Los tres idiotas del salón

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Bernardo y Erick se conocían desde antes de la preparatoria. Desde secundaria eran inseparables. Eran ese tipo de amigos que siempre estaban metidos en algún problema tonto: escondiendo mochilas, cambiando los nombres en las listas del salón o escapándose a la tiendita en pleno horario de clases.

Los maestros ya los conocían.

—Si pasó algo raro... seguro fueron Bernardo y Erick —decían.

Y casi siempre tenían razón.

Bernardo era más tranquilo, pero cuando estaba con Erick se volvía igual de caótico. Erick tenía una risa contagiosa y una energía que hacía que cualquier idea mala sonara como una gran aventura.

Así fue hasta que empezó la preparatoria.

El primer día de clases estaban sentados en el salón, hablando y molestando como siempre.

—Te apuesto que este año nos cambian de grupo por castrosos —dijo Erick.

—Seguro —respondió Bernardo riéndose.

En ese momento entró un chico nuevo al salón. Traía el uniforme un poco desordenado y una sonrisa confiada.

El profesor dijo:

—Clase, él es Leo, es nuevo en la escuela.

Leo miró el salón buscando dónde sentarse... y vio un lugar libre junto a Bernardo y Erick.

Error histórico.

—¿Está ocupado? —preguntó Leo.

Erick sonrió con esa expresión de aquí empieza algo.

—No, siéntate.

Cinco minutos después, Leo ya estaba riéndose con ellos.

—¿En serio pusieron un globo con agua en el ventilador en secundaria? —preguntó Leo.

—Fue idea de Erick —dijo Bernardo.

—¡Oye! Tú lo inflaste —respondió Erick.

Leo se rió fuerte.

—Ok... me caen bien.

Y desde ese día, los tres se volvieron un despapalle completo.

En el recreo siempre estaban juntos. En los trabajos en equipo también. Y cuando uno empezaba a reír, los otros dos terminaban igual.

Una vez incluso el prefecto los sacó del salón.

—¡Ustedes tres otra vez! ¿Qué hicieron ahora?

Leo estaba intentando no reír.

—Nada, profe.

Bernardo estaba rojo de tanto aguantar la risa.

Erick respondió:

—Es que Leo dijo que el profesor de química parece villano de película.

Y entonces los tres se soltaron a reír.

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Pero entre todo ese caos... también empezaron a aparecer sentimientos raros.

Una tarde después de clases, los tres estaban sentados en las gradas de la cancha viendo el atardecer.

Leo estaba contando una historia exagerada como siempre.

Erick lo miraba sonriendo.

Bernardo miraba a Leo sin darse cuenta.

Y Leo... a veces también miraba a Erick un poco más de lo normal.

De repente Leo dijo:

—Oigan... tengo que decir algo.

Erick levantó una ceja.

—Suena serio.

Leo suspiró.

—Creo que me gusta alguien.

Bernardo sintió que el estómago se le apretaba un poco.

Erick preguntó:

—¿Quién?

Leo dudó unos segundos... y luego miró a Erick.

—Tú.

Bernardo abrió los ojos sorprendido.

Erick también se quedó congelado.

—Espera... —dijo Erick.

Leo se puso nervioso.

—Ya sé que es raro, pero—

—No es por eso —interrumpió Erick.

Bernardo los miraba confundido.

Erick se pasó la mano por el cabello.

—Es que... a mí me gusta alguien también.

Leo se inclinó un poco.

—¿Yo?

Erick negó lentamente.

Y señaló a Bernardo.

El silencio fue tan grande que casi se podía escuchar el viento.

Bernardo parpadeó.

—¿Qué?

Leo se quedó mirando a los dos... y luego soltó una carcajada.

—¡NO PUEDE SER!

Erick también empezó a reír.

—Literal somos un triángulo amoroso.

Bernardo estaba entre confundido y avergonzado.

—Bueno... ya que estamos confesando cosas...

Los dos lo miraron.

Bernardo suspiró.

—A mí me gusta Leo.

Los tres se quedaron en silencio unos segundos... y luego Leo dijo:

—Ok... esto es el desastre más grande que hemos hecho.

Erick sonrió.

—Y eso que hemos hecho muchas cosas.

Bernardo también terminó riendo.

Porque al final... antes que cualquier drama amoroso, los tres seguían siendo los tres idiotas inseparables de siempre.

Tres, Pero No Sabemos CómoDes histoires addictives. Découvrez maintenant