Hay cosas que no se planean.
El amor no se planea. Los hijos tampoco, a veces. Y definitivamente no se planea el momento exacto en que el mundo decide darte un codazo suave —casi amable, casi cruel— y colocarte frente a la persona que va a cambiarlo todo.
Lena Luthor lo sabía mejor que nadie.
Había construido un imperio sobre la precisión. Cada decisión medida, cada contrato revisado tres veces, cada palabra elegida con la frialdad quirúrgica de alguien que aprendió desde niña que el caos costaba caro. Rolex bajo su dirección no era solo una marca de lujo: era un símbolo.
Permanencia. Exactitud. El tiempo que nunca miente.
Y aun así, el tiempo la había sorprendido. Dos veces.
La primera fue Luna.
Ocho años atrás, un accidente —esa palabra que Lena había tardado meses en pronunciar sin que le ardiera la garganta— había reescrito todos sus planes. El padre desapareció antes de que la tinta del test de embarazo terminara de secarse, y Lena se había quedado sola con una decisión y luego con una niña pequeña y de ojos verdes enormes y curiosos que no se parecían a los de nadie más que a ella misma.
Luna no fue un accidente. Fue una corrección del universo.
La segunda sorpresa aún no había llegado. Pero estaba a punto de hacerlo.
En la forma de una piloto rubia con una sonrisa que desafiaba la física y una capacidad inexplicable para hacer que Lena Luthor —fría, calculadora, perfectamente blindada— sintiera que llevaba demasiado tiempo corriendo en la dirección equivocada.
