El gimnasio estaba casi vacío, cosa rarísima. Normalmente a esa hora el lugar parecía una colmena: guantes golpeando sacos, entrenadores gritando tiempos, olor a linimento y sudor. Pero ese día el ambiente estaba raro, silencioso… como si hasta las cuerdas del ring estuvieran esperando algo.
Lionel Messi estaba sentado en el borde del ring con las vendas todavía puestas en las manos. Tenía los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el piso.
Sí, ese Lionel Messi.
El campeón del mundo del boxeo peso medio.
El tipo que normalmente entraba al ring con cara tranquila, como si fuera a jugar un partidito en el parque.
Pero hoy no.
Hoy parecía un chico que estaba pensando demasiado.
Y eso preocupaba a Saúl.
Canelo Álvarez estaba recargado en una de las columnas del gimnasio mirándolo desde lejos. Llevaba una sudadera gris, gorra hacia atrás y un café en la mano. Técnicamente él no tenía que estar ahí porque no era parte del equipo técnico… pero bueno.
Era el esposo del campeón.
Así que básicamente era parte del inventario del gimnasio.
Saúl caminó hacia el ring y apoyó los brazos en las cuerdas.
—A ver —dijo—. ¿Qué pasó con el león?
Lionel levantó la cabeza.
—No sé…
Saúl entrecerró los ojos.
—Eso no me sirve como respuesta.
Lionel suspiró largo.
—Tengo miedo.
El silencio que cayó después fue pesado.
Porque Lionel Messi no decía esas cosas.
Nunca.
Saúl trepó al ring con un salto suave y se sentó a su lado.
—¿Miedo de qué?
Lionel se rascó la barba pensativo.
—De perder.
Saúl lo miró.
—Has perdido antes.
—Sí, pero…
Lionel se quedó callado unos segundos.
—Siempre es contra él.
Saúl ya sabía de quién hablaba antes de que dijera el nombre.
Lionel murmuró:
—Cristiano.
El famoso boxeador portugués.
Cristiano Ronaldo.
El único tipo que podía convertir una pelea en un espectáculo digno de estadio lleno. El tipo con físico de estatua griega y ego del tamaño de un planeta. El mismo con el que Lionel llevaba años cruzándose en el ring.
Su rival eterno.
Su pesadilla deportiva.
Saúl apoyó los codos en sus rodillas.
—¿Cuántas veces pelearon?
—Siete.
—¿Y cuántas ganaste?
—Tres.
—¿Y él?
—Cuatro.
Saúl levantó una ceja.
