete de cigarrillos.
Traté de mantener mi voz profesional, aunque me temblaban las manos.

—Claro. Son doce libras con cincuenta.
Él se rió, una risa seca y desagradable, y en lugar de sacar la billetera, estiró la mano. Sus dedos, fríos y pegajosos, rozaron mi muñeca y luego intentaron subir por mi brazo.

—¿Por qué tan seria, preciosa? ¿A poco no te diviertes trabajando aquí toda la noche? Deberías venirte con nosotros, te pagaré mejor para que pases un rato conmigo— dijo con una voz de pervertido que me heló la sangre

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⏰ Last updated: May 04 ⏰

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