Lejos

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El viento de Pinamar tenía algo insistente esa noche. No era fuerte, pero no paraba. Como si quisiera meterse en todo: en las conversaciones, en los silencios, en los pensamientos que uno intentaba esquivar.

Diego estaba apoyado en la baranda del balcón, con un vaso en la mano que ya había dejado de tomar hacía rato. Miraba la calle, las luces bajas, el movimiento tranquilo de la temporada. Todo parecía en pausa.

Adentro, la música sonaba suave. Juli se reía con alguien por mensaje, tirada en el sillón, con las piernas cruzadas. Tenía esa energía de verano que él recordaba bien: liviana, despreocupada... o al menos eso parecía.

—Pa —dijo de pronto, sin levantar la vista del celular—. Estás en otro planeta.

Diego esbozó una sonrisa mínima.

—Estoy acá.

—No —insistió ella, ahora sí mirándolo—. Estás acá físicamente. Pero hace días que no estás.

El comentario no tenía reproche. Era más bien una constatación. Como si estuviera describiendo el clima.

Diego bajó la mirada al vaso, lo giró entre los dedos.

—Estoy cansado.

Juli soltó una risa corta.

—No me subestimes, por favor.

Se incorporó y caminó hasta el balcón, apoyándose al lado de él. No lo miró de entrada. Se quedó un segundo en silencio, mirando lo mismo que él.

—La extrañás.

No fue una pregunta.

Diego no respondió. Pero tampoco lo negó.

Juli giró apenas la cabeza, lo suficiente para estudiarlo.

—Es raro verte así.

—¿Así cómo?

—Como... distraído —dijo, buscando la palabra—. Vos no sos de irte. Siempre estás muy presente. Muy... en eje.

Diego soltó una pequeña exhalación, casi una risa sin humor.

—Bueno, la gente cambia.

—No —respondió ella, suave—. La gente se enamora.

El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Más honesto.

Diego apoyó los codos en la baranda, inclinándose hacia adelante.

—No es tan simple.

—Nunca lo es.

Juli cruzó los brazos, apoyándose también.

—Igual... —agregó, con un dejo de complicidad— ya la conocía antes de que me lo digas.

Él giró la cabeza, sorprendido.

—¿Ah, sí?

—Sí. —sonrió apenas—. La forma en la que la mirabas... no es la misma con nadie.

Diego sostuvo esa mirada unos segundos, como si evaluara cuánto podía decir.

—¿Y qué viste?

Juli se encogió de hombros.

—Que te hace bien. Y eso ya es un montón.

El viento volvió a colarse entre los dos. Esta vez ninguno se movió.

—Mamá también lo ve —agregó ella, casi al pasar.

Eso sí lo hizo reaccionar.

—¿Hablaron?

AnimarseWhere stories live. Discover now