Ilya llevaba meses observándolo. Aprendiendo cada uno de sus movimientos, cada hábito, cada pequeño detalle. Shane nunca lo supo... hasta que fue demasiado tarde. Su obsesión lo obliga a dar el siguiente paso: dejar de mirar desde lejos y finalmente...
—¡DÉJAME! —gritó Shane, intentando patearlo—. ¡No me hagas daño!
Shane tenía los ojos y las manos vendadas, atado sobre una cama. Solo podía patalear, asustado, tratando de soltarse.
—Tranquilo...
dijo Ilya, intentando acercarse.
Pero Shane no quería dejar que aquel desconocido se le aproximara. El miedo lo tenía completamente dominado.
—¡Lárgate! ¡Déjame ir!
—Ya cálmate, no te voy a hacer nada —respondió Ilya, esquivando las torpes patadas de Shane—. Solo... cálmate. No te haré daño.
El silencio que siguió fue tenso, pesado... cargado de una desconfianza imposible de romper.
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Ilya estaba completamente embobado con esas pecas, con esos ojos marrones.
Era... perfecto. Tan hermoso que dolía mirarlo demasiado tiempo.
Llevaba sintiendo eso desde hacía un año, desde que llegó a la ciudad. Al principio fueron encuentros casuales: miradas fugaces en la calle, coincidencias en tiendas, en el transporte público...
Pero hacía meses que ya no era casualidad.
Se había convertido en una obsesión.
Ahora lo seguía.
Siempre a distancia. Siempre en silencio.
A su mente volvió la primera vez que hablaron, hacía seis meses.
Ilya caminaba distraído, con la mirada perdida, cuando de pronto sintió un leve tirón en el hombro.
—Cuidado —dijo una voz—. Aún está en verde.
Ilya giró.
Y lo vio.
El mismo chico. El de las pecas. El que había notado tantas veces sin atreverse a acercarse.
—Gra... gracias —respondió, torpemente—. No me fijé.
Sus ojos, inevitablemente, volvieron a las pecas.
—Ya me di cuenta —dijo Shane, con una leve sonrisa—. ¿Te he visto antes?
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Ilya se sintió ridículo en el instante en que lo dijo.
—Ya está en rojo —añadió, señalando el semáforo.
Shane le dedicó una última sonrisa antes de cruzar.