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Prólogo

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En la bulliciosa metrópolis de Nueva York, donde los rascacielos se erguían como guardianes imponentes y las calles palpitaban con el ritmo incesante de la vida urbana.

Will Byers vivía en un lujoso departamento de Nueva York junto a sus padres.
Su vida estaba llena de privilegios: asistía a una prestigiosa escuela privada donde los uniformes impecables y las discusiones diarias sobre quién era el más popular o el mejor académicamente eran parte normal del día a día, autos elegantes, viajes familiares y un chófer que lo llevaba a todos lados habían sido siempre parte de su rutina.

Introvertido por naturaleza, Will prefería la compañía de sus libros y sus bocetos artísticos a las fiestas ruidosas de sus compañeros de clase.

Sin embargo, bajo esa fachada tranquila y refinada había un carácter fuerte, uno que no dudaba en defender sus convicciones, incluso si eso significaba chocar con la rigidez de la gente o de sus propios padres.

Ellos eran ejecutivos extremadamente ocupados que se la pasaban viajando por trabajo y, en sus tiempos libres, solían consentir bastante a Will, dándole casi todos sus gustos... hasta que un día todo cambió.

Todo empezó una noche cualquiera en su casa. Will ya con diecisiete años, se sentía lo suficientemente grande como para manejar el auto familiar por su cuenta, sin necesidad de que el chófer lo llevara a todos lados incluso a la escuela como si fuera un niño.

-¡Ya soy mayor, déjenme intentarlo! -les dijo.

Pero sus padres ni lo pensaron dos veces.

-Estás loco Will. Eres demasiado joven para manejar solo en esta ciudad caótica -le respondió su madre.

-Ni lo pienses. Es peligroso Will y lo sabes. Es más seguro que alguien maneje por ti. Además, todavía no tienes la edad suficiente para conducir -respaldó su padre.

La discusión se volvió intensa, con Will insistiendo y ellos negándose rotundamente. Hasta que al final sus padres perdieron la paciencia con su actitud terca y le dieron un castigo definitivo.

-Por ser tan terco e insistente, ahora te quedas sin auto y sin chófer. Ya que quieres empezar a manejarte solo, vas a aprender a valerte por ti mismo en el transporte público, como todo el mundo -exclamó su padre con firmeza.

-¿¡Qué!? -

Will se quedó en shock.

¡¿Transporte público?!

Nunca en su vida había pisado un bus de la ciudad; solo conocía los asientos de cuero del Mercedes familiar.

Le horrorizaba la idea de mezclarse con la multitud, el olor, el ruido... todo.

Era una pesadilla.

Pero no tenía opción. Sabía que, aunque se arrodillara a suplicarle piedad a su padre, no cambiaría de opinión por nada.

Seguía obligado a ir a la escuela todos los días, así que a regañadientes, aceptó, aunque por dentro estaba furioso.

Al día siguiente, Will estaba de pie en la parada del bus, completamente perdido, mirando el mapa en su celular como si fuera un turista.

Cuando el bus llegó, estaba repleto de gente.

Todos apretados dentro como sardinas en lata.
Al ver la situación, Will entró en pánico.

No sabía si subir o simplemente salir corriendo.

Pero los rostros furiosos de sus padres aparecieron en su mente.

Si escapaba, probablemente lo castigarían hasta el mes siguiente.
Así que simplemente se armó de valor y subió.

Entre empujones, personas que pisaban sus elegantes zapatos del uniforme escolar y casi terminar cayéndose encima de alguien por el movimiento del bus, logró encontrar por milagro un asiento vacío donde se sentó, suspirando con alivio.

Aferrandose su mochila contra su pecho, y después de criticar mentalmente el ambiente sucio del bus y a las personas que viajaban de pie a su lado, Will finalmente se percató de la persona sentada junto a él.

Era un chico que iba con la cabeza apoyada contra la ventana, observando distraídamente el exterior.

Llevaba unos auriculares sobre la capucha de un hoodie algo desgastado y en su rostro había un aire somnoliento, como si acabara de despertarse.
Su ropa estaba un poco desarreglada, típico de alguien que no parecía preocuparse demasiado por las apariencias.

Lo que Will no sabía era que aquel chico sentado a su lado tenía nombre: Mike Wheeler.

Mike provenía de una familia de clase media-baja que vivía en una zona de Nueva York no tan llena de lujos como aquella donde creció Will.

Asistía a una escuela pública donde la diversidad era tan vibrante como caótica.

Con las personas que le caían bien Mike podía ser extrovertido y rápido para el ingenio, de esos que soltaban comentarios sarcásticos o bromas con doble sentido que te dejaban pensando: *¿me ofendo o me rio?*

Conocía la ciudad como la palma de su mano. Más de una vez había recorrido sus calles en skate de noche, con música a todo volumen en los oídos. Soñaba con tener muchas cosas, aunque al final solía conformarse con lo que tenía.

Era un poco vago, sí... pero en el fondo era buen chico, aunque algunos no pensaran lo mismo.

En ese momento, Mike seguía apoyado contra la ventana del bus, completamente ajeno al chico de uniforme elegante que lo observaba desde el asiento de al lado.

De repente, el bus dio un freno brusco.

Mike salió de sus pensamientos de golpe y se sostuvo del asiento delantero para no caerse. En ese mismo instante, su mirada se desvió hacia el chico a su lado.

Will no estaba reaccionando muy rápido que digamos. Su cuerpo se inclinó hacia adelante, a punto de estamparse contra el asiento delantero, hasta que una mano lo detuvo.
Mike había colocado su mano contra el pecho de Will, sosteniéndolo contra el respaldo para impedir que se golpeara.

-Por dios santo... ¡maneja bien! -se quejó Mike en voz alta mientras miraba al resto de los pasajeros, que también observaban al conductor con evidente molestia.

Will permanecía rígido contra el asiento, totalmente sorprendido, aferrando su mochila contra el pecho.

Su mirada bajó lentamente hacia la mano del desconocido que lo sostenía... y luego subió hasta su rostro.

-¿Estás bien? -preguntó Mike.

Will lo miraba como si estuviera viendo algo completamente nuevo.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo al sentir la mirada de Mike sobre él: sus ojos café oscuro, sus cejas gruesas ligeramente arqueadas mostrando una pizca de preocupación, su mandíbula marcada...

Will sacudió levemente la cabeza para apartar sus pensamientos y simplemente asintió.

-Ajá... -

Mike lo observó un segundo más, como si estuviera evaluando si realmente estaba bien.

Su mirada se detuvo en los ojos color avellana de Will. Algo en ellos llamó su atención, como si, por un instante, se sintiera inexplicablemente atraído.

Pero enseguida apartó ese pensamiento de su mente y retiró la mano de su pecho con rapidez.

-Bien... genial -aclaró la garganta.

Luego volvió a acomodarse en su asiento y dirigió la mirada otra vez hacia la ventana.

Will no respondió.

Solo lo observó en silencio, intentando entender por qué su corazón latía un poco más rápido que antes.

¿Qué rayos había sido eso?

El ruido del bus continuó llenando el ambiente mientras la ciudad seguía moviéndose al otro lado de las ventanas.

Y aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, aquel encuentro casual estaba a punto de convertirse en el inicio de algo mucho más grande...

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