Lo seguí en silencio, como una sombra que aprende de la noche; lo vi sembrar palabras que ardían en otros, encender miradas duras, convertir susurros en tormentas... hasta que un día, al mirarse en los ojos que había incendiado, comprendió que el odio que guiaba ya no era suyo, sino un reflejo que lo devoraba desde dentro.
***
El salón real brillaba como si el reino entero hubiera sido reducido a luz y sonido. Candelabros de cristal colgaban del techo, reflejando destellos dorados sobre los rostros de los nobles, mientras la música fluía con elegancia entre risas, susurros y el constante tintinear de copas.
Eryndor Viremont observaba todo desde su trono, con la postura relajada de alguien que no necesitaba demostrar poder, porque ya lo tenía todo.
O casi todo.
Sus ojos se posaron en una figura que destacaba entre la multitud.
Yuuyto.
Su concubino favorito.
El omega se movía entre los invitados con una gracia casi teatral, como si cada paso hubiese sido ensayado para ser visto. La luz se aferraba a él: al terciopelo oscuro de su chaleco, a los bordados dorados que dibujaban líneas finas sobre su torso, al brillo pulido de los botones metálicos que marcaban cada movimiento.
Su cabello rojo, corto y ligeramente indómito, rompía con la uniformidad del salón como una chispa viva. Y bajo él, esos ojos verde miel atentos, expresivos, peligrosamente conscientes de todo lo que ocurría a su alrededor.
Sonreía con dulzura. Inclinaba la cabeza con humildad. Escuchaba como si cada palabra ajena fuese digna de admiración. Era encantador. Demasiado encantador. Y completamente suyo.
Eryndor alzó ligeramente la mano. No necesitó decir nada. Yuuyto lo notó de inmediato como siempre. Se acercó con pasos ligeros, casi flotando, hasta detenerse frente al trono. Bajó la mirada con respeto, pero no demasiado. Nunca demasiado. Sabía exactamente cuánto debía inclinarse para parecer sumiso sin dejar de ser cautivador.
—¿Mi rey me ha llamado? —inquirió con voz suave, casi melosa.
Eryndor lo observó con una media sonrisa.
—¿Necesito una razón para querer verte?
Yuuyto alzó la vista, y sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, complacida.
—No... Aunque me halaga que así sea.
Eryndor extendió la mano. Yuuyto la tomó con ambas manos lleno de delicadeza, como si fuera algo valioso. Como si el simple contacto fuera un privilegio.
—Siempre tan atento —murmuró el rey.
—Es mi deber... y mi deseo —respondió Yuuyto sin dudar, inclinándose apenas para rozar los nudillos de Eryndor con sus labios.
El gesto era íntimo e indiscutiblemente calculado. Eryndor lo sabía. Y aun así, le gustaba. Por eso era su favorito. No solo por su belleza, ni por su actitud dócil, sino porque aquel pelirrojo sabía exactamente qué decir, cuándo sonreír, cuándo callar. Era obediente, cariñoso, halagador. Siempre dispuesto a complacer. Siempre dispuesto a adorar.
Un omega perfecto.
—Ven —ordenó Eryndor con suavidad—. Baila conmigo.
Yuuyto no dudó.
—Sería un honor.
La música cambió, y ambos se adentraron en el centro del salón. Las miradas se volvieron hacia ellos de inmediato. Algunos con envidia. Otros con desprecio. Y muchos otros con resignación.
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El juego sucio del alfil
RomanceEryndor Viremont, un rey tirano temido por todos, murió a manos de uno de sus concubinos y el último rostro que vio fue el de su esposo, Lucian Thorneveil. Pero el destino le da una segunda oportunidad: despierta tres años antes de su muerte con el...
