El sonido que emiten las gaviotas mientras revuelan y descansan en los troncos que sostienen al muelle vestusto, las olas del mar golpeando los pedruscos de la costa y la arena de la playa, desperdigando en todo el ambiente el aroma salobre que caracteriza el océano, son tan novedosos, tan extraños para alguien como yo, que jamás ha visitado el mar. El cielo es un manto de diferentes tonalidades de gris, nubarrones en cada rincón, dejando la ciudad sumida en la semioscuridad de la tormenta que se avecina. La brisa despeina mis cabellos muy crecidos para mi gusto, y percibo el ruido de los zapatos a mis espaldas, atravesando embarcaciones oxidadas, pisoteando con cierta ira la madera podrida, envejecida por el tiempo y el agua. Me volteo entonces, y observo tus facciones, que mi mente parecía haber olvidado tras días de separación: el cabello, que cae en una cascada de rizos cobrizos hasta los hombros, la piel lechosa, con pecas salpicadas en toda su extensión, el rostro de rasgos finos, irlandesa, de ojos tan verdes como la hierba veraniega. Debajo de estos, el maquillaje corrido mancha tu cara, las lágrimas negras se acumulan en tu barbilla hasta perderse en el moho. Hay decepción en tu expresión, también un ápice de amor que aún no se esfuma por completo, como si la esperanza de una reconciliación existiese después de todo lo ocurrido. En tu mano, el celular, y los recuerdos del video se plasman con agujas y tinta sobre mis retinas. Empiezas a hablar, tus bramidos se escuchan más lastimosos que encolerizados; permanezco en silencio, ¿tengo yo, acaso, derecho a hablar después de la infidelidad?
El sentimiento ya no es el mismo luego de cinco años de matrimonio; monotonía, las miradas frías era lo único que expresabamos al otro, la intimidad había cesado, ninguno de los dos se sentía apetente para renovar esa pasión que nos consumió en un inicio, cuando aún éramos jóvenes universitarios. Tal vez todo aquello te llevó a ofrecer tu propuesta, el aburrimiento, la rutina de trabajo, hogar y sueño que se extendía por nuestro cuerpo como gangrena. Nos volvíamos masa putrefacta en el hogar que un día inauguramos con la emoción enamorada. O puede que fuera el niño, ese que no existió ni siquiera durante cinco meses, el que perdiste, que daría a nuestras vidas un soplido de alegría, de viveza, que nos sacaría del abismo siniestro. Sí, creo que fue ese momento el detonante, el minuto en que el doctor con rostro fingidamente dolido nos anunció la muerte del primogénito. Nuestros sueños se destruyeron, las tardes de prácticas de fútbol en el jardín, las mañanas de desayunos en familia, las noches donde narrarías a nuestro pequeño Nicholas capítulos de El Principito; todo quedó fracturado, despedazado como la ecografía que tenías pegada a la puerta del refrigerador.
Sugeriste un descanso, una desunión temporal, restaurar la energía extraviada a través de la añoranza. Dijiste que, al extrañarnos, retornaríamos a aquello que una vez fuimos: felices. Acepté, me encontraba entonces más exhausto de lo que podías imaginar, sólo quería desaparecer, alejarme de tí, que cada vez que intercambiabamos miradas, te veía más consumida, más inexistente; ansiaba ahogarme en un lago oscuro, que mi cuerpo reposara eternamente extre las algas y el barro del fondo. Me fui de la casa en la mañana, tal como acordamos; sin rumbo, sin fe, decidí entonces visitar el mar, era lo único que quería ver, aquello que jamás presencié. Viajé a un pueblo costero no muy lejano, y ahí la atmósfera era diferente; el aire olía puro, salino, era como respirar al fin, como antes de tí. Los días avanzaban rápidos: alcohol, bares, amaneceres en la arena de la playa; era un ave en pleno vuelo, y tal vez eso cautivó la atención de aquella chica. Cabello como el tuyo, aunque de una tonalidad más solar, los ojos verdes, aunque más grandes que los tuyos siempre agudos, la piel blanquinosa, ausente de pecas. Ella me hacía reír, alegraba esta alma hueca; de cierta forma, todo su entusiasmo juvenil compensaba la balanza, otorgaba una tibieza en mi corazón que no sentía desde aquella visita al médico. Antes de distanciarnos, dijiste que jamás podrías serme infiel en ese proceso; me diste tu palabra, pude darte la mía, pero no lo hice. Aquellos días soleados, con los pies mojados por el agua marina, fueron los mejores en una década, o puede que en toda mi vida.
Ese llanto, esa tristeza que se aglomera en tus ojos enrojecidos puedo entenderla, comprendo cada golpe débil que asestas a mi pecho, cada reclamo, pero es justo eso lo que me aleja. ¿En tu corazón de una plata que lentamente se oscurece hay espacio aún para reparar esta relación? ¿Recogerás del suelo, añico por añico, los fragmentos de lo que alguna vez fue el sentimiento de alimentó nuestras ansias jóvenes? No quiero saber la respuesta, no me importa, ya he tomado la decisión. Tus manos huesudas tratan de acariciar mi rostro, pero con una delicadeza que jamás he poseído lo evito. Puedo ver una fisura aparecer en tu pecho. Te alejo, el anillo dorado se resbala por mi dedo hasta caer y perderse entre una de las ranuras del muelle; la grieta se ensancha, se extiende. Niego con la cabeza, ruegas entre hipidos. Con pasos firmes empiezo a caminar, la distancia aumenta, te dejo en la punta del muelle, herida, resquebrajada, sangrante.
Cuando mis pies casi pueden rozar el asfalto, te oigo gritar. Clamas mi nombre con una vehemencia extraordinaria, una devoción, la última súplica de una fémina, el último trozo de esperanza en tu alma ensombrecida. Suspiro entonces, mi mirada difusa se gira y te observa. Es sublime, detallo tu figura pelirroja, pero a tu alrededor no hay mar ni barcos; el ambiente ya no huele a sal, sino a pasto mojado. Detrás de tí se alza la sutil colina, en lo alto de esta, nuestra casa, el hogar que compartimos durante años, a nuestro alrededor, el bosque de robles. Una vez mas, mi nombre se desprende de tus labios con una aflicción que desgarra mis cuerdas vocales; me siento mudo. Aquella reminiscencia tortura, rasga. En mi mente aparece la razón por la cual aquella chica me hizo caer, por su parecido a tí, su carácter tan similar al tuyo antes de que todo se torciera. Caigo en cuentas, este amor es uno que jamás se desprenderá de mí, y de vuelta, corro a tus brazos.
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Amor Sangrante
Romance"Cuando el corazón y la mente sangran..." [Antología de relatos con tema en el amor y las relaciones de pareja, sobre todo lo dañinos que pueden ser ambos en algunas circunstancias]
