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CAPITULO 1

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"A veces, la historia más difícil de enseñar es la que tú misma escribiste."

ELISA

—¿Eli, estás ahí?

Casi me olvidaba que estaba hablando con Amaia pero no podía retener esa sensación de qué algo iría mal y que este no es mi lugar. También me preguntaba dónde estarían los demás y cuánto tardarían ellos en darse cuenta que me he ido y esta vez para siempre.

Conociendolos tardarían meses, por no decir años, en darse cuenta.

No es que tenga muy buena relación con ellos que digamos.

—¿Perdona, decías?

—Decía que si ya hablaste con ellos.

Amaia me conocía demasiado bien.

—Aún no, pero lo haré, no sé cuándo pero lo haré.

—Más te vale, sabes perfectamente que tienes que decírselo por mucho que te duela.

Me estaba empezando a cansar de esa conversación.

—Está bien lo haré, pero ahora mismo no. Tengo que irme, hablamos luego.

—Valee, chaoo.

Cerré el portátil y empezé a ordenar mi habitación. No estaba nada mal vivir en un pequeño apartamento en este pueblo en mitad de la nada. 

Cogí mis llaves y fui directa al colegio primaria. Era mi primer día como maestra de historia y una parte de mí intuía que algo no iba a salir cómo yo esperaba.

Llegue a la que sería mi futura aula. No era muy grande pero me conformaba, al fondo había dos mapas enormes que ocupaban casi toda la pared, uno era de las civilizaciones antiguas y otro estaba dividido en dos partes; una parte del antes y otra del ahora. También había fotografías de personajes históricos como Tutankamón, Julio César, Leonardo Da Vinci, Cristóbal Colón, Miguel de Cervantes, Isaac Newton, Napoleón Bonaparte, Marie Curie y Albert Einstein entre otros.

Eché a un lado mi melena oscura y justo sonó el timbre que anunciaba que empezaban las clases.

Empezaron a entrar un montón de niños pequeños con sus uniformes, estos consistían en una camisa blanca, una corbata roja con rayas negras y una chaqueta azul oscuro a juego con el pantalón.

Me estuve fijando en la cara de los niños y vi a uno que me llamó la atención. Tenía unos ojos oscuros muy bonitos que me resultaban familiares. Estuve un rato pensando a qué o más bien a quién le había visto esos ojos antes. No pude dar con la tecla a sí qué empecé la clase.

Lo primero que hice fue pasar lista.

James Sullivan, Sarah Miller, Leo Crawford, Jennifer Scott...

Iba a tener que aprenderme muchos nombres.

Hasta que llegue al nombre del niño de ojos curiosos y no lo pude creer.

—Liam Larsen.

—Presente —contestó con su voz de niño pequeño.

Eso no podía ser posible, las casualidades no podían ser tantas. Mi paranoia duró un rato hasta que llegue a la conclusión de que ese apellido era muy común, pero esos ojos...

El resto del día estuvo muy bien, conocí a muchos alumnos y profesores pero el nombre de Liam Larsen no se iba de mí cabeza.

Cuando tocó el timbre de última hora todos los niños salieron corriendo deseando de llegar a sus casas. Me asomé a la ventana y vi a muchos padres en la salida a la espera de recoger a sus hijos, pero no fue eso lo que me llamó la atención, Liam estaba solo apoyado en la pared jugando con dos muñecos alejado de los demás niños. Fui hasta allí.

—Hola Liam, ¿qué haces aquí solo?

—Hola, estoy esperando a mí papá pero él nunca llega a la hora justa porque sale más tarde de trabajar.

Decidí que no iba a dejarlo allí solo.

—¿Quieres venir conmigo a mi aula y allí esperamos a tu papá?

—Valee.

Fuimos hasta mi aula y estuvimos hablando sobre sus clases y sus amigos, me pareció un niño muy avispado para tener seis años, hasta que pasó lo que una parte de mí sabría que pasaría.

Él llegó y ni si quiera se dio cuenta de que yo estaba allí, simplemente dijo:

—Venga Liam, nos vamos.

Liam apenas se movió, miró en la dirección de su padre y le dijo:

—Mira papá, esta es mi nueva maestra de historia, la señorita Morgan.

Nada más oír mi apellido se giró hacía mí y se dió cuenta de mi presencia. Yo me fijé en esos ojos verdes oscuro que parecían que se hubiesen olvidado de mirarme como lo hacía antes. Un recuerdo pasó mi mente.

Ese día estábamos en el muelle admirando el atardecer. Mi cosa favorita en el mundo son los atardeceres. Él en vez de estar mirando al cielo me estaba mirando a mi, no me pude contener al decirle:

—¿Porque siempre me miras así?

—¿Así cómo?

—No sé, cada vez que me miras tienes un brillo muy bonito en tus ojos.

—¿Quieres que deje de mirarte así?

—No, no, me encanta que me mires así.

—A mí me encantas tú.

Los dos nos empezamos a reír y saltamos al agua. Si hubiese sido por nosotros hubiésemos paralizado ese momento para siempre.

Y esa parte que intuía que algo no saldría cómo yo esperaba, estaba en lo cierto.

—Hola Ray.

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