PRÓLOGO

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Abielle, la hija perdida de Nunca Jamás, ajustó su túnica azabache y trató de contener el asombró al divisar hilos plateados y un aroma de niñez pasaba por delante de ella y el espejo anunciaba con una voz solemne "Octavinelle"

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Abielle, la hija perdida de Nunca Jamás, ajustó su túnica azabache y trató de contener el asombró al divisar hilos plateados y un aroma de niñez pasaba por delante de ella y el espejo anunciaba con una voz solemne "Octavinelle". Segura de que algo en aquel extraño le resultaba familiar, de que el joven sin rostro era de su propia marea. Corazón acelerado, mente en calma. Algo en el joven que acababa de ser elegido llamó su atención. No podía ver su rostro con claridad entre la multitud, pero una sensación extraña le recorrió el pecho. Como si lo hubiera visto antes. Como si lo conociera de otra vida. Sacudió suavemente la cabeza. Quizás solo era su imaginación.

Luego de diez personas, era su turno. Antes de pasar, sacó un pequeño espejo de oro rosado, adornado con perlas auténticas, comprobando su maquillaje. Dio un paso al frente, segura, expectante de cuál era su dormitorio. El gran espejo la observó. Durante un segundo eterno, el salón quedó en silencio. Dejó que vieran su alma, y el gran espejo exclamó "Pomefiore", revelando una nueva belleza venenosa del lugar, una rosa que no dañaba con sus astillas, mas con su dulce e inocente aroma y pétalos dejaba un rastro dorado. Cuyo peligro no regía por su anatomía, sino de su alma fuerte y aventurera.

Reverenció, lento como el tiempo, suave cual pluma al caer, pero cautivando esa elegancia digna de ser quien gobernará un pequeño y diminuto reino. Retrocedía mientras su mirada se centraba en el frente, con el mentón derecho. Permaneció en ese semblante hasta que la bienvenida a los nuevos magos y magas concluyó. Ella se dispuso a retirarse, y en eso, sintió unos ojos posándose sobre ella, provocando que volteara hacia allí, cruzándose unos orbes de luna posada sobre la marea con los dorados solares de ella de forma efímera, puesto que compañVenus y compañeras apuraron su caminar.

Apenas logró llegar a un alto balcón solitario, ella reposó todo su cuerpo en ella, juntando ambas manos en su plexo solar, buscando esa estrella que conduce a su hogar. Siempre buscando esa estrella que la guiaba. Todo en armonía, hasta que su teléfono vibró: eran su madre y padre, deseándole un buen comienzo, y que ya madurará con los sueños de cuento de hadas.

—Padre, madre, ¿Es debido a que ustedes ya son adultos que se prohibieron la idea de soñar? ¿O se prohibieron la idea de soñar en alto porque ya son adultos? —resopló, llevando su visión a la oscuridad. —Si tan solo dejase de crecer, quizás evitaría esa desgracia de cortar mis alas y encadenarme en una jaula de oro.

Se incorporó para subirse arriba de la barandilla, sacudió la parte inferior de su túnica, y de su bolsillo, volvió a sacar su pequeño espejo. Se miró y luego dejó reposar el artefacto en su pecho, y allí cerró sus ojos y dejó que la brisa le abrazara. Se lanzó al precipicio revelando unas hermosas alas de colores llamativos cual mariposa en medio de un bosque encantado.

—Madre, padre, voy a demostrarles que están equivocados.

Un grito ajeno a sus pensamientos la desconcentró, provocando que su apreciado artilugio escapara de sus manos y cayera. Ella, asustada, incrementó su aleteo, y vio un joven también en soledad. Contuvo su vergüenza y en alto avisó:

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