PRÓLOGO - CAPÍTULO 1: LAS CADENAS DEL PASADO Y EL DESPERTAR DEL VACÍO

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El cielo del Inframundo nunca fue tan rojo como el día en que la fortaleza de la "Vieja Facción" empezó a desmoronarse. En la sala del trono de obsidiana, un niño de apenas siete años permanecía arrodillado. Sus ojos, del color de una tormenta lejana, estaban fijos en el suelo, mientras su cuerpo temblaba por el agotamiento. A su alrededor, la atmósfera era tan pesada que el aire mismo parecía suplicar por clemencia.

Rizevim: "Mírate, Indra... Eres la culminación de siglos de pureza. Tu padre fue un debilucho, pero tú... tú tienes el potencial de sentarte en el trono del séptimo cielo y prenderle fuego. No eres un niño, eres mi obra maestra."

Rizevim Livan Lucifer, con una sonrisa que destilaba una locura ancestral, caminó hacia el pequeño. Sujetó la mano izquierda de Indra con una fuerza inhumana. El niño soltó un grito desgarrador cuando una energía oscura y corrosiva empezó a grabarse en su piel. Era la "Marca del Traidor", un sello que lo vinculaba eternamente al linaje más oscuro de los Lucifer.

Indra: "¡Detente... abuelo! ¡Me duele... por favor!"

Rizevim: "El dolor es el recordatorio de que estás vivo para servirme, Indra. Esta marca te seguirá a donde vayas. Eres mío."

De repente, una explosión ensordecedora sacudió los cimientos de la fortaleza. El techo de la sala del trono se vaporizó en un instante bajo un torrente de energía carmesí. Sirzechs Lucifer (Gremory) descendió como un dios de la destrucción, con su aura roja borrando la oscuridad de la sala. A su lado, una figura colosal de escamas púrpuras aterrizó con un impacto que agrietó el mármol: Tannin, el Rey Dragón de Incendio.

Sirzechs: "Se acabó, Rizevim. No permitiré que sigas ensuciando el nombre de Lucifer con tus experimentos."

Rizevim soltó la mano de Indra, riendo mientras se desvanecía en un círculo mágico de transporte.

Rizevim: "Quédatelo por ahora, Sirzechs. Ya lo he marcado. El destino siempre vuelve a casa."

Indra colapsó, pero antes de tocar el suelo, una garra enorme y cálida lo sostuvo con una delicadeza asombrosa. Tannin miró al niño roto y luego a Sirzechs.

Tannin: "Este cachorro tiene fuego en los ojos, pero está a punto de apagarse. Déjame llevármelo, Sirzechs. En mis montañas, entre dragones, aprenderá que su sangre no tiene por qué ser su jaula."

Meses después, en las profundidades de las montañas volcánicas...
Indra despertó gritando en mitad de la noche. El sudor frío empapaba su túnica negra y su mano izquierda palpitaba con un brillo violáceo. El eco de las risas de su abuelo aún resonaba en sus oídos. Se levantó, mirando la inmensidad de la cueva donde Tannin lo custodiaba.

Indra: "¡No me atraparás otra vez!"
Sus gritos fueron respondidos por el rugido lejano de la lava. Tannin, que dormía cerca, abrió un ojo dorado.

Tannin: "Grita todo lo que quieras, Indra. Pero aquí, el único que puede hacerte daño eres tú mismo si decides rendirte. Mañana subiremos al Pico de la Ceniza. Si no llegas a la cima, no habrá cena."

A medida que pasaban los años, el cuerpo de Indra empezó a cambiar. La debilidad infantil fue reemplazada por una musculatura fibrosa y una agilidad felina. Sus días consistían en luchar contra los hijos de Tannin, dragones menores que no conocían la piedad. A los 12 años, Indra ya era capaz de derribar a un dragón joven usando solo sus manos desnudas, canalizando la inmensa reserva de magia de oscuridad que heredó de sus padres.
Sin embargo, el verdadero cambio ocurrió una tarde de tormenta eléctrica. Indra estaba acorralado por tres dragones en un desfiladero estrecho. Estaba agotado, su energía mágica estaba en cero y la marca de su mano izquierda ardía con un odio antiguo.

Indra LuficerWhere stories live. Discover now